Salvar la cultura en México | Letras Libres
artículo no publicado

Salvar la cultura en México

Los 1.4 millones de empleos que generan las industrias culturales están en riesgo y el sector se encuentra en una situación de extrema fragilidad.

La actividad de editoriales, compañías de teatro, casas productoras, sellos discográficos y un sinfín de empresas más se ha detenido casi por completo debido a las medidas de distanciamiento social y al cierre de los establecimientos donde los creadores y el público convergen: librerías, cines, teatros, salas de conciertos, galerías y museos. Los 1.4 millones de empleos que generan las industrias culturales están en riesgo y el sector se encuentra en una situación de extrema fragilidad.

El 6 de mayo, el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) dio a conocer sus “Recomendaciones para el Acuerdo Nacional: 68 ideas para México”, destinadas a detener el contagio de la Covid-19, proteger los empleos, reactivar y estimular la economía tras la emergencia. Si bien el documento no hace mención explícita de las medidas que requiere el sector cultural, quienes lo conformamos debemos aprovechar la oportunidad abierta por el cce e incluir en ese ideario las urgencias que aquejan a las empresas culturales, a los centros docentes de investigación científica y cultural con sus becarios dejados sin ingresos, a los artistas y ejecutantes desempleados y a las instituciones que preservan el pasado y el presente de nuestra cultura y que han sido asfixiadas por la austeridad.

Muchas ideas e iniciativas prácticas, de distinta naturaleza y magnitud se han puesto en marcha a lo largo de estas semanas para mantener a flote el sector cultural. Por ejemplo, Almadía, Era y Sexto Piso, tres de las principales editoriales independientes del país, han emprendido una campaña para recaudar donativos que les permitan seguir operando. La Red de Espacios Culturales Independientes Organizados propuso veinticinco medidas económicas para atender el impacto de la crisis sanitaria en las artes escénicas. La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, en unión con Netflix, lanzó un fondo para apoyar a mil trabajadores de la industria cinematográfica y audiovisual.

Desde Palacio Nacional solo se invocan rutinariamente nuestras tradiciones mientras se ignora la diversidad y el rigor de la cultura mexicana de hoy. Frente al silencio gubernamental, estas son algunas medidas que, consideramos, podrían aplicarse para apoyar al sector cultural:

  • Las empresas de la cadena del libro podrían beneficiarse con medidas fiscales, como la modificación en el pago de iva, pues, si bien los libros están exentos, los gastos operativos que genera producirlos no.
  • Los estímulos fiscales Eficine y Efiartes podrían incrementar el límite máximo para contribuyentes de manera que estos puedan apoyar proyectos de diversas disciplinas y obtengan más beneficios al invertir en la creación y producción de artes visuales, danza, música, teatro y en la edición de obras literarias.
  • Las plataformas digitales han confirmado su lugar esencial como espacios de producción y exhibición de contenidos culturales. Se debe apoyar a las que ya existen, en particular a las independientes.
  • La extinción del Fonca ha incrementado el clima de incertidumbre dentro de la comunidad artística. Es urgente que se definan sus nuevos mecanismos de operación y que conserve su independencia de la Secretaría de Cultura.
  • En lo inmediato se encuentra la reapertura económica. Debe definirse con la mayor anticipación posible en qué condiciones podrán reabrir teatros, salas de cine, bibliotecas y librerías, y coordinarse la reprogramación de los eventos que fueron suspendidos por la contingencia.

Las industrias culturales y creativas demostraron su valor durante el periodo de confinamiento al brindar entretenimiento, pero no podemos ignorar su naturaleza económica, que genera riqueza y empleo. Por lo que es crucial que la comunidad cultural participe en la discusión sobre las medidas que hay que tomar para sacar adelante el país. En este número abrimos el espacio a los empresarios culturales para que compartan sus preocupaciones ante la crisis sanitaria y económica.

