Un helecho llamado Oliver | Letras Libres
artículo no publicado

Un helecho llamado Oliver

José Israel Carranza

Tromsø

Barcelona, Malpaso, 2018, 156 pp.

Tromsø, la primera novela de José Israel Carranza (Guadalajara, 1972), narra la vida cotidiana de un hombre del que no sabemos mucho, ni cómo se llama, enfrentado a una extraña revelación: no se le entiende lo que dice. En ese estado frustrante –que en apariencia no ha sido originado por ninguna afasia o trastorno cognitivo–, en ese limbo lingüístico del que ni los manuales de Aprenda a hablar en público sin maestro pueden sacarlo, el sujeto se adapta a su vida reducida a la tintorería, el Oxxo, el banco y su departamento donde vive también un helecho llamado Oliver, quien parece escucharlo mejor que cualquier otra persona.

Mientras avanza en sus páginas el lector descubre que el malestar de aquel personaje es mucho más frecuente de lo que pensaba en un principio. Al llamar al número de Atención a Clientes de alguna empresa de telefonía, al intentar aprender a toda prisa el idiolecto del SAT, al discutir por Facebook la polémica de moda, es sencillo sentirse como el hombre de Tromsø: ineptos de la interacción humana, apresados en un mutismo que asfixia. Viviendo, como dice José Israel Carranza, “en el barullo universal en que hay que abrirse camino a fuerza de explicaciones, replanteamientos, precisiones, pormenores y gritos con que solo se ahonda la sordera infinita”.

De ahí que Tromsø termine por ser una suerte de fábula sobre la soledad. Puntualiza el absurdo de sentirnos distanciados en un mundo cada vez más preocupado por la hipercomunicación. Con un hombre imposibilitado para expresar lo que quiere decir con exactitud, obligado a repetir las frases dos o tres o más veces, la novela enfatiza que la soledad no es tan solo una hipérbole de las demás ausencias, un vacío. La más feroz y dolorosa soledad es la que se vive acompañado. Este convencimiento recuerda aquella conocida escena de “El perseguidor” de Julio Cortázar en la que Johnny define la autoconciencia del destierro: “estoy tan solo como este gato, y mucho más solo porque lo sé y él no”.

Ante la frustración de no poder entablar ni la conversación más banal, el protagonista de Tromsø se recluye en sus propias rutinas. Con una prosa “rizomática”, a decir del redactor de la cuarta de forros, José Israel Carranza se propone llegar a la médula del detalle, un estilo que reporta en sus descripciones minuciosas la incapacidad que el lenguaje tiene para dar cuenta de todo lo que acontece. Ni el mayor virtuosismo al puntualizar cómo se pela un huevo, ni la obstinación por representar fielmente cada movimiento, cada intersección de uña y cáscara, serán capaces de alcanzar la fidelidad entre la palabra y el objeto. ¿De qué sirve intentar referir paso por paso, tonalidad por tonalidad, lo que se nos presenta ante los ojos si siempre serán informaciones sesgadas? Lograr lo veraz y la objetividad es empresa fallida. Y a partir de esa reflexión la novela consigue hacer de su tópico central –el impedimento para ser comprendido– el reto de su propia escritura. Centra su concepción del lenguaje en esa frase de J. M. Coetzee que le sirve como epígrafe: “Limítate a suministrar los detalles y permite que los significados emerjan por sí solos.”

Las rutinas que perfilan a un personaje que vive en un silencio extravagante (y a la incógnita del porqué ha llegado a ese estado y qué sucederá con él) sirven de detonantes para un sinfín de cavilaciones que el autor lleva hasta sus últimas consecuencias. Los recursos ensayísticos que José Israel Carranza utiliza con destreza en sus obras anteriores, como Las encías de la azafata (Tumbona, 2010), hacen de Tromsø un libro que sondea las posibilidades de la divagación y la deriva en la construcción del relato. Esa prosa extendida –empecinada en explicar y en detallar, en expandirse mediante el paréntesis y todo el talento de la vagancia idiomática, enmarañada como el cableado de los postes de luz– recuerda que en la naturaleza de la novela está su afán por bordear los límites de los géneros literarios. Y aboga por ese derecho a la dispersión que parece ser tan intrínseco al ensayo literario.

Quizá por ello, el hombre de Tromsø no solo representa las insatisfacciones de la actualidad ante la sordera bulliciosa, sino que su fracaso lo hace semejante a aquel escritor desilusionado que no ve fin en el proceso de encontrar la palabra precisa. El escritor también titubea, reformula y repite en el afán de hallar el mejor verbo para lo que piensa, pero ni siquiera esos intentos resultan suficientes para conseguir la claridad y la exactitud. Ante las incapacidades del lenguaje, no queda sino conformarse con escuchas que sirven únicamente de paliativos: hay solitarios que prefieren dialogar con sus mascotas (ya sea un fastidioso y básico golden retriever o un pez betta que apenas da muestras de vida), existen también hombres como el de Tromsø resignados a contarle sus desánimos a un helecho o, por qué no, a la hoja en blanco. Ya lo dice José Israel Carranza: “nada importa que nunca nadie entienda nada, porque, además de que nunca nada puede entenderse, nada nunca puede –ni tendría por qué– entenderse ya que nada hay nunca que entender”. ~


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