Reescribir a Las Casas en el siglo XXI | Letras Libres
artículo no publicado

Reescribir a Las Casas en el siglo XXI

Balam Rodrigo

Libro centroamericano de los muertos

Ciudad de México, Secretaría de Cultura/Gobierno de Aguascalientes/fce/inba, 148 pp.

En 1542, después de tres años de escritura, en España, fray Bartolomé de las Casas terminó el que habría de ser el primer borrador de la Brevísima relación de la destruición de las Indias (1552), una denuncia feroz a las atrocidades cometidas vil e impunemente por los encomendadores españoles en contra de los indígenas americanos. Ese mismo año, durante el bimestre abril-mayo, la relación de hechos fue leída en las Cortes de Castilla frente a una audiencia que contó con la presencia de las más altas autoridades de la Corona española, entre ellas la del rey Carlos I. El efecto de su retórica fue tal que de inmediato se dio la instrucción de revisar la legislación colonial, en especial los puntos concernientes a las encomiendas. Tras ser revisitada, en noviembre, tocado por la argumentación del padre Las Casas, el rey promulgó reformas sustanciales y definitivas al sistema, esto con miras a mejorar las condiciones de vida de los indígenas y acabar –al menos en la teoría– con la violencia gratuita y desmesurada perpetrada en los territorios americanos a sus espaldas. Es decir: la intervención puesta en la Brevísima arriba a buen puerto y se sientan las bases de lo que a la postre hemos de llamar Derecho Indígena. La historia, sin embargo, no acaba ahí y en 1552, tras evadir la censura inquisitorial, el texto es publicado y puesto a circular libremente en librerías de toda España. No demasiado tiempo después se traduce el texto y, en el contexto de las reformas luteranas, se difunde por toda la Europa protestante, y para 1648 alcanza su edición número treinta y tres. La denuncia de Las Casas estaba hecha y había sido esparcida con éxito por toda Europa, lo que abonó niveles de presión a la Corona española para hacer cumplir las reformas. Con ese trasfondo y sobre esos textos y argumentos, Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974) escribe, en el siglo XXI, un largo poema titulado Libro centroamericano de los muertos.

Las inquietudes son legítimas y son las mismas: ¿Cuál es el sentido de esta intervención, de este anacronismo? ¿Por qué el palimpsesto, por qué la Brevísima? ¿Qué nos está queriendo decir Balam Rodrigo? ¿Qué le está haciendo este su libro al mundo? Antes sugerí que a través de un lenguaje altamente literario –efectivo en su retórica ya por sus hipérboles, aliteraciones y anáforas, ya por sus gradaciones y apóstrofes– Las Casas interpeló a la corte y al rey para alterar las leyes que legitimaban la violencia contra los indígenas americanos. Bien, allá el centro: con una inquebrantable fe en las posibilidades críticas de la literatura, a través de un montaje que involucra, entre otras cosas, coordenadas geográficas, fotografías personales, borraduras, tachaduras, citas, homenajes, versiones, prosas y versos, Balam Rodrigo propone un gesto con el que busca reescribir y recuperar la potencia crítica de una operación de probado éxito, aquella que hace ya casi quinientos años sacudió las conciencias protestantes y católicas de todo el mundo. Su palimpsesto que, dicho sea de paso, usa y abusa, del mismo modo y sentido que Las Casas, de las figuras retóricas de la Antigüedad clásica, articula una denuncia con una maquinaria a la vez tradicional –el libro en su disciplina, en sus procedimientos probados, en su racionalidad y en su unidad–, a la vez descubierta y de vanguardia –el libro como montaje, como constelación, como mueca iconoclasta y como collage–, de las abyecciones, excesos y desmanes contra los cientos de migrantes centroamericanos que intentan abrirse paso en el espeso e inhospitalario territorio mexicano. Y es que el Libro centroamericano de los muertos no se trata de una obra más que quiere visibilizar la brutalidad en contra del migrante centroamericano. Balam Rodrigo no es ingenuo y sabe que para visibilizar masivamente están la televisión, las redes sociales y los periódicos sensacionalistas. Su intervención no va por ese camino. Más bien lo que él quiere, fiel a sus aspiraciones lascasianas, es interpelar a una audiencia específica. Argumentando desde la retórica, Balam Rodrigo llama a las autoridades capaces de cambiar las condiciones del migrante centroamericano en México. Una vez más: Balam Rodrigo busca, en un movimiento, sacudir apatías y humanizar estancias. No visibilizar. Más bien: proceder, actuar. Su llamado es al amparo incondicional, al recibimiento despojado, a l’hospitalité absolue. Es en esa dirección que también cobra sentido un premio como el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes que el Libro centroamericano de los muertos ganó en 2018. Porque sí, hace falta iluminar la entrega, correr la voz, para que la misiva alcance su destinatario. Para que entonces el migrante ande por territorio mexicano sin correr el riesgo de empantanarse, perderse, hundirse para siempre.

No obstante, la esperanza guarda el desencanto en su anverso. Balam Rodrigo da cuenta, hacia el final del poema, aunque quizá, sí, con un dejo de aliento y optimismo, de que los tiempos todos han cambiado. Unos de sus últimos versos, quizá después de todo los más tristes del poema, sugieren amargamente que el éxito de la operación crítica de Las Casas acaso descansó en que la Brevísima fue capaz de confrontar al rey cara a cara con Dios, cuando por la letra se podía honrar su nombre. Balam Rodrigo deja en el aire la pregunta: ¿ahora qué nos queda? (“Sobre los cadáveres / las señales del fin del mundo, / los signos del abandono de Dios”) y su lamento nos recuerda que el fin del mundo ha llegado: un mundo de refugiados desplazados, migrantes asesinados y personas desaparecidas que parece convivir muy bien con retahílas de autoridades indolentes, públicos apáticos, intelectuales encumbrados y condescendientes. Faltaría, pues, hacer algo para que este grito arribara a las justas manos. Antes de que los migrantes, como en las fotografías del libro, se sigan afantasmando sin que la literatura tenga por hacer más nada. Algo, lo que sea, algo, que detenga el engrose, indemne y acelerado, de las filas y listas cuyo eco se escucha triste y pálido en el Libro centroamericano de los muertos. ~


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