El panorama no es alentador, como señala Eduardo Cruz Vázquez. Para ello es necesario que el Estado pero también la iniciativa privada asuman con el sector cultural un compromiso a la altura de las actuales circunstancias. Es hora de salvar la cultura en México. ~

–La redacción
 

Libros

Selva Hernández

Gabriel Zaid dice que los libros sirven para poner conversaciones sobre la mesa. En ese sentido las librerías –sobre todo las pequeñas– sirven como un lugar de encuentro entre las comunidades locales interesadas en el conocimiento, no solo el literario. La gran diferencia entre las cadenas y las pequeñas librerías de barrio es que estas últimas están atendidas casi siempre por sus dueños, que funcionan como un librero tradicional, una persona con la que platicas, a la que le pides cosas, que genera espacios, talleres, lecturas, puntos de encuentro, conversaciones.

Un gran ejemplo es Max Ramos, de las librerías El Hallazgo y El Mono Sabio, entre otras. A sus librerías llegan personas de todo tipo. No solo los escritores famosos y consagrados, sino la gente aficionada que siente fascinación por la lectura. Ellos encuentran en las librerías un entorno, un ambiente maravilloso en el cual estar.

En las últimas décadas, la venta de libros ha disminuido notablemente y la renta de los espacios es cada vez más alta. Esto ha ocasionado el cierre de librerías enormes en el centro histórico de la Ciudad de México. Mi tío Juan López, por poner un ejemplo, cerró una que se llamaba La Casona de Aura que abarcaba más de trescientos metros cuadrados. Hubo otra que abrió porque sabía que la iba a cerrar y le puso La Última y Nos Vamos. Mi tío Mercurio está cerrando tres librerías en la calle de Donceles. La correspondencia entre la ganancia y los gastos operativos ya está siendo muy desproporcionada. Las librerías nunca han sido negocios multimillonarios, pero años atrás sí generaban lo suficiente para permanecer abiertas. Ahora es cada vez más difícil, a menos que el librero sea dueño del local o que realmente tenga unas ventas extraordinarias.

Si quisiéramos hacer buenos negocios nos convendría mucho más abrir una pozolería, pero nos dedicamos a esto porque nos gusta mucho. Para mí el momento más bonitos de mi actividad como librera es cuando llega un cliente y pide un libro ¡y lo tenemos! Yo les digo a las personas que me venden su biblioteca que el mejor destino para los libros en desuso son las librerías de viejo. Ahora, las bibliotecas públicas no están recibiendo archivos y, en cambio, en las librerías de viejo los libros continúan con una vida propia. Hace unos días estaba promoviendo libros en mis redes y subí una serie de libros comunistas que tenía guardados. Unos libros con portadas muy bonitas. De pronto cayeron investigadores y personas interesadas porque encontraron libros de los que habían oído hablar, pero nunca habían visto. Esa parte es muy satisfactoria y trabajar con los libros en sí es muy bonito. Si yo pudiera, me dedicaba solamente a arreglar libros.

Las librerías siempre han sido un sector muy vulnerable. En la Red de Librerías Independientes (Reli), mantenemos mucha comunicación y nos encontramos en este momento muy unidos. Estamos conscientes de que, debido a la crisis de la Covid-19, muchas librerías van a tener que cerrar. Es lo que va a suceder con mi librería A Través del Espejo, que mi mamá abrió hace veinticinco años y que yo heredé. Vamos a cerrar principalmente porque las rentas en la colonia Roma son ya impagables. Debido a la emergencia del coronavirus, no he podido pagar la renta y el dueño ya quiere su local. No lo critico ni lo juzgo; son sus cosas, yo haría lo mismo. Van a cerrar bastantes librerías de nuestra red y estamos muy tristes viendo cómo estos negocios a los que les hemos entregado nuestra vida, nuestro amor, nuestro trabajo y nuestra pasión están cerrando.

Siempre insisto en que lo que nos debe el gobierno –y sobre todo las instituciones culturales– son estudios serios sobre el libro: ¿Qué es? ¿Quién lo consume? ¿Cómo son esos lectores? ¿Cuánto gastan? ¿Qué quieren? No sabemos nada de eso. Los libreros trabajamos misteriosamente. Conocemos a nuestra comunidad local, a nuestros clientes fijos, pero nada más. Como editora de una pequeña editorial independiente, siempre espero que detrás de cada libro haya un lector interesado que quiera gastar doscientos pesos en él y siempre es una apuesta al aire. De entrada, yo pediría que se hicieran análisis serios, sobre todo ahora que hay métodos increíbles para estudiar públicos, usuarios y tejes y manejes del mercado. Hay metodologías maravillosas que se pueden aplicar al ecosistema del libro para que todos los que formamos parte de él lo podamos entender. Y a partir de ese entendimiento se podrían hacer políticas responsables que tengan que ver con nuestro país y nuestro consumo. Respecto al libro, por lo general, adoptamos políticas del extranjero, como el precio único, la tasa cero, la adquisición de ejemplares para bibliotecas. Lo que no estamos haciendo es entender el sistema mexicano del libro, que es peculiar. Yo siento que las librerías son cada vez más centros de comunidad que de compra y venta de libros. Eso es lo que habría que ver para saber cómo cambiar nuestros negocios, para adaptarlos a los tiempos actuales.

