Toronto 2019 en tiempos de guerra por la exhibición | Letras Libres
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Toronto 2019 en tiempos de guerra por la exhibición

Son tiempos de fronteras borrosas. En septiembre, el sector cinéfilo de Twitter discutía si una película asociada al universo de los superhéroes merecía, dado su género, haber ganado el festival de Venecia. Por los mismos días, la cadena de cines sede del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF, por sus siglas en inglés) se negaba a exhibir películas producidas o distribuidas por plataformas de streaming. Esto no afectó el desarrollo del TIFF: las cintas con logo de Netflix o de Amazon se exhibieron en otra sede y fueron pocos los asistentes que se percataron de ello. La anécdota, sin embargo, dejó ver la batalla que se libra al interior de la industria. Más importante, anticipa tormentas futuras: varias de las mejores películas exhibidas en el TIFF pertenecen a estas plataformas. Esto hace suponer que tendrán exhibición limitada (o nula) en cines y que, según el rumbo que tomen las conversaciones al interior de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas estadounidense, podrían ser excluidas de los premios Óscar. Algo irónico, considerando la infiltración del cine “de entretenimiento” en sitios antes vetados. Por lo pronto, esta edición del TIFF reveló que los festivales cumplen una nueva función: ser territorios neutros en la guerra de la exhibición.

La siguiente lista de títulos busca ser una guía breve del cine exhibido en el TIFF y que, por tanto, se estrenará en 2020. Unos llegarán a salas, otros estarán al alcance del control remoto. Considerando que, este año, el festival programó casi doscientos cincuenta largometrajes, sería ilusorio decir que son “las mejores”. Son las más memorables de mi estancia allá.

Marriage story, de Noah Baumbach

Pocas películas contemporáneas diseccionan como Marriage story el colapso de una relación. Las grietas del matrimonio entre un director de teatro (Adam Driver) y su esposa (Scarlett Johansson), una actriz, derivan en ruptura cuando sus carreras requieren que vivan en ciudades distintas. A través de una estructura astuta (narrar el principio de la relación a la par de su ruptura), Baumbach demuestra que los tópicos sobre el amor se sostienen sobre verdades; en este caso, que es posible amar profundamente a alguien y, desde esa vulnerabilidad, dirigirle las palabras más crueles posibles. Driver y Johansson muestran la paradoja en escenas de intensidad bergmanesca y sin duda serán premiados por su honesta interpretación.

Citizen K, de Alex Gibney

De los mejores documentalistas contemporáneos, Gibney suele mostrar cómo ciertos círculos pactan con individuos hasta cooptarlos o destruirlos. Citizen K lleva esta premisa al extremo. El protagonista, Mikhail Khodorkovsky, llegó a ser considerado durante los noventa el hombre más rico de Rusia. Luego cayó de la gracia de Putin, quien le demostró cuál de los dos ostentaba el verdadero poder: lo encarceló durante una década y, hasta hoy, lo tiene en la mira. Citizen K confirma que las nociones de víctima y victimario están lejos de ser absolutas. Aunque Khodorkovsky termina erigiéndose como defensor de la democracia, Gibney recuerda al espectador que no es un adversario de Putin con una reputación impecable. Más que el retrato de un mártir, Citizen K muestra un duelo entre dos hombres de ambición desmedida (uno de ellos armado con artillería).

Les misérables, de Ladj Ly

Situada en el presente, su acción tiene lugar en el suburbio parisino de Montfermeil: el mismo en que se desarrolla la novela de Victor Hugo y en donde, en 2005, cientos de inmigrantes se enfrentaron con la policía. La ópera prima de Ly, residente de Montfermeil y de origen maliense, narra la escalada de violencia que resulta de un abuso policiaco grabado por el dron de uno de los niños del barrio. La sola repetición de escenarios es la tesis de la cinta: en los rincones abandonados por el Estado y donde los jóvenes son estigmatizados, la historia está condenada a repetirse. Ly, sin embargo, incluye a los policías protagonistas dentro del grupo de misérables (es decir, carentes de recursos). Este retrato de personajes recuerda a las series de David Simon, creador de The wire y de la reciente The deuce. Aclaro que es un halago, por si alguien aún considera que la televisión es un género menor.

Waves, de Trey Edward Shults

Un melodrama que no teme a los extremos del género, Waves explora temas como la caída en desgracia, la ola expansiva de la culpa y el poder retrospectivo del perdón. Son temas ambiciosos y así los asume Shults. Su arrojo paga. La historia de un adolescente negro que toma una decisión fatídica evoca los estilos de Barry Jenkins y de Andrea Arnold: del primero, el lirismo emocional y estilo visual vívido; de la segunda, el buen uso de un soundtrack poderoso (en este caso, compuesto por Trent Reznor y Atticus Ross). Waves, sin embargo, se distingue del cine de estos directores en algo esencial: describe el colapso de una familia de clase acomodada, donde la raza o el estrato no son condicionantes de la tragedia.

