Tener una voz | Letras Libres
artículo no publicado

Tener una voz

Terry Tempest Williams

Cuando las mujeres fueron pájaros. Cincuenta y cuatro variaciones sobre la voz

Traducción de Isabel Zapata

Ciudad de México, Antílope, 2020, 284 pp.

Una semana antes de morir, la madre de la escritora y ambientalista Terry Tempest Williams (Corona, California, 1955) le regaló su colección de diarios con la condición de que no los abriera hasta que hubiera partido. Tenía 54 años y cáncer de mama, la misma enfermedad que mató a varias mujeres de su familia. Como mormona Diane Dixon Tempest tenía dos obligaciones: procrear y escribir diarios. Cuál fue la sorpresa de su hija al abrir sus hermosos cuadernos forrados en tela y descubrir que todos estaban en blanco. “Los diarios de mi madre son lápidas de papel”, pensó Tempest Williams.

Tuvieron que pasar veinte años para que la escritora se sintiera lista para enfrentarse a las hojas en blanco que heredó. Para lidiar con el silencio de su madre, empezó a usar las libretas como sus propios diarios. Pero más que registrar lo que hacía de manera cotidiana, como usualmente hacían las mujeres mormonas, Tempest Williams decidió escribir la historia de la creación de su propia voz. ¿Qué significa tener una voz? es la pregunta que orienta su búsqueda interior y que da pie a Cuando las mujeres fueron pájaros. De esta manera, los cuadernos que su madre le heredó transmiten los conocimientos que la autora adquirió a través de su madre, de sus abuelas y de las mujeres de su familia. “Todas tenemos nuestros secretos. Yo tengo los míos. Retener palabras es poder. Pero compartir nuestras palabras con otros, abierta y honestamente, también es poder.”

Como miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Tempest Williams también tenía la tarea de traer más niños al mundo. A los diecinueve años se casó con Brooke Williams, un joven apasionado de la naturaleza como ella. Pero, al cumplir veinticinco, la autora no sabía qué camino iba a tomar su vida. Daba clases de biología en una secundaria conservadora en Salt Lake City y su familia esperaba con ansias que ella y su esposo se sumaran a las jóvenes parejas con bebés en brazos que se congregaban cada semana en el templo. Fue tras su desastrosa fiesta de cumpleaños que decidió romper con los modelos tradicionales impuestos a las mujeres mormonas e irse a estudiar el posgrado: “Tener hijos podía esperar. Mi deseo de encontrar mi voz en el mundo, no.”

En este recuento tan íntimo como familiar, Tempest Williams comparte algunos de los momentos más cercanos que vivió con su madre y sus abuelas, así como su relación con su marido, su amor por la naturaleza y lo que significa la escritura para ella. Temas que en varios de los 54 apartados en los que se divide el libro se entretejen. Por ejemplo, cuando reflexiona acerca de la sexualidad de las mujeres, los ciclos de la naturaleza y el silencio que la sociedad ha impuesto para hablar de la menstruación, el uso de anticonceptivos y el aborto. “Somos seres sensuales y sexuales, intrínsecamente unidos al Cielo y a la Tierra, nuestros cuerpos hologramas. Al retener el poder derogamos al poder, y eso crea la guerra.”

Fiel a su ideal de que la intimidad de las mujeres es un asunto que incide en la vida pública, Tempest Williams conjunta su actividad literaria y su labor docente con el cuidado y defensa del medioambiente. En Cuando las mujeres fueron pájaros la preocupación por la crisis ecológica no es menor. Tras haber escuchado el discurso que Wangari Maathai pronunció en el foro de la Década de las Naciones Unidas para la Mujer, en 1985 en Nairobi, Tempest Williams llegó a la conclusión de que “los asuntos ambientales son asuntos económicos y son, en el fondo, asuntos de justicia social”.

¿Qué tiene que ver el activismo de Tempest Williams con su familia? Todo. Nueve mujeres de su familia padecieron cáncer y siete murieron. Cuerpos mutilados, rotos, devastados a causa de una enfermedad que parecía tener su origen en la radiación provocada por las pruebas nucleares que el gobierno estadounidense realizó entre 1950 y 1992 en el desierto de Nevada. La lista de muertes de su familia está relacionada con la historia del paisaje que la rodea. Por ello no es de extrañar que en los pájaros, las piedras, los árboles y la tierra vea señales de quienes ya no están. “Escribiré: tomaré mi ira y la convertiré en rabia sagrada. Encontraré significado en sus muertes”, declara Tempest Williams al ser detenida por participar en los actos de desobediencia civil contra las explosiones subterráneas en la zona.

Tempest Williams encuentra su voz en el ayudar a otros, en la denuncia de las injusticias, en el amor que su esposo y familia le brindan, en la compañía de sus estudiantes, en el cuidado de la naturaleza, en la literatura. “Encontrar la voz propia es un proceso que equivale a encontrar nuestra pasión” es la principal lección que la escritora comparte con sus lectores.

Quizá los episodios más sentimentales del recuento de Tempest Williams son aquellos donde medita en torno a la maternidad. El lazo con su madre se extiende a través del tiempo y, pese a que ella no escribió ni una sola palabra en las libretas que ahora su hija conserva, esta incluyó algunas de sus cartas. La caligrafía hermosa y clara de su madre ejerce en la escritora un conjuro que la tranquiliza y en el lector una profunda complicidad que vuelve casi imposible leer sus líneas sin enternecerse. “Le has dado a mi vida dimensiones más allá de las palabras. Mi deseo más profundo para ti es que tengas un hijo o una hija propia y que experimentes por ti misma la dicha de compartirlo todo, como lo hemos hecho nosotras”, le escribe Diane a su hija en la carta que le entregó el día de su boda. Conscientemente Tempest Williams decidió no tener hijos, si algo realizaba religiosamente era tomar la pastilla anticonceptiva. Sin embargo, a los cincuenta años se convirtió en madre adoptiva de su traductor en Ruanda. La llegada de Louis Gakumba, de veinticuatro años, a su vida representó la culminación del deseo de su madre.

Antílope acertó al publicar el libro a finales del año pasado, tras nueve meses de espera a causa de la pandemia y ocho años después de su publicación original en inglés. La extraordinaria traducción a cargo de Isabel Zapata llega a los lectores cuando la pérdida de los seres queridos tristemente se ha vuelto recurrente, cuando la crisis climática ha alcanzado niveles alarmantes, aunque eso tiene sin cuidado a nuestros gobernantes, pero también cuando hay cada vez más mujeres que están alzando la voz y siendo escuchadas. Cuando las mujeres fueron pájaros es una reflexión actual, conmovedora e inspiradora sobre qué significa ser uno mismo mientras se aprende a vivir sin quienes amamos y mantener presente su memoria. Una celebración de la vulnerabilidad en medio de la incertidumbre. ~


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