Una política urgente ante la crisis actual podría ser la condonación de impuestos a quienes tenemos librerías. La tasa cero que tenemos es ridícula: nos ayuda, y al mismo tiempo no, porque todo se complica si, además de libros, vendes café o chilaquiles o papelería o libretas. Otra cosa que estamos pidiendo –no solo los libreros sino los negocios independientes– es apoyo para la renta y la nómina. De las librerías dependen bastantes familias y mucha de la gente que trabaja conmigo son estudiantes. Esa es la parte que más me duele de haber cerrado mis librerías: no tener las posibilidades para sostener esta maquinaria que involucra a tantas personas. ~

Selva

 

Teatro

Mariana Hartasánchez

A diferencia de los grupos teatrales concentrados en la Ciudad de México, las compañías independientes radicadas en otros estados contamos con más libertad para trabajar de manera continua. En Querétaro, tenemos en el Museo de la Ciudad un espacio maravilloso y abierto a cualquier propuesta alternativa. También hay varios espacios independientes que permiten la circulación de los grupos invitados y compañías que cuentan con sus propios espacios. Sin embargo, como todos, tenemos problemas al momento de acceder a los presupuestos porque están restringidos. Hay veces en que hacemos las cosas sin dinero, otras con un poco más, hemos contado con apoyos del Fonca y de las secretarías municipales y estatales de Cultura. Entonces hay una especie de intermitencia en relación con los apoyos y los presupuestos.

Es vital que exista el teatro independiente porque ofrece un discurso artístico mucho más libre. El teatro de interés estrictamente comercial tiende a abordar ciertas temáticas que están restringidas hacia el gusto general y lo que importa no es el talento sino contar con celebridades que puedan atraer a más gente para vender boletos más caros. Hay otro teatro que transita entre los dos universos: que es de calidad, que tiene una propuesta de base interesante y que también quiere atraer a un gran número de espectadores. El teatro independiente no tendría tampoco que pensarse como algo raro que no le gusta a nadie. En Sabandijas de Palacio trabajamos para encontrar temas que sean de interés general y que tengan muchas capas que diviertan y despierten la reflexión de los espectadores.

Ahora, además de la crisis sanitaria, hay preocupación por el futuro del Fonca. Es muy desgastante tener que explicarles a los funcionarios el papel relevante del arte y la cultura. Debería ser una discusión superada. Las instancias culturales deberían estar más atentas a lo que la comunidad cultural propone. Por lo menos, al interior de los estados, la comunidad nunca tiene acceso a información que es prioritaria, no sabemos cuál es el presupuesto real ni cómo se divide. No tenemos una verdadera injerencia en las determinaciones relativas al presupuesto y eso termina afectándonos. La vía privada es una opción, pero muchas veces no tenemos idea de cómo hacerlo ni contamos con los enlaces con el sector empresarial. Las compañías también somos responsables porque nos quejamos de que las personas no van al teatro, pero no hacemos nada para atraerlas. Tenemos que crear redes de colaboración entre grupos teatrales para que los espectadores conozcan nuestro trabajo.

