Toronto 2018: el cine antes que la ideología | Letras Libres
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Toronto 2018: el cine antes que la ideología

Cada año asisto al Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y hago una selección de títulos memorables. Bajo riesgo de ser redundante, recuerdo al lector por qué es un festival peculiar: pertenece a la llamada “Categoría A” –junto con Sundance, Berlín, Cannes y Venecia– pero, al no ser competitivo, funciona más como escaparate que como guardián de un canon. Para muchos, esa es su mayor ventaja: el TIFF recoge las cintas notables de esos festivales –tanto las premiadas como las consideradas campeonas sin corona–, incluye otras de perfil diverso y ofrece un panorama del cine que pronto llegará a cartelera.

Lo que era solo un atributo conveniente ahora se vislumbra como tabla de salvación. En tiempos en los que la conversación cultural se ve amenazada por el puritanismo ideológico, el TIFF podría convertirse en refugio de directores que no quieren exponer su obra al rechazo de programadores y directores que temen incluir películas ofensivas (lo que pondría en riesgo sus puestos o haría perder patrocinadores al festival). La migración ya comenzó: este año, el británico Steve McQueen eligió TIFF para estrenar Widows –un thriller cargado de comentarios sobre raza y género– por el carácter “amigable” del evento. Otros directores no hicieron públicas sus razones, pero igual expresaron su reticencia a concursar en Cannes y Venecia, donde las lecturas sesgadas a sus películas acaban anulando los posibles beneficios de un premio.

Un solo hecho describe la integridad del TIFF, es decir, su interés en las películas por encima de las agendas. Hace un año, el festival tuvo la premier de I love you, daddy, dirigida por Louis C. K. Antes de la proyección, el director artístico del festival, Cameron Bailey, conversó con el director y expuso su entusiasmo personal hacia la película. Lo que siguió es historia: el comediante cayó en desgracia, y I love you, daddy no vio la luz a pesar de que esa noche fue coronada por la ovación de más de mil asistentes (fui testigo). A contracorriente de lo que sucede cada vez con más frecuencia, Bailey jamás negó haber elogiado la cinta ni pidió disculpas públicas por haber alojado su premier. Lo más importante, conserva su puesto en el festival.

Como en años anteriores, comparto con el lector una lista comentada de las películas que, este año, sobresalieron en el TIFF (excluyo las mexicanas, que comentaré con detalle). La mayoría en la lista tendrá exhibición comercial en México. De no ser así, vale la pena rastrearlas.

Burning, de Lee Chang-dong

Un tímido aspirante a escritor conoce a chica misteriosa. Él se enamora en silencio y ella empaña sus ilusiones con un tercero en discordia: un joven rico y seductor, que dice disfrutar incendiando invernaderos ajenos. Basada en un cuento de Haruki Murakami, Burning evoca a El gran Gatsby y, en otros sentidos, es un homenaje a la imaginación literaria: puede que el supuesto crimen sea invención del protagonista. Sin que ello diluya el suspenso, Chang-dong crea una atmósfera propicia para la ensoñación.

American dharma, de Errol Morris

Uno de los mejores documentalistas vivos conversa con Steve Bannon, el siniestro exestratega de la administración Trump: lo confronta con su pulsión destructiva y le pide que interprete fragmentos de sus películas favoritas (entre ellas, Los buscadores). Queda claro que la astucia de Bannon para manipular medios rebasa a la de cualquiera y, a la vez, que no puede sostener ideas sin caer en contradicción. Cuando American dharma se estrenó en Venecia, la prensa reprochó a Morris “normalizar” a Bannon. Como prueba el documental, justo esa proclividad a negar la realidad incómoda permite a los Bannons del mundo hacerse del poder.

Climax, de Gaspar Noé

Tras la brillante Irreversible, uno de los representantes del nuevo extremismo francés se engolosinó con el factor shock. Con Climax, Noé vuelve a tomar las riendas. Basada en hechos reales, narra el malviaje de un grupo de bailarines que, sin saberlo, consume ponche contaminado de lsd. El genio es la puesta en escena que describe el descenso al infierno de sus protagonistas a través de una toma larga (la cinta tiene solo seis cortes) y hábilmente coreografiada. La música nunca cesa y externa las percepciones oscuras de los personajes. Como dj perverso, Noé conduce al público por un laberinto de horror.

