Susto o muerte | Letras Libres
artículo no publicado

Susto o muerte

Ross Douthat

La sociedad decadente

Traducción de Beatriz Ruiz Jara

Barcelona, Ariel, 2021, 332 pp.

“He visto el futuro y es un crimen”, cantaba Leonard Cohen en su apocalíptica “The Future”, del mismo año en que se publicó El fin de la historia y el último hombre de Francis Fukuyama. Quizá el mundo actual se parece más a los veinte años de aburrimiento de otra de sus canciones, o al menos eso parece pensar Ross Douthat en su ensayo La sociedad decadente. Cómo nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito.

Si hay una literatura del apocalipsis, también hay una tradición sobre la decadencia. Y, como con el fin del mundo, el hecho de que la parálisis se haya diagnosticado otras veces no significa que debamos desdeñar las advertencias: en parte porque hablan de una profunda inquietud humana; en parte porque a veces han desaparecido formas de vida o se han estancado. Douthat es un ensayista conservador moderado, católico, y una de las pocas voces discordantes en el cada vez más woke y dogmático New York Times. Una idea importante del libro es que la decadencia se aplica a casi todos porque vivimos en una civilización universal como ha ocurrido pocas veces, y aunque se centra en Estado Unidos su análisis sirve casi mejor a Europa y Japón. Uno de los pensadores que guía su análisis es el historiador francoestadounidense Jacques Barzum. La decadencia, dice el pensador, es “un tiempo muy activo, colmado de profundas preocupaciones, pero particularmente intranquilo, puesto que no ve con claridad las líneas de avance. Las formas de arte así como las de la vida parecen agotadas; las fases de desarrollo se han consumido. Las instituciones funcionan a duras penas. La repetición y la frustración son el intolerable resultado. El aburrimiento y la fatiga son grandes fuerzas históricas”. La sensación de aceleración es ilusoria: la era de los grandes inventos y del crecimiento de la productividad ha pasado, como explica Tyler Cowen, otro autor mencionado a menudo en el libro. En los últimos tiempos ha habido avances en internet y los teléfonos móviles, en muchas otras cosas menos; también ha habido una cierta renuncia incluso física (ejemplificada en las expediciones espaciales). El estancamiento económico tiene una contraparte en el bloqueo de los sistemas democráticos, con choques entre los poderes, polarización y agotamiento. Socialmente la desigualdad conduce casi a una segregación, donde las universidades son instituciones clientelares de reproducción de élites, con estrictos shibboleths y blindajes de clase. El nacionalpopulismo degrada nuestro sistema pero no ofrece un verdadero modelo alternativo, sería otro síntoma de la decadencia. (China es el país que ofrece un modelo más claro, pero tampoco resulta por el momento atractivo.) Douthat aborda también la caída de la fecundidad en Occidente. Como ocurre muchas veces a lo largo del libro, ese hecho con algunas consecuencias negativas puede partir de conquistas beneficiosas. Al revés, otras cosas que criticamos pueden ser ventajosas: la abulia y la satisfacción sedentaria de internet, que nos muestran que la vida está en otra parte, pueden contribuir a que no aumenten las expresiones violentas del descontento por la desigualdad y la frustración de expectativas.

El autor busca los matices y su explicación es razonable y a menudo atractiva: no hace falta compartir el diagnóstico general para aceptar numerosas observaciones. A veces la búsqueda de la coherencia y la amplitud produce una paradójica sensación de fragilidad; un nuevo elemento podría desequilibrar el diagnóstico. Quizá lo más brillante es la parte dedicada al análisis cultural, donde detecta una tendencia a la repetición: grandes estrellas del pop actuales como Lady Gaga parecen repeticiones más que cortes o evolución con respecto a anteriores como Madonna. La novela ha perdido buena parte de su función y potencia. Y Hollywood es básicamente una industria de franquicias. Un rasgo de la guerra cultural, dice Douthat, es el bloqueo. Muchas de las luchas de las que hablamos son repeticiones de luchas anteriores, vueltas a un tiempo previo (con la excepción de los derechos gays). La generación del baby-boom se reveló con energía contra una cultura conservadora sólida, unos valores se enfrentaban a otros claramente. Ahora, para Douthat, ese enfrentamiento no se produce, en parte por incomparecencia. Cita a Baudrillard para señalar que hemos pasado de la idea de un tiempo cíclico a una era del reciclaje. Hay mucho espacio para matizar, pero el autor describe bien una cultura industrial reiterativa donde hay cada vez menos sitio para los autores y artistas de gama media.

Más convincente en la descripción que en la prescripción, Douthat muestra cierto pudor cuando alude a una inquietud espiritual y formas de religiosidad que a veces tienen que ver con iglesias establecidas, pero en otras ocasiones adoptan la forma de nuevos “paganismos” y fe en algún tipo de magia. La argumentación de Douthat es laica, racional, aunque también muestra su visión católica y cree que puede haber formas de renovación de esa fe, por ejemplo en África. Reconoce el peligro del cambio climático y sus efectos sobre la calidad de vida de miles de millones de personas, así como su relación con la migración, pero se muestra menos atemorizado por él que otros autores. La decadencia, con su tedio y unas insatisfacciones que según Douthat Michel Houellebecq describe mejor que nadie, puede prolongarse. Una larga tarde, pesada y melancólica, donde los bárbaros, que producen una mezcla de esperanza y miedo, nunca terminan de llegar, no es el panorama más excitante, pero tampoco resulta la peor de las alternativas. ~


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