Para los teatreros el panorama ante la pandemia es totalmente desalentador. Los espacios independientes cerraron sus puertas y la incertidumbre es horrible porque no tenemos idea de cuándo la gente se va a volver a congregar en los espacios escénicos. En mi caso, yo estaba a punto de iniciar uno de los proyectos más importantes de mi carrera como la primera directora del Carro de Comedias de la unam, pero hemos tenido que posponer la temporada. Con Sabandijas de Palacio teníamos estrenos programados en marzo, abril y junio y ahora están postergados por tiempo indefinido porque no sabemos cuándo se van a abrir los espacios y cómo se van a reagendar las obras que estaban programadas. Vamos a vivir con el virus por el resto de nuestros días y no sabemos si habrá un rebrote de la epidemia o si tendremos que volver a encerrarnos en nuestras casas. En realidad no tenemos idea de cómo va a funcionar la actividad teatral, por lo que solo podemos recurrir a los espectadores. Es necesario que la gente le dé una oportunidad al teatro porque es una experiencia única y un fenómeno vivo que apela a la imaginación del espectador. La educación es un camino para formar nuevos espectadores, pues les permite experimentar la pulsión de estar en el escenario y de interpretar a alguien que no son. Hay que hacer que la gente recupere el amor al teatro. ~

Mariana
Foto: Ismael Gimate

 

Libros

Guillermo Quijas

Proyectos como Almadía son parte de un sector cultural y económico muy complejo, donde lo más importante es la diversidad de propuestas. Más que hablar de la importancia que Almadía tiene en el panorama editorial, yo hablaría de cómo todas las editoriales –independientes, estatales, transnacionales– formamos un grupo que, de alguna u otra forma, convive y se ayuda entre sí. Por ello considero que en la medida en que exista mayor bibliodiversidad, podremos construir una sociedad un poco más informada, así como una industria más sólida.

Por lo general, nuestras dificultades están relacionadas con que la circulación de los libros todavía es muy deficiente. Es verdad que conforme han pasado los años existen nuevos mecanismos para llevar los títulos a los lectores, sin embargo, sigue siendo complicado distribuir los libros físicos, los cuales todavía representan nuestro mayor volumen de ingresos. También es cierto que hay una oferta excesiva de títulos en relación con los pocos lugares de exhibición; las librerías son el canal más importante para llegar a los lectores, pero hay muy pocas en el país.

Ante este panorama ahora estamos explorando otras opciones, como los libros digitales y las plataformas por suscripción. Este es un mercado en desarrollo cuyo comportamiento estamos entendiendo sobre la marcha, pues la contingencia nos ha obligado a considerarlo como un canal viable para generar un ingreso. Afortunadamente, en Almadía ya habíamos avanzado un poco en este terreno, desde hace algunos meses habíamos empezado a explorar los formatos de ebooks y audiolibros, así como plataformas que funcionan con suscripción como Bookmate. Por ahora, el uso de estas herramientas nos da algo difusión y un poco de flujo de efectivo, sin embargo, este no representa ni el 10% de nuestros ingresos normales. Estamos probando, no tenemos certezas de ningún tipo en ese sentido y seguramente iremos ajustando el camino en los próximos meses. Mientras se mejora la estrategia digital, también intentamos mantener algunas tareas internas para fortalecer la publicación del libro en físico porque sigue siendo importante en todos los aspectos.

También me parece necesario subrayar que la publicación de libros trae consigo satisfacciones cuya naturaleza depende del perfil o la filosofía de cada empresa. Hay editoriales que buscan producir dinero y entonces el aumento de ganancias es su satisfacción; pero en el caso de Almadía, lo más valioso para nosotros ha sido construir relaciones estrechas con autores y lectores.

La crisis de la Covid es muy compleja. La acción más evidente que el Estado puede emprender son los financiamientos a fondo perdido o de pocos intereses, pero la realidad es que ante una contingencia de este tipo no hay dinero que alcance para apoyar a todas las industrias ni a todos los grupos y empresas. Yo pienso que, por un lado, sí es importante echar a andar políticas públicas pero, por el otro, es necesario consolidar acuerdos a nivel gremial. Los actores más importantes del gremio tenemos que encontrar medidas y acuerdos para mejorar los convenios entre imprentas, librerías, editoriales y autores y autoras, porque al final somos nosotros quienes continuaremos interactuando para llevar nuestro trabajo a buen puerto.

