Toronto 2020: tan lejos, tan cerca | Letras Libres
artículo no publicado

Toronto 2020: tan lejos, tan cerca

Por razones sabidas, este año el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) se llevó a cabo en línea. Hubo pocas funciones presenciales, pero no para prensa: a quienes solemos cubrirlo se nos anunció que las proyecciones tendrían lugar en una plataforma.

Entre los retos que me ha planteado la vida profesional post-covid el mayor ha sido cubrir un festival desde casa. No hablo del aspecto técnico –la plataforma del TIFF era impecable– sino de la dificultad de conciliar la rutina laboral y doméstica con la disposición de ánimo tan peculiar que genera –y exige– atender un festival.

Nostalgia aparte, algo de la experiencia supuso un cambio esencial: a diferencia de lo que pasa en los festivales del mundo físico, cada película estrenada en la plataforma del TIFF estuvo disponible durante 48 horas, y era posible verla cuantas veces uno quisiera. Ignoro si así han operado otros festivales en línea, pero no dudo de que la posibilidad de regresar a una película incida en la opinión que genera en la prensa y la crítica. Aprecié detenerme en diálogos, revisar escenas o, simplemente, compensar distracciones. Y todo el tiempo me pregunté si haberlo hecho en decenas de festivales anteriores hubiera cambiado mi opinión sobre las cintas vistas ahí.

Comparto con el lector una lista comentada de las películas del TIFF que me parecieron relevantes. Algunas elogiadas, como Nomadland de Chloé Zhao o American utopia de Spike Lee, no estuvieron disponibles para visionado en México (una desventaja de la cobertura a distancia). La mayoría de las que menciono tendrá exhibición en México, ya sea en salas o en plataformas.

Pieces of a woman, de Kornél Mundruczó

La avalancha de atención que caerá sobre Vanessa Kirby por su interpretación de una madre en duelo hará que se pasen por alto otras virtudes de este drama. Tras un parto casero fallido –más que spoiler, punto de arranque– un matrimonio se desmorona y el círculo cercano a la mujer a la que se alude en el título se revela incapaz de comprender su pérdida. En cambio, le exige entablar un juicio criminal contra la partera. Todos desean que Martha, la protagonista, compense sus carencias. Su marido busca reafirmación viril; su madre quiere “verla pelear” y la abogada los explota a ambos. Mundruczó filma una secuencia de parto tortuosa pero necesaria para asentar el fondo del asunto: el sinsentido de culpar a otros de lo trágico, lo incomprensible y lo que no se origina en la mala intención.

76 days, de Hao Wu

Con premisa de horror, ritmo de thriller y atmósfera de ciencia ficción, el mejor documental de esta edición abarca la cuarentena en Wuhan, ciudad china en la que se detectaron los primeros casos de coronavirus. Salvo pocas vistas del exterior, la acción transcurre en cuatro hospitales dedicados a atender infectados y muestra el esfuerzo sobrehumano de su personal por salvar vidas. Hoy se señala al gobierno chino por intentar ocultar el brote, pero 76 days rescata un ángulo valioso: el trato cálido de médicos y enfermeros hacia cada paciente. Todo se narra en tiempo presente, en secuencias que replican lo imprevisto e incontrolable del brote. La crónica de algo que parecía remoto termina resonando en todas las audiencias del mundo. Una de las secuencias finales muestra el día en que las sirenas de Wuhan sonaron un minuto en recuerdo de los fallecidos. Es imposible describir lo que eso genera en el espectador.

Another round, de Thomas Vinterberg

Según el psiquiatra noruego Finn Skårderud, tenemos un déficit de alcohol en la sangre que puede ser compensado con una o dos copas de vino. Este pretexto para mantenerse entonado es usado por cuatro maestros de escuela para, según ellos, ser más creativos. Protagonizada por un magnífico Mads Mikkelsen, Another round aborda de forma fresca temas recurrentes en el cine de Vinterberg: la presión por mostrar una fachada de normalidad y la dificultad de sobreponerse a las pérdidas. Renuente a resolver los conflictos de su matrimonio, el protagonista encuentra una liberación efímera en la tesis de Skårderud, pero pronto rebasa la dosis sugerida para “compensar”. Another round parecería un alegato contra la bebida pero Vinterberg no es un autor puritano; si acaso, su cinta cuestiona el hábito de “ahogar las penas”. Para muestra, el baile final de Mikkelsen –pura celebración de vida– con botella de champaña en mano.

Never gonna snow again, de Małgorzata Szumowska

Intrigante y elusiva, la historia de un masajista con dotes inexplicables ofrece una experiencia hipnótica. Mucho es atribuible al aspecto angélico de Zhenia, un terapeuta físico que llega de Ucrania a Polonia y se hace de una clientela adinerada pero infeliz. Breves flashbacks sugieren que Zhenia era niño cuando explotó Chernóbil, y que jugaba a usar sus manos para curar a su madre de los efectos de la radiación. Esto puede o no explicar sus poderes y sus intenciones; en todo caso, aquellos a quienes visita parecen tener un despertar de conciencia que los hace reconocer sus vacíos. Esta no es la historia de un curandero que reparte felicidad, y esto puede decepcionar a muchos. A la par de los clientes de Zhenia, el espectador deberá dar sentido a la extrañeza que genera haber pasado un rato con él.