Girl, de Lukas Dhont

Ganadora de la Cámara de Oro en la pasada edición de Cannes, la historia de una adolescente transgénero es una lección de economía narrativa. Lara, de quince años, estudia en una prestigiosa academia de ballet. Autoexigente como bailarina, siente además frustración por la lentitud de los efectos del tratamiento hormonal. Sin embargo, esconde sus emociones detrás de un semblante apacible. Con imágenes más que con diálogos, Dhont hace partícipe al espectador de la desesperación que lleva a la protagonista a tomar una decisión brutal.

Meeting Gorbachev, de Werner Herzog y André Singer

El diálogo entre el documentalista alemán y el último presidente de la urss hace añorar los tiempos en los que el líder de una potencia se guiaba por principios nobles. Un portento de estoicismo ruso, Gorbachov analiza sin autocomplacencia los efectos de la perestroika y solo flaquea al recordar a su esposa Raisa. Herzog matiza el encuentro con momentos ligeros –le regala al político un pastel para diabéticos– y comenta la miopía histórica con escenas invaluables: el pietaje de un noticiario vienés del día en que cayó la Cortina de Hierro entre Austria y Hungría, y que tuvo como principal segmento un reportaje sobre cómo matar las babosas del jardín.

Destroyer, de Karyn Kusama

Pocas cosas arriesgan tanto la credibilidad de una historia como elegir a una actriz de aspecto inmaculado para interpretar a una mujer arrasada por la adicción, el crimen, la vida. Destroyer libra el reto con una Nicole Kidman casi irreconocible en el rol de una detective que utiliza su resentimiento para atrapar a una banda de criminales. El guion es implacable: presenta a su protagonista como un misterio en sí misma y confía en la destreza deductiva del espectador.

Shoplifters, de Hirokazu Kore-eda

Tras dos décadas de narrar historias en torno a familias, Kore-eda lanza una tesis casi a contracorriente: los vínculos sanguíneos no garantizan amor. Con la transparencia distintiva de su cine, Kore-eda presenta a un grupo de rechazados que funciona como clan. Sus formas de supervivencia están lejos de ser ideales, pero la crítica de Kore-eda se dirige hacia los sistemas legales que estigmatizan a los individuos. Cuando Shoplifters obtuvo la pasada Palma de Oro en Cannes, nadie tuvo nada qué objetar.

Beautiful boy, de Felix van Groeningen

Las cintas sobre casos reales de desintegración familiar suelen tener una estructura plana y un tono de adoctrinamiento. En su adaptación de los libros del periodista David Sheff sobre la adicción de su hijo a la metadona, el belga Van Groeningen libró este riesgo con una línea temporal que espejea los ciclos de abstinencia y recaída. Es notable el trabajo de Steve Carell; su interpretación de Sheff deja claro que la obsesión por salvar a un adicto es en sí misma una droga dura.

Dogman, de Matteo Garrone

Una fábula canina con la mafia italiana de fondo. Dogman narra la historia de un peluquero de perros que vende cocaína –y que comparte atributos con sus clientes de cuatro patas–. Por un lado, sabe apaciguar a su comprador más rabioso, un delincuente violento. Por el otro, lo considera su amigo, deja que lo maltrate y paga culpas por él. Por encarnar esa virtud perruna –la incondicionalidad absoluta– Marcello Fonte recibió en Cannes el premio al mejor actor. En el mismo festival, el reparto canino obtuvo el premio Palm Dog.

In fabric, de Peter Strickland

Devoto del cine de explotación europeo de los sesenta y setenta, Strickland revive esa estética en fábulas inquietantes e hipnóticas. La más reciente tiene como protagonista a un vestido color “rojo arteria” que carga una maldición. Proveniente de una tienda atendida por mujeres con aspecto de maniquíes góticos, la prenda destruirá la vida de sucesivas clientas. De texturas envolventes y con sentido del humor campy, In fabric iguala el consumismo a un rito sacrificial. ~


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