Veo muy difícil que el gobierno haga un rescate general, y más aún en la industria editorial. Por lo tanto, el único lugar al que tenemos que voltear a ver es a los mismos editores y, concretamente, la relación que se tiene con las librerías. Es esencial, por ejemplo, coordinarnos para hacer eficientes los procesos de exhibición, compra y pago, porque son demasiado lentos y, si permanecen como están, solo agravarán la situación que ya es crítica por la pandemia. No podemos ignorar que en cuanto las cosas puedan volver a la normalidad quienes serán capaces de ingresar recursos al mundo editorial serán las librerías, por eso es imprescindible avanzar con acuerdos gremiales. ~

Quijas

 

Cine

Mónica Lozano

La participación de la iniciativa privada dentro del sector cinematográfico es importante porque en 2019 más de la mitad de las películas mexicanas no contaron con apoyo del gobierno. Las películas que se producen completamente con capital privado pasaron del 14% en 2009 al 51% en 2019. Incluso las películas apoyadas por el Estado atraen inversiones privadas, ya que ninguna obra puede ser financiada en su totalidad con recursos públicos. Actualmente en México se producen más de doscientas películas al año, lo que ofrece una gran variedad. Pero sin la inversión del sector privado no sería posible contar con una producción estable como la que estamos viendo actualmente. El resto de los sectores de la industria no operarían sin la iniciativa privada, ya que existen pocos apoyos públicos a la distribución, promoción y exhibición.

Para hablar del impacto de la cinematografía, resulta imprescindible tener en cuenta su doble naturaleza: tanto su aspecto cultural y artístico como el industrial. Con respecto a este último, debemos considerar los efectos directos, indirectos e inducidos que tiene la producción cinematográfica sobre la economía nacional. Los efectos directos corresponden al valor agregado bruto y el empleo que se deriva del rodaje y la posproducción de las películas, así como su distribución y exhibición en las diferentes ventanas. De acuerdo con el Inegi, la industria cinematográfica genera casi 31 mil empleos anuales. Además, esta cifra se ha incrementado año con año desde 2008. Sin embargo, según datos de la propia industria, se calcula que el sector cinematográfico genera al menos 75 mil empleos directos y 150 mil indirectos. A su vez, la industria repercute en múltiples y diversos sectores que se benefician indirectamente de la realización de películas, como la industria hotelera, la alimentación o la construcción. Cada peso gastado en cine genera una derrama económica importante.

Como está establecido en el artículo 4º de la Constitución, el Estado tiene la obligación de impulsar la cultura y de garantizar que toda la población tenga acceso a ella. Si analizamos la historia del cine mexicano desde sus inicios, podemos observar que el nivel de producción a lo largo de los años ha estado fuertemente ligado a las políticas públicas en materia cinematográfica, pero estas medidas han sido impulsadas por la propia comunidad cinematográfica. Adicional al apoyo a la producción, resulta fundamental el papel del Estado en la regulación de la industria cinematográfica, ya que debería establecer condiciones equitativas de competencia en una industria que, por su naturaleza, cuenta con diversas fallas de mercado.

Será hasta el final de la crisis sanitaria derivada de la Covid-19 que se podrán cuantificar las pérdidas en el sector, sin embargo, el rodaje de cuarenta proyectos se canceló, lo que representa la pérdida de 3 mil 500 empleos. Junto con esto, se postergaron festivales de cine, se cerraron los espacios alternativos de exhibición y se han tenido que recalendarizar los estrenos de numerosas películas. Probablemente los efectos se verán a mediano plazo, pero las pérdidas serán millonarias.

A pesar de esto, resulta paradójico que durante el confinamiento se ha vuelto evidente la necesidad de contar con una oferta cinematográfica diversa. Ha incrementado el número de suscriptores de las plataformas de streaming y el tiempo que los usuarios destinan al consumo de sus productos audiovisuales.

Para mitigar los efectos negativos de la Covid-19, resulta imprescindible que tanto el sector público como el privado trabajen de la mano. Desde la AMACC impulsamos un programa de apoyo a los trabajadores técnicos, manuales y profesionales de la industria cinematográfica y audiovisual que enfrentan una situación de paro laboral, así como a las micro y pequeñas empresas independientes de producción, distribución y exhibición. Dicho plan busca garantizar los recursos públicos destinados al cine, crear un Fondo de Emergencia del Sector Cinematográfico, con capital público y privado, y establecer líneas de crédito destinadas tanto a profesionales de la industria como a empresas independientes. ~

Amores perros

Arte

Chris Sharp

La crisis sanitaria ha brindado al mundo del arte una quietud perfecta y está afectando a las galerías de maneras diferentes. Pero, en términos generales, casi nadie está vendiendo arte. Esto está obligando a todos a reconsiderar radicalmente el modelo de la galería y, especialmente, el de la feria de arte, algo que muchas personas habían querido hacer desde hace un tiempo. Hasta donde sabemos, esta crisis podría ser una bendición disfrazada en el sentido de que tal vez el mundo del arte estaría obligado a ir más despacio y a reflexionar más sobre lo que está haciendo.