Knives out, de Rian Johnson

Un escritor de novelas de detectives (Christopher Plummer) es hallado muerto a la mañana siguiente de su fiesta de cumpleaños. Un detective (Daniel Craig) interroga a sus familiares: todos voraces y sospechosos de querer heredar la fortuna del patriarca. Solo su enfermera, una joven uruguaya, carecería de motivos –pero a veces la inocencia es una cruz que cargar–. En tiempos en que el true crime comparte con el espectador detalles sórdidos de casos ídem, Knives out rinde un homenaje divertido al género detectivesco clásico: el que reta al espectador con sus vueltas de tuerca y es más un pasatiempo que una exploración del Mal. En su revisión del género, Johnson lo subvierte, lo deconstruye y lo colma de referencias literarias y cinematográficas. Basta decir que los escenarios evocan a Agatha Christie pero el astuto detective tiene el mismo rostro de la última encarnación de James Bond.

Colectiv, de Alexander Nanau

En 2015, el incendio ocurrido en un club nocturno rumano mató a veintisiete personas y dejó un centenar de heridos. Este es apenas el inicio de la pesadilla que narra el documental. A la tragedia del incendio siguió la muerte inexplicable de sobrevivientes, aun de aquellos con quemaduras leves. Ante el enigma, un grupo de periodistas revela prácticas hospitalarias corruptas, como el uso de desinfectantes diluidos al máximo. Ni siquiera la intervención de un nuevo ministro de salud, genuinamente interesado en sanear el sistema, desmantela la colusión entre empresarios sin ética y la vieja guardia política. Colectiv muestra la realidad en que se basan las ficciones de Cristian Mungiu, Cristi Puiu y otros cineastas de la nueva ola rumana. Burocracia frustrante y turbia, cuyo retrato tendría resonancia en los espectadores mexicanos.

The lighthouse, de Robert Eggers

El asombro que causó The witch (2015) provocó que el segundo largometraje de Eggers fuera de los estrenos más anhelados del año. Situada en la Nueva Inglaterra del siglo XIX, la cinta narra la convivencia enfermiza entre el capitán encargado de un faro (Willem Dafoe) y su ingenuo discípulo (Robert Pattinson). El aislamiento les causa demencia y alucinaciones. O bien, en la isla se materializan mitos que aterran a los marineros desde el principio de la civilización. Como en The witch, la historia descansa sobre esta ambigüedad. Sin embargo, a diferencia de ella, The lighthouse no genera el mismo horror in crescendo. Como sea, su atmósfera y textura filmadas en blanco y negro son alucinantes: vuelven tangibles el clima inhumano y los olores pútridos al interior del faro y hunden al espectador en la desesperanza de sus personajes. El solo bramido de la sirena del faro provoca desesperación.

Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar

Tras una década de ausencia del cine, el director español estrenó en el TIFF Mientras dure la guerra: una mirada a los últimos meses de Miguel de Unamuno, quien primero apoyaría a Franco y luego condenaría al régimen en un legendario discurso en la Universidad de Salamanca, donde estaba presente la esposa del dictador. La película tiene sus mejores momentos cuando advierte de puntos ciegos y muestra a Unamuno renuente a creer las historias de fusilamientos (hasta que matan a sus colegas avista el horror por venir). La cinta, sin embargo, cede al efectismo en la escena del mencionado discurso. Se dice que Carmen Polo de Franco, admiradora de Unamuno, ayudó al escritor a salir del auditorio para evitar que lo detuvieran los nacionalistas. Pero la escena dramatiza de más el momento, convirtiéndola a ella en ángel salvador –de Unamuno, de la cinta y, por extensión, de la historia–. Con todo –o quizá por ello– Mientras dure la guerra invita a la conversación.

La vérité, de Hirokazu Koreeda

Los seguidores de Koreeda veneran su habilidad para explorar emociones profundas a través de diálogos simples, personajes de bajo perfil y escenarios de la vida diaria. En su película más reciente, el director prescinde de estas herramientas. La vérité no solo ocurre fuera de Japón sino que tiene como protagonistas a dos iconos del cine francés: Catherine Deneuve y Juliette Binoche. En el caso de otros directores la expansión de ámbitos parecería ostentosa. En el de Koreeda es la forma de hacer verosímil la historia de una estrella de cine francesa (Deneuve), obligada a reconocer que priorizó su carrera sobre su rol de madre. Lo más disfrutable: cómo Koreeda juega con la ficción y la realidad y/o imagen pública de sus actores protagonistas. Binoche interpreta a una hija apocada y ajena al mundo del cine, mientras que Ethan Hawke encarna a su marido, un actor estadounidense fracasado ante los ojos de la diva Deneuve. ~


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