Selfie con Contemporáneos | Letras Libres
artículo no publicado

Selfie con Contemporáneos

Por 1978 mi profesor Huberto Batis fue nombrado coordinador del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Él había formado parte del equipo que veinte años antes, ahí mismo, había iniciado el proyecto de estudiar revistas literarias mexicanas del siglo XIX. Cuando le dieron el cargo, decidió seguirlo, ahora con las del XX, y negoció contratar a tres investigadores de medio tiempo sin “plaza” ni na. Fui uno de ellos.

Me tocó en suerte la revista Contemporáneos (1928-1932) y velé mis armas en la doble lealtad a la literatura mexicana moderna y a las revistas literarias, su material de construcción. Mientras trabajaba, el inba organizó en 1982 un “homenaje nacional” para el que se necesitaban libros adecuados. Luis Mario Schneider haría una selección de poesía y me recomendó para hacer el de prosa. Escogí los textos, redacté notas eruditas y miré cómo lo diseñaba la maestría de Vicente Rojo. Le puse como título una frase de Gilberto Owen, Monólogos en espiral, y experimenté por primera vez la eléctrica emoción de ver mi nombre en una portada (con el tiempo baja ese voltaje).

En 1983 terminé mis índices y defendí el trabajo como tesis de maestría (entonces no había tesinas ni doctorados automáticos). Se lo llevé a Rubén Bonifaz Nuño: miró con desdén el millar de páginas y me lo retachó diciendo que la UNAM no iba a publicarlo. Bueno. Lo llevé por mis pistolas al Fondo de Cultura Económica (FCE); lo dictaminó favorablemente Alí Chumacero pero, como era tan extenso, Jaime García Terrés propuso publicar solo el estudio preliminar. Acepté y en 1985 salió Los Contemporáneos ayer. (En 1988 la UNAM publicó la otra mitad, Índices de Contemporáneos, revista mexicana de cultura (1928-1931), que supongo que agonizó muy a gusto en alguna bodega.)

Después, el FCE me encargó preparar y prologar una reedición de la Antología de la poesía mexicana moderna (1928) que hicieron algunos de los Contemporáneos, con el prólogo de Jorge Cuesta, y que provocó la obligatoria gritadera sobre las injusticias y las ausencias y la distorsión de los verdaderos valores patrios y todo eso.

Un día, los hijos de José Gorostiza me buscaron porque querían conocerme. Poco después me dieron fotocopias del archivo epistolar de su padre: un gesto inédito e inaudito. Coincidió con que Carlos Pellicer López encontró las cartas juveniles que su tío intercambió con Gorostiza, me las dio y preparé la edición crítica de su Correspondencia 1918-1928, que publicó Ediciones del Equilibrista en 1993: en su portada aparecen dos bebés que son Pellicer y Gorostiza, retratados en distintos años, pero en el mismo estudio fotográfico y sentados en la misma concha marina. Después, en 1995, Conaculta publicó mi edición del Epistolario (1918-1940) de Gorostiza que continúa siendo el más abarcante de un Contemporáneo. Luego, en 1996, el mismo FCE me encargó una nueva edición de la Poesía completa de Gorostiza, que incluyó los pasmosos borradores que estaban en su escritorio cuando murió.

Luego me puse a estudiar a sus precursores, López Velarde y José Juan Tablada, aunque el grupo no dejaba de rondar. En 1999 me doctoré con una tesis que también publicó el FCE, México en 1932: la polémica nacionalista, que recopila y estudia el material de archivo, libresco y hemerográfico de otro alboroto en que se vieron involucrados por “reaccionarios”. Y luego me puse a estudiar a su descendiente directo, Octavio Paz. Y en el ínterin, en 2008 publiqué en la UNAM Tres ensayos sobre Gilberto Owen, el Contemporáneo que más me obsesionaba entonces. Y en 2011, Siglo XXI Editores publicó Malas palabras. Jorge Cuesta y la revista Examen, en el que cuento y documento cómo izquierdas y derechas se unieron para meter a la cárcel a ese escritor genial que irritaba a todos por parejo. Y finalmente, en 2012, el FCE publicó una colección de ensayos dispersos, sobre esos poetas, como individuos o como grupo, que se llama Señales debidas.

Caramba. Una docena de libros. Y junto a ellos, y alrededor de ellos, el montón de estudiantes que los estudiaron conmigo, y media docena de investigadores que se formaron como mis pacientes ayudantes o como tesistas osados. Así pues, he puesto en esa balanza algunos miligramos –más pródigos que prodigiosos– que en nada me pesan. Gracias. ~