Sin embargo, las galerías independientes son espacios importantes porque los canales fundados por el Estado no tienen lugar para la idiosincrasia. Lo que hace a espacios como Lulu independientes y valiosos es precisamente su visión inconformista. Estas iniciativas ayudan a pensar y producir arte de maneras heterodoxas.

En un mundo ideal el Estado y la iniciativa privada serían fuerzas complementarias para impulsar la exhibición de arte, pero esto depende del contexto y visión de la galería o espacio. Lulu es demasiado peculiar para satisfacer las exigencias históricas convencionales requeridas para tener una relación cercana con el Estado. Dicho esto, no creo que se pueda tener arte sin idiosincrasia, y el Estado tiende a ser intolerante, al menos en un principio (consideremos, por ejemplo, las carreras y trayectorias de Diego Rivera –el Estado– y Frida Kahlo –idiosincrasia casi pura– durante sus vidas). Por lo tanto, el valor de la idiosincrasia, tanto por sí misma como en relación con el Estado, es mucho más difícil de determinar.

Se tiene la idea de que las galerías deben poner el arte al alcance de todos. Pero no creo que el arte sea para todos, sino para aquellos que lo quieren o lo necesitan. El “arte para todos” generalmente termina en un populismo estético o, en el caso de la mayoría de las instituciones o museos en México, en una aproximación muy didáctica y pedagógica que acaba eclipsando las obras que se presentan. En ambos casos, el arte sufre una terrible, casi fatal disolución. En el primer caso, se diluye para referir al mínimo común denominador, y en el segundo, es tan ideológicamente instrumentalizado que infantiliza a su audiencia. Adicionalmente, creo que en las profundidades de esta noción hay una suposición utópica de que el arte te va a convertir en una mejor persona o ciudadano. Creo que esto es un mito, el cual, incidentalmente, el movimiento Me Too tuvo algo de éxito en exponer. Lejos de un parangón de rectitud, el mundo del arte está lleno de individuos moralmente cuestionables y seriamente sospechosos. Dicho todo esto, soy un gran creyente en la capacidad del arte para enriquecer profundamente la vida, darle sentido y abrirla a horizontes desconocidos hasta ahora. ~

Lulu
Foto: Ramiro Chaves

Libros

Nicolás Cuéllar

La importancia de los proyectos editoriales independientes radica en la intención seminal del negocio: no es volverte rico, como bien afirmaba Claudio López Lamadrid, sino editar libros hasta donde la literatura y la poesía te lo permitan para, entonces, ofrecer lo mejor que tienes al lector. Es decir: ¿cuántas obras realmente rescatables, potentes y valiosas puedes editar al año? Nosotros todavía no lo sabemos y creo que eso es parte de ser independientes. Claro que el negocio es importante, y más en momentos como este, cuando uno quisiera tener un bestseller motivacional en el catálogo que ayudara a capotear la tormenta. Pero la importancia de los proyectos editoriales más pequeños es que el catálogo se forma también desde las coyunturas sociales e históricas, lo que les permite generar una identidad, una línea que va más allá de los caprichos de sus editores. Coincido con lo que dice Carlo Feltrinelli: “leer hoy en día es casi un acto revolucionario”.

Un catálogo independiente convive y respira con sus aciertos y equivocaciones en términos económicos mucho más que los consorcios. La importancia de no pertenecer ni a los grandes sellos ni al Estado radica en que le perteneces mucho más al lector, y te debes a ellos. ¿Por qué? Porque le destinas un mes entero a cuidar la edición, a innovar tu diseño editorial, a revisar pruebas de máquina.

