Salmo para la ciudad | Letras Libres
artículo no publicado

Salmo para la ciudad

Nuevo salmo para la ciudad en trance de destrucción, nuevo salmo

para el muslo derecho y el ojo izquierdo de las hadas bulímicas

y para los prevaricadores de perfil neblinoso, nuevo salmo

para los cachivaches del alma

y para los automóviles con una televisión adentro

y para la diversión cadenciosa de los niños catatónicos,

nuevo salmo en forma de proyectil erizado de sentencias,

nuevo salmo para abolir la pereza y la acidia, la ganancia rápida

y la demagogia de la estupefacción y el sonambulismo:

Descienda sobre tu corazón la semilla del egoísmo

y florezca y reverdezca en tus venas

y seas capaz de ignorar la miseria de tu prójimo, el ansia de tu vecino,

el boquear de los adolescentes drogados, el trazo

de lancinante alcohol de tus primos hermanos y

las degradaciones corporales ahora llamadas

con palabras de placer y comercio.

¡Ah, puritanos de la cólera y el estupor,

sedientos violadores, misacantanos de sucios bolsillos y piernas débiles!

¡Ay, parturientas! Veo que dais a luz

una magnífica serie de brillos ectoplásmicos:

perfiles de procónsul mestizo en ángulo disolvente,

cámara lenta para la mola longilínea y desorejada,

manitas sobre pechos diminutos, lémures

de infinitos pixeles y suricatos

demasiadas veces vistos, hasta la irrealidad, en horario triple A.

Cúbrase tu corazón de larvas para resistir el paso del tiempo,

adelantando, con un artilugio de la biología, tu destino de cadáver;

levántese la costra protectora de la hipocresía para que te muestres

como eres, circundada por impactos ultravioletas y por

migajas de neutrinos implosivos; nómbrese cada ingenio nanotecnológico

según el grado de su capacidad corrosiva para el momento de introducirse

en la bóveda craneal de los benefactores.

Y que cada segundo se enciendan los tegumentos y se apaguen

la seda y la energía de las buenas acciones, pues nada de eso

hace falta. Lo que hace falta en lugar de los tegumentos

es un exoesqueleto de platino iridiado, lo que hace falta en vez

de las buenas acciones es una relectura de la poesía de tema monárquico.

Espero que se me entienda. No digo todo esto, no lo proclamo

en la plaza pública para mi nombradía o mi prosperidad personal

o familiar, o mi ascenso en las jerarquías políticas.

Soy un enviado del Señor. No se me confunda con los mercaderes

y los estafadores, con los inversionistas irresponsables y los

lugartenientes de la codicia lujuriante. Estoy aquí para renovar

las raíces y las ramas, el esplendor de las flores

y el valor nutritivo y restaurador de los frutos.

Así concluye, provisoriamente, con un estruendo

de terciopelo y anemia, de fatiga y de abrasiones irónicas,

el salmo nuevo

para la ciudad pecadora. ~