Tras la verdad | Letras Libres
artículo no publicado

Tras la verdad

Pablo Piccato

Historia nacional de la infamia. Crimen, verdad y justicia en México

Traducción de Claudia Itzkowich

Ciudad de México, Grano de Sal/CIDE, 2020, 416 pp.

Historia nacional de la infamia no es solamente un libro que examina la manera en que la tríada crimen-violencia-impunidad se gestó entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado, es también un estudio que profundiza en el efecto que las narraciones sobre criminales tuvieron en la cultura y sociedad mexicana. La fascinación por el hampa y los relatos que se construyeron a su alrededor dieron pie a que la ciudadanía desarrollara lo que el historiador Pablo Piccato llama un “alfabetismo criminal”, es decir, un conocimiento sobre los principios bajo los que operaba el crimen en las zonas urbanas así como de las técnicas de averiguación que empleaban policías y detectives.

Si bien el crimen siempre ha estado presente en la historia de México, de acuerdo con el autor la estela de corrupción e impunidad se puede rastrear a partir de la década de 1920, cuando la vida urbana empezó a crecer y el delito se volvió un objeto de investigación sistemático. Junto con este interés, la percepción de los delincuentes también evolucionó: del individuo primitivo que no tenía cabida en la sociedad, a mediados del siglo XIX, al gángster exitoso que tenía bajo su poder a la policía y a la clase política, a finales del siglo XX.

El argumento de Piccato es que este cambio de paradigma estuvo relacionado con el incremento del alfabetismo criminal. Los debates en torno a los juicios criminales, los periódicos de nota roja, las revistas de detectives y las novelas inspiradas en delitos reales contribuyeron a que la ciudadanía fuera capaz de procesar y sancionar a los criminales, incluso fuera del margen judicial.

Aunque está clasificado como un libro de historia, Piccato se concentra en las maneras en que la literatura ayudó a construir una experiencia de la realidad. Esto queda claro en las tres partes en las que se divide la obra: “Espacios”, donde Piccato se centra en los juicios penales que se realizaron entre 1869 y 1929, gracias a los cuales la ciudadanía conoció el proceso penal de primera mano; “Actores”, enfocada en las características de los policías, detectives, criminales y pistoleros; y la tercera, “Ficciones”, donde analiza el papel de la literatura para que la sociedad comprendiera las intrincadas relaciones entre la verdad y la justicia.

Las primeras lecciones del alfabetismo criminal fueron impartidas en los juicios. Tras su abolición por razones políticas y jurídicas en 1929 la opacidad se convirtió en una constante en la búsqueda de la verdad y la justicia. En los juicios no solo los acusados defendían su inocencia ante un jurado integrado por civiles, sino que eran un espacio de encuentro social, al que personas de diferentes clases sociales asistían como si se tratara de una función de teatro.

A raíz de que los juicios dejaron de ser eventos públicos, las noticias policiales se volvieron la principal fuente de información sobre la vida y obra de los criminales. Las primeras planas de El Gráfico y La Prensa que muestran los cuerpos de las víctimas acompañados de encabezados llamativos nacieron hace un siglo. En ese entonces no solo exponían las pruebas de los delitos o los rostros de las víctimas, sino que sus reportajes permitían difundir opiniones críticas hacia el Estado. Para el autor, la prensa “no vendía miedo o pornografía, o por lo menos no solo eso: le presentaba a un público de lectores críticos la realidad de violencia e impunidad que definía la vida urbana”.

Pese a la popularidad de la nota roja, estos textos no seguían la estructura de las historias de detectives, sino que se trataba de textos desordenados y a veces contradictorios. Para Piccato esta estructura fue lo que permitió que los lectores tomaran un rol activo y se asumieran como los detectives capaces de hilar los cabos sueltos y dar con el culpable para hacer justicia. La desconfianza en las autoridades provocó que la ciudadanía no las creyera capaces de construir una verdad absoluta de las causas detrás de los crímenes. Con todo y sus notas fragmentarias, los periódicos se volvieron las únicas fuentes confiables al recopilar entrevistas, pruebas, cartas, fotografías y confesiones. Se dio entonces un fenómeno interesante: a través de la prensa los criminales pudieron darse a conocer y sus revelaciones se volvieron las únicas representaciones válidas de los hechos. Ya no eran solo los autores de los crímenes, sino de las narraciones en torno a ellos.

Como resultado de la influencia que ejercían las notas periodísticas, la narrativa policiaca se convirtió en el género más popular a mediados del siglo XX. Mientras los periódicos dependían de la acción del día a día, los narradores podían profundizar en los perfiles de los criminales y ofrecer un placer que no siempre brindaban las noticias: la satisfacción de ver de cerca el asesinato y resolver el caso. Bajo la perspectiva de Piccato estos relatos son imprescindibles para comprender la ruptura entre crimen, verdad y justicia. “La literatura –recuerda el historiador– iba más lejos que cualquier otro vehículo en la exploración de las variantes físicas y morales del asesinato.” Conforme avanzó el siglo XX y el género policiaco fue evolucionando la pregunta principal ya no fue ¿quién lo hizo? sino ¿por qué? o ¿será el detenido el verdadero culpable?

Pese a que la literatura policiaca tuvo importantes exponentes como María Elvira Bermúdez, Rodolfo Usigli y Rafael Bernal, dentro de la tradición mexicana no hay un Auguste Dupin ni un Sherlock Holmes. Para Piccato la respuesta se encuentra en la infamia a la que está condenado el país: dado que no existe la justicia es imposible “tomar en serio un género cuyo tema central sea la búsqueda de la verdad y la restauración del orden moral alterado por la transgresión”.

En comparación con otros estudios históricos sobre la criminalidad en México, Historia nacional de la infamia se centra en la esfera pública y la experiencia cotidiana, antes de analizar los mecanismos del Estado y la clase política. Lejos de darles espacio a las voces oficiales, Piccato se sumerge en los relatos que en la época posterior a la Revolución se compartían en la sobremesa y en la plaza y que reflejaron cómo la relación entre crimen, verdad y justicia se deterioró hasta el punto actual. Como revela el historiador, mientras no se encuentre la verdad no será posible vivir con justicia. Una lección que en un siglo no hemos aprendido. ~


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