Dos de las dificultades a las que se enfrenta un proyecto editorial independiente son la distribución y la liquidez. La distribución en México es un asunto muy triste, porque es una de las principales razones por las que grandes libros terminan en el anonimato. Más allá de las ventas importa también tener una resonancia real dentro de la conversación literaria. Estoy seguro de que muchas editoriales independientes de México, con muy buenos libros en su catálogo, podrían haber conseguido otro tipo de reconocimiento; es decir: que se hablara de sus novelas, de sus libros de poesía, de sus autores.

Tener una distribución eficaz, costeable y honrada es casi una utopía en este país. Quienes lo han logrado es porque tienen el capital o el tamaño para hacerlo, pero ir con una distribuidora y que tus libros se resurtan constantemente, que las cadenas libreras te liberen las facturas a tiempo, y todo lo demás, es algo que quizá me toque ver cuando el Atlas sea campeón. El tema de la liquidez es otro: los noventa días que las librerías se tardan en pagarte te obligan a no depender de ese recurso para capitalizar tus costos fijos. Ojalá todas fueran como las librerías independientes, que te pagan a tiempo y cada mes, pero reconozco que no es el mismo proceso para una cadena respecto a la cantidad de notas que tienen que contabilizar. Ante el problema que significa capitalizar la literatura, terminas recurriendo a los servicios editoriales: esos que nadie quiere hacer pero que todos tenemos que realizar hasta cierto punto.

Hace muchos años en España el gobierno otorgó muchos apoyos a las editoriales independientes, y esos incentivos ayudaron, sumados a su gran trabajo editorial, a que varias de ellas se internacionalizaran (manteniéndose en su mayoría independientes) y que los que ganáramos también fuéramos los lectores. Ahora podemos acceder a libros de Páginas de Espuma, Impedimenta, Siruela, Acantilado, Anagrama, Galaxia Gutenberg, Libros del Zorro Rojo, y muchas más, con mayor facilidad. En materia fiscal, en México te cuesta lo mismo tener una pequeña editorial que una transnacional, y eso es ridículo. Las becas a las que podemos acceder son mínimas y alcanzan para tirar un libro cuando mucho. El gobierno, fuera de las librerías del FCE, no tiene el interés de que los libros producidos en México encuentren una casa en otros países.

Antes creía que plataformas de lectura, tipo Bookmate o Scribd, y formatos como el ebook eran nuestro enemigo. Hoy, que tenemos que recurrir a ellas, veo que no es algo que deba quitarme el sueño. En la feria de Frankfurt me di cuenta de que el Kindle únicamente tiene una verdadera trascendencia en Estados Unidos. En el resto del mundo el libro físico sigue siendo el rey. Las plataformas no están para perjudicarnos, porque los lectores de Dharma siempre van a comprar el libro físico, aunque lo hayan leído en electrónico. La experiencia es completamente distinta. Por otro lado, los beneficios del ebook también son numerosos. Nuestros libros llegan a más manos, más rápido, en más rincones y países. Y, en el mundo moderno, se vuelven una puerta a las traducciones y a facilitar la venta de derechos internacionales. La labor de scouting, que también es importante para una editorial, se vuelve mucho más sencilla gracias a los ebooks.

Aunque estamos entrando a una crisis que ni los grandes economistas saben cómo atajar, sí podría decir que el tema fiscal y crediticio ayudaría mucho a las empresas editoriales. Otorgar deuda a tasas bajas e incentivos fiscales para que los costos sean los menores posibles. Se debería redirigir el presupuesto si no se quiere adquirir más deuda. Una vez que el gobierno apoye con créditos, lo que sigue es que compren material para bibliotecas y librerías públicas, que incentiven así la producción de catálogos más grandes, que abran licitaciones transparentes para libros por encargo para las dependencias de gobierno. La Secretaría de Cultura debe exigir más presupuesto en lugar de absorber al Fonca. Cultura debe abogar por programas para las editoriales independientes, hacer talleres con expertos sobre negocios, controlar el tema de los precios y descuentos en las librerías y vigilar las prácticas de las distribuidoras. Uno es empresario cultural en este país no gracias sino a pesar del gobierno. ~

Nicolás

Cine

Martha Sosa

El productor de cine es un facilitador y un cómplice. Debe tener una inmensa curiosidad por el proceso creativo del otro y entrar con respeto facilitando la visión del director. No estorbar, acompañar. El productor es el primer espectador que se sienta en una butaca hipotética que algún día va a existir. Si a ese productor le importa lo que está diciendo la película y se emociona con ella, es muy probable que haya más seres humanos que se sientan así. La película encontrará una audiencia.

