Todas las familias se parecen | Letras Libres
artículo no publicado

Todas las familias se parecen

David Sedaris

Calypso

Traducción de Jorge de Cascante

Barcelona, Blackie Books, 2020, 272 pp.

Si te dijeran que ese bulto que te notaste en el costado derecho es un tumor benigno y que te lo pueden quitar la próxima semana puede que tu respuesta inmediata no fuera: “Perfecto. Se lo quiero dar de comer a una tortuga lagarto.” Eso es lo que pensó el escritor David Sedaris (Johnson City, Nueva York, 1956), o al menos lo que que pensó en “Calypso”, el texto que da título a su libro más reciente. Eso pensó e hizo. Como el primer cirujano le dijo que no le podría dar el tumor, dejó que se lo extirpara una mujer que se ofreció a ello después de una de sus lecturas. La tortuga a la que pretendía alimentar murió entre tanto. David Sedaris escribe ensayos autobiográficos humorísticos, es lo que siempre ha hecho, y ha ido así construyendo una especie de género propio. Es fino, es inteligente, es cruel, no trata de ocultar sus manías e imperfecciones, y tampoco intenta resaltarlas como si de una confesión de sus defectos se tratara para ganarse la simpatía de sus lectores. Es lo que hace y es cómo ve el mundo y cómo decide contar lo que sucede. A veces el texto es una anécdota alargada, como en el que habla de su gastroenteritis en medio de una gira con lecturas y varios viajes en avión; otras piezas están compuestas por muchas anécdotas, diferentes detalles en torno a una misma idea, y siempre es divertidísimo y profundamente ácido: “¿Es culpa mía que las cosas buenas se vayan borrando poco a poco de mi memoria mientras las malas brillan con luz eterna y cegadora? Además, los malos recuerdos siempre son más fáciles de convertir en buenas historias: se retrasó el avión, el virus se propagó por toda la ciudad, los criminales llegaron con sus motos y quemaron el colegio. Es mucho más complicado escribir sobre los momentos felices de tu vida. Y también es más difícil reproducir esa sensación en tu cuerpo, es algo mucho más misterioso que la tristeza o el enfado”, escribe en “Leviatán”.

Hay al menos dos temas que recorren todo el libro, aparecen y desaparecen, aunque nunca del todo: uno tiene que ver con el envejecimiento, lo que le pasa al cuerpo con el paso de los años y cómo cada cual trata de detener los efectos del paso del tiempo (la amenaza de la enfermedad, el deterioro, la obsesión con el deporte o las dietas), y la familia. La suya es, como todas, peculiar.

El fragmento de la historia de los Sedaris que se cuenta aquí está marcado por dos muertes: la de la madre, Sharon, luminosa, divertida, la reina de la fiesta en casa que, tras la marcha de sus hijos de casa, se entrega a un alcoholismo del que se habla poco, y la de la hermana menor, Tiffany, que se suicidó poco antes de cumplir los cincuenta. En el caso de la madre, cuya causa de muerte nada tuvo que ver con el alcohol, fue un cáncer, lo que deja es una ausencia profunda; la hermana una incógnita: ¿por qué hizo lo que hizo? Alrededor de todo eso orbitan los cinco hermanos vivos, dos chicos y tres chicas, y el padre, de más de noventa años, tacaño, conservador, acumulador de periódicos y revistas, y cuya longevidad su hijo David no atribuye a una salud de hierro sino a que “está llegando tarde a su propia muerte, igual que lo ha hecho en todas las citas que ha tenido a lo largo de su vida”.

Sedaris juega con la incomodidad y con su carácter entre refinado, egocéntrico y caprichoso –supongo que algo exagerado– y construye sus historias en las que el chiste siempre sorprende: sabemos que va a llegar pero no cómo ni por dónde. Sedaris es un maestro del ritmo y de la oralidad, la traducción de Jorge de Cascante suena fluida y ágil, pero con matices y tonos: muchos de esos textos han sido probados antes en lecturas, en teatros, en sobremesas, como hacía su madre, que editaba las anécdotas. De eso también trata el libro: de cómo conservar la atención, de qué le interesa a él de las historias. El tema aparece cuando habla de su madre, también cuando la familia de su pareja pasa unas vacaciones con ellos (el escritor reprocha el poco interés que prestan a los detalles, lo mal que cuentan las anécdotas, a diferencia de lo que sucede con los Sedaris) y también cuando habla de sus lecturas en público (“es del todo posible pensar en otras cosas mientras lees tu libro en voz alta, de hecho puedes llevar a cabo incluso operaciones matemáticas complejas”) o de cómo espera escuchar la risa de Hugh cuando este lee un manuscrito suyo por primera vez.

Calypso es un libro divertido y triste al mismo tiempo, por mucho que riamos, por bien que funcionen los chistes de Sedaris, ninguna carcajada tapa las cosas que han sucedido: el suicidio de su hermana, la muerte de su madre, la cada vez más complicada comunicación con su padre. Pero esa verdad incómoda revela otra: “Mi familia siempre me hace sentir que no soy horrible del todo. Por eso me gusta tanto estar con ellos.” ~