Roberto Calasso y la palabra de los dioses | Letras Libres
artículo no publicado

Roberto Calasso y la palabra de los dioses

En un tiempo en donde todo rastro de lo divino ha sido borrado de la literatura, Roberto Calasso ha ido en busca de su componente sagrado. El autor, que en la niñez empezó a escribir sus memorias, llega a los ochenta años en su mejor forma.

Nota al lector: Este artículo fue publicado originalmente en junio de 2021, con motivo de los 80 años que Roberto Calasso cumplió el 30 de mayo. El autor falleció el 28 de julio, casi dos meses después de esa fecha. Descanse en paz. 

 

En el otoño de 2004, Alessandro Baricco organizó una lectura pública de la Ilíada en Roma y Turín. Fue un éxito rotundo, a juzgar por las diez mil entradas vendidas y la repercusión que tuvo en los medios. Se trató, por supuesto, de una adaptación. La lectura de la obra original habría sido un exceso. El texto resultante fue publicado después bajo el título Homero, Ilíada. En el prólogo, Baricco explica las decisiones estilísticas que tomó. La más importante fue la eliminación de los dioses: “Como se sabe, los dioses intervienen bastante a menudo en la Ilíada para encarrilar los acontecimientos y sancionar el resultado de la guerra. Son tal vez las partes más ajenas a la sensibilidad moderna y a menudo rompen la narración, desaprovechando una velocidad que, en caso contrario, sería excepcional. De todas maneras, no las habría quitado si hubiera estado convencido de que eran necesarias. Pero –desde un punto de vista narrativo, y solo desde ese punto de vista– no lo son.”

Ese párrafo es una síntesis del estado actual de las humanidades y es también una muestra de los criterios de validez para una obra narrativa hoy: popularidad, superficialidad y “velocidad excepcional” de las acciones.

Sin embargo, una Ilíada sin dioses solo es posible si ya ha habido un proceso previo de secularización del relato. Es lo que le permite a Baricco hacer la salvedad de que “solo desde ese punto de vista” los dioses no son necesarios. La caída es evidente y parece ineludible. Sin un desencantamiento del mundo no existiría la literatura, que surgió como el refugio de los dioses. Asistimos ahora (un ahora que dura siglos) a un desencantamiento de la literatura, sin el cual no existiría el entretenimiento. Esa es la inspirada lección que nos ofrece Alessandro Baricco.

El desencantamiento es inseparable de la idea moderna de literatura. Así lo anunciaba Borges en “La supersticiosa ética del lector”, un ensayo de 1930: “La literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin.” Un tiempo de enmudecer que empieza con la lectura silenciosa y la invención de la imprenta. Hamlet y don Quijote son, tal vez, los primeros en escuchar las voces del viejo mundo en una época que se ha vuelto sorda para lo trascendente. El loco se sacrifica en el altar de la razón montante y en el espacio que deja libre se hace posible el relato contemporáneo. O, más específicamente, el género novelesco. La célebre renuencia de Borges a escribir novelas equivale ya a un juicio a la literatura de los últimos quinientos años. De ahí un personaje como Pierre Menard, cuyo delirante propósito resume de esta manera: “El Quijote –aclara Menard– me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Poe: Ah, bear in mind this garden was enchanted!

Durante años me intrigó este verso. Me parecía un fervor arbitrario de esos que explicarían, según Borges, el gusto por los clásicos. La imagen, no obstante, ha ido calando en mí poco a poco. Y ha sido gracias a la lectura del único autor vivo cuya obra hace más llevadero un mundo sin Borges. Me refiero al florentino Roberto Calasso, nacido un venturoso 30 de mayo de hace ya ochenta años.

La comparación con Borges pasa no solo por la vía de la erudición y la imaginación como rasgos distintivos de una forma de leer que propicia nuevas especies de lectores. Esta cumple, además, con un requisito indispensable para hablar de un genio, que es de lo que estamos hablando aquí: la precocidad. Si a los ocho años Borges leía el Quijote en una traducción al inglés y escribía un primer relato (“La visera fatal”), Calasso a los doce empezaba a redactar sus memorias. “El libro cubría mi infancia desde los cuatro a los siete años”, cuenta en la estupenda entrevista hecha por Lila Azam Zanganeh para la Paris Review. Semejante conciencia del propio destino fue simultánea a su encuentro decisivo con Enzo Turolla, “la gran amistad de mi vida”, “el lector más extraordinario que he conocido nunca”. Turolla fue profesor de literatura en la Universidad de Padua y fue, también, quien le transmitió al púber Calasso la pasión por Proust. A Turolla está dedicado el libro La Folie Baudelaire, quizá como una manera de honrar la primera conversación que sostuvieron, en la que Calasso le dijo que no estaba de acuerdo con la lectura que Croce había hecho de Baudelaire. “A raíz de ese comentario nos pusimos a hablar, y ya no paramos nunca.” Hay que insistir en un detalle ya mencionado: Calasso tenía doce años en ese momento. Turolla, veintidós.