En México tenemos historias importantes que contar. En los últimos años me he interesado por las historias de mujeres y por aquellas que llevan a preguntarnos si vivimos en un Estado de derecho. No es que la película o el documental adquieran un tono de denuncia, sino que se vuelvan capaces de sembrar una semillita de inquietud y cambio en los espectadores.

La pandemia nos ha afectado de muchas maneras, pero a unas casas productoras más que a otras, sobre todo a aquellas que ya estaban a punto de lanzar sus películas en salas comerciales o que se encontraban en pleno rodaje. Los procesos de hacer cine o series son muy largos. Hay ciertas etapas en las que trabajamos desde casa, como en la escritura o en la edición. Pero las producciones que estaban trabajando en set al inicio de la cuarentena son las más afectadas porque tuvieron que despedir a mucha gente –técnicos, maestros carpinteros, electricistas y de la construcción– y cerrar sus proyectos hasta nuevo aviso.

Toda esta incertidumbre de no saber si el gobierno va a apoyar a las pequeñas empresas nos preocupa. Nosotros somos pequeños empresarios, pero dependemos de otros empresarios más grandes que quieran aprovechar los incentivos fiscales para la creación de películas, pero ahora todos tenemos miles de dudas. En marzo estaba corriendo la primera convocatoria de los incentivos fiscales Eficine 189 y yo tenía confirmados desde hace mucho tiempo los contribuyentes que participarían en la posproducción de la película en la que estoy trabajando actualmente y, a causa de la crisis sanitaria y económica, me dijeron que ya no podrán participar porque no saben cuáles serán las perspectivas del siguiente ejercicio fiscal.

Los fideicomisos son otros mecanismos que ayudan a la realización de más películas. No digo que sean perfectos, pero me preocupa que estos instrumentos desaparezcan. He sido jurado de Foprocine cuatro veces, sé cómo funciona y puedo asegurar que tiene la mejor intención de premiar a los mejores proyectos. Es un examen muy riguroso porque tus mismos pares evalúan cómo vas a resolver tu película. Pero Foprocine y Fidecine tienen distintas naturalezas y ahora nos dicen que se van a volver un solo fideicomiso. Los funcionarios no tienen claro lo que implica fusionarlos y esta iniciativa no tiene sentido porque hemos probado que son un mecanismo eficiente que permite garantizar la libertad creativa para que los realizadores puedan hacer sus películas como quieran. Estos instrumentos han logrado que los artistas audiovisuales trabajen con toda la libertad posible para que sus películas digan lo que ellos desean. Son herramientas sólidas que no se han valorado, pero le han dado al cine mexicano una salud que no tenía hace quince años.

A raíz de esta crisis es importante que reconozcamos el lugar que las industrias creativas tienen en nuestras vidas y asumirnos como sus beneficiarios y usuarios. Dependiendo de las posibilidades y del compromiso de cada uno, hay que hacernos presentes y tender un lazo a los creadores. Afortunadamente, el contenido sigue teniendo una gran cantidad de demanda porque quienes tienen la posibilidad de quedarse en casa están viendo películas y series, lo que a mí me da esperanza. Pero me pregunto cómo será la vida pública de las películas a partir de este momento. ¿Seguirán existiendo los festivales? ¿Seguiremos viajando con nuestras películas a otros países? ¿Cómo se va a crear ese deseo de ver esa película, de que se exhiba, de que encuentre audiencias? Me parece que mientras siga existiendo una amenaza de salud, los exhibidores tendrán que transformarse, pero me cuesta imaginarme el mundo sin salas de cine. No sé qué cambios habrá en los siguientes meses, pero lo que es un hecho es que la necesidad de expresarse, de contar historias, de leerlas y de verlas va a seguir. Solo tendremos que encontrar nuevas formas para acceder a ellas. Aquellos que creamos las películas, pero también quienes las consumimos, somos parte de esa conversación que tendrá que buscar soluciones para los desafíos que plantea el futuro. ~