Mr. Jones, de Agnieszka Holland

Su narrativa es convencional, pero ello no quita potencia a un relato que en estos días adquiere nueva relevancia: la historia real de Gareth Jones, el periodista galés que reveló a Occidente la llamada hambruna ucraniana provocada por la colectivización de la tierra impuesta por Stalin. La historia de Jones está tan cargada de implicaciones que quizá la veterana Holland acertó al no experimentar con la forma. Después de todo, la hazaña del periodista no fue solo revelar una monstruosidad aislada sino dar pie al derrumbe del mito soviético. Encima, su reportaje desmintió otro previo, publicado en The New York Times, que minimizaba el horror. (Ese primer reportaje obtuvo un Pulitzer que nunca se le revocó.) Se aprecia que Mr. Jones señale el rol del periodismo en la denuncia de atrocidades (y, a veces, en su camuflaje).

I am Greta, de Nathan Grossman

La primera persona del título deja claro que será un documental admirativo y sin cuestionamientos. No es reproche pero, dada la popularidad de la activista Greta Thunberg, las numerosas secuencias de sus presentaciones en foros mundiales llegan a ser reiterativas. Por otro lado, es novedoso ver a la niña comportándose como tal: jugando con su padre, tomando con humor comentarios crueles sobre su Asperger y haciendo berrinches propios de su edad. Una de las secuencias finales la muestra cruzando el Atlántico en velero y sufriendo un pequeño colapso emocional. Entre lágrimas dice extrañar su casa y a su perro y que esa nueva vida “es demasiado para ella”. Ese atisbo a su vulnerabilidad la vuelve más admirable. Por un instante deja de ser un símbolo generacional, y ese tipo de respiros nunca vienen mal.

The best is yet to come, de Wang Jing

Situada en 2003, narra la historia real del periodista chino Han Dong, quien hizo visible la discriminación contra los infectados de la hepatitis B. Han, un bloguero popular, ansiaba brillar en el ámbito del periodismo impreso. Por tanto, le propuso al editor de un diario reconocido “destapar” la práctica clandestina de obtener certificados médicos que mentían sobre la condición de los portadores del virus que provoca la hepatitis B. Conforme avanza en su investigación, Han descubre que ese sector era estigmatizado sin razón –en tanto el riesgo de contagio es bajo–, y que eso los privaba de acceso a educación y a oportunidades de trabajo. En su primer acto The best is yet to come evoca al cine occidental sobre periodismo de investigación para luego concentrarse en los dilemas éticos de Han. Wang hace una reflexión incisiva sobre la paranoia de masas, los temores infundados y el rol de la empatía en el periodismo de investigación.

Fireball: Visitors from darker worlds, de Werner Herzog y Clive Oppenheimer

Un tema que atraviesa la obra de Herzog es la lucha del hombre por trascender su mortalidad: ya sea en viajes imposibles, desafiando a la naturaleza o buscando sentido a la vida en los confines del mundo. Esto aplica también a Fireball, que codirige con Clive Oppenheimer, con quien ya había hecho mancuerna en Into the inferno. Esta vez, ambos hacen un recorrido por lugares donde han caído meteoritos y una indagación sobre las mitologías que han generado. El documental muestra cómo estos cuerpos celestes obsesionan a miles de astrónomos, quienes en monólogos entusiasmados los describen como portadores de los secretos de la humanidad. Sería un error considerar Fireball un trabajo sobre astronomía: la pasión de Herzog siempre han sido los humanos al límite. Son los astrónomos –no los meteoritos– los protagonistas del documental. La escena en la que un explorador rompe en llanto cuando encuentra un trozo de meteorito en la Antártida es un ensayo sobre la espiritualidad.

Good Joe Bell, de Reinaldo Marcus Green

Ficción basada en un caso real, la incluyo solo por dos razones: su estructura arriesgada y una actuación notable del usualmente bidimensional Mark Wahlberg en el rol de Joe Bell, un hombre cuya masculinidad agresiva le impide ver la gravedad del acoso que enfrenta su hijo gay. Cuando ocurre una tragedia, Joe emprende una caminata a lo ancho de Estados Unidos impartiendo pláticas sobre las consecuencias del hostigamiento. El tema es relevante, pero eso ya lo sabemos. Más interesante es el conflicto de Joe, quien aún con su misión a cuestas no logra controlar su agresión. El guion “resuelve” esto último sin desarrollarlo, quizá para no interferir en el sentimentalismo de la conclusión.

Enemies of the State, de Sonia Kennebeck

En tiempos de manipulación mediática, pocas cosas son tan necesarias como las que nos hacen ver nuestra disposición a creer historias sobre verdugos y víctimas. Esto logra el documental Enemies of the State, producido por Errol Morris, director orientado a encontrar la verdad detrás de la verdad. En principio, parecería que el joven estadounidense Matt DeHart es víctima de persecución política por estar vinculado a WikiLeaks. Ese es su argumento ante los oficiales de migración canadienses, a quienes pide asilo político tras haber sido arrestado por cargos de pornografía infantil (mismos que, por supuesto, niega). Su relato es convincente: no sería la primera vez que el gobierno de Estados Unidos persigue a sus denunciantes. Kennebeck, sin embargo, indaga la posibilidad de que los cargos de pornografía infantil no sean falsos. Obtiene información sorprendente y llega al punto en que se hace imposible apostar por la inocencia de nadie. La inquietud que produce no tener respuestas claras es el punto del documental. ~


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