Otro testigo de tan brillante precocidad sería Theodor Adorno, a quien Calasso conocería e impresionaría en una velada en casa de Elena Croce, la hija del filósofo italiano a quien él ya había refutado al comienzo de su adolescencia. Este anecdotario sería superfluo si no hubiera sido respaldado por una trayectoria que tuviera no solo momentos de excelencia, sino que fuera irrefutable. Calasso colmó las expectativas desde su primera obra. Se trata de la tesis doctoral que presentó en 1966, titulada Los jeroglíficos de Sir Thomas Browne y cuyo tutor fue Mario Praz. Una primera parte de esta tesis fue publicada como estudio introductorio a una nueva edición en 2008 de La religión de un médico, de Browne, en la Biblioteca Adelphi, casa editorial en la que Calasso ha trabajado desde su fundación y de la cual se hizo director en 1971 (y así continúa hasta el presente). En 2010 se editaría finalmente como libro el texto íntegro de la tesis. Existe una coedición en español, del Fondo de Cultura Económica y la Editorial Sexto Piso, muy cuidada. Basta leer este delgado tomo de 170 páginas, que Calasso escribió en apenas un mes, como coronación de años de investigación, para asimilar que estamos ante uno de los ensayos más eruditos, estimulantes y maravillosos de la segunda mitad del siglo XX.

Su objeto de estudio refuerza la comparación que hice antes. Pues, como bien lo recordaba Javier Marías en 1985, en el prólogo a su traducción de Religio medici y del Urn burial, de Sir Thomas Browne solo se había traducido al español el quinto capítulo de Hydriotaphia, que había aparecido en la revista Sur, en Buenos Aires, en 1944. “La molestia se la habían tomado dos escritores notables, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, quienes consideraban ese fragmento una de las cumbres de la literatura inglesa.”

Resulta fascinante descubrir en esta tesis escrita por Calasso, cuando apenas rozaba los veinticinco años, la primera formulación de un hallazgo cuyos ecos perseguirá a lo largo de las décadas siguientes, a través del estudio de distintas civilizaciones: el de unas formas ancestrales de escritura en las que los dioses se hacen presentes. Los jeroglíficos egipcios, que tanto deslumbraron a los autores del Renacimiento, fueron apreciados como un lenguaje superior: “ellos representarían el correspondiente más aproximado, en nuestro mundo, al conocimiento divino”. Descubrimiento similar que encontrará en sus posteriores incursiones en la literatura védica (recogidas en ese díptico conformado por Ka y El ardor), en uno de cuyos textos sagrados se lee que “los metros son el rebaño de los dioses”.

Esta concepción de la divinidad como una gracia anterior que hoy solo es recuperable a través de la palabra pronunciada con ritmo y veneración, le permitirá a Calasso ver en el romanticismo una antena que capta y relanza los gritos de aquellos “locos impuros” que la cultura escrita e impresa parecen haber silenciado para siempre. Y por eso en sus páginas también tienen un lugar destacado Hölderlin, Baudelaire, Nietzsche y Kafka. Autores que participan de la ebbrezza, término que traduce como “éxtasis”, la locura o la mania platónica.

Quizás el libro donde esta relación se muestra de manera más transparente es La literatura y los dioses. Allí Calasso refuerza el vínculo entre la experimentación formal y la epifanía divina, “como si ambas tuvieran un estrecho pacto, y una pudiese ponerse en lugar de la otra para decir: larvatus prodeo”.

Este “avanzar enmascarado” de lo divino persiste en un mundo donde el entretenimiento ha adquirido el estatus de religión. Un mundo donde los escritores (algunos de ellos) recortan a los dioses de la Ilíada de la misma manera que aquel sacerdote de pueblo eliminaba las escenas eróticas en Cinema Paradiso. Así, la literatura absoluta, la palabra de los dioses, continuará replegándose. Infinitamente, como lo ha hecho desde el principio. Y unos pocos locos (llámense Borges, Yourcenar, Auden, Arendt, Steiner, Eco o Calasso) nos seguirán señalando el rastro de esas fugas y ocultamientos que le dan un espesor a la vida. Recordándonos que el vasto jardín que habitamos estuvo alguna vez encantado. ~


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