Recuerdos inventados | Letras Libres
artículo no publicado

Recuerdos inventados

Elizabeth Hardwick (Lexington, 1916-Manhattan, 2007), licenciada en la Universidad de Kentucky, había llegado a Nueva York para estudiar un doctorado en Columbia, que abandonó en 1944 para ser escritora. Su primer relato se publicó ese mismo año en The New Mexico Quarterly Review y un par más se publicaron en Harper’s. En 1945 apareció su primera novela, The ghostly lover, que recibió la atención suficiente para que empezara a escribir en la Partisan Review. Allí conoció a Mary McCarthy. Además de una segunda novela, The simple truth (1955), Hardwick escribía ensayos y crítica literaria, que se han reunido en diferentes colecciones, como Seduction and betrayal (1974), “una temprana consideración feminista de la historia literaria, un apasionado y conflictivo y emocionante recorrido por la mente de un crítico que parece saber absolutamente todo”, según ha escrito Lauren Groff, o The collected essays of Elizabeth Hardwick (2017), ambos publicados por la editorial de la New York Review of Books, entre cuyos fundadores estaba Hardwick. Su tercera novela, Noches insomnes, se publicó en 1979 (Duomo la tradujo en 2009 y ahora la ha recuperado Navona), y en cierto modo tomó a todo el mundo desprevenido: nadie estaba listo para una novela tan rara y delicada por parte de quien llevaba años dedicada al ensayo y a los cuentos. Es una novela autobiográfica y es una novela sin trama. Es una novela que no termina de serlo y que a veces parece unas memorias desordenadas. Porque en realidad es un libro que se salta todas las convenciones y que no termina de encajar en ninguna etiqueta.

La vida de Elizabeth Hardwick, la materia prima de Noches insomnes, da para varias novelas. Una podría ir sobre la chica de provincia, del sur, que llega a comerse el mundo a la ciudad de las ciudades. Se hace un hueco entre la intelectualidad más cosmopolita y, tras pasar por la Partisan Review, acaba fundando la revista más prestigiosa del país. Está la parte en que se enamora y enamora al poeta estadounidense más influyente de la posguerra, Robert Lowell. Este capítulo tiene material para un melodrama maravilloso –un poco como Los puentes de Madison–: después de infidelidades y bajadas a los infiernos, Lowell era alcohólico y tenía problemas de salud mental, Hardwick decide divorciarse: él se ha enamorado de otra mujer, Lady Caroline Blackwood, también escritora. Lowell no ahorró ningún detalle del proceso en su libro de poemas El delfín (hasta usa cartas completas de ella). Antes de casarse con Hardwick, Lowell se había casado con Jean Stafford. “Robert Lowell nunca se casa con una mala escritora”, dijo Hardwick. El matrimonio Lowell-Blackwood fracasa. Hardwick lo perdona. Él sube a un taxi que habrá de reunirlos. Y, maldito guionista, el poeta muere de un infarto sin salir del coche. Pero hay más material literario en la vida de Hardwick, perteneciente a una numerosísima familia protestante. La parte que transcurre en Europa, Holanda e Italia, en la década de los cincuenta, siguiendo a los recién casados que se instalan un año en Ámsterdam. Está también la novela sobre una mujer escritora con una hija. La de la mujer que ha rebasado ya la barrera de los sesenta y se enfrenta a la soledad. También la novela sobre los clubes de jazz en la Nueva York de los cincuenta. O la novela de los últimos años de Billie Holiday contados desde el punto de vista de una vecina.

Noches insomnes está dividido en diez capítulos. Y por ellos van apareciendo personajes, desde un examante a un amigo gay con el que compartía piso cuando era estudiante y con el que conformaba un mariage blanc, escribe Hardwick: “La nuestra era una amistad violenta, y éramos tan obsesivos, críticos, celosos y crueles como una pareja cualquiera.” Con ese amigo comparte una habitación en el Hotel Schuyler, donde se aloja con su madre Billie Holiday. Hardwick alterna la historia de esa amistad destructiva con los clubes de jazz y el relato de la decadencia de Holiday en un mismo capítulo para componer algo parecido a una pieza de jazz pero por escrito. Aparecen también señoras de la limpieza, comunistas sureños o sus padres. A su madre le dedica unas líneas memorables: “Mi cariñosa e infatigable madre tuvo nueve hijos. Esta aciaga fertilidad la mantuvo durante casi toda su vida bajo el yugo de la naturaleza.” Y un poco más adelante escribe: “pasados los setenta, seguía limitándose a encogerse de hombros y a poner cara de estupefacción cada vez que el tema de sus embarazos salía a relucir. A veces decía: no me hicieron desgraciada, si es eso lo que quieres saber”. Elizabeth Hardwick solo tuvo una hija, Harriet, a quien dedica el libro, junto a Mary McCarthy, que podría ser quien se oculta detrás de M., destinataria de las cartas que aparecen en él.

Da la sensación de que Noches insomnes está escrito para fijar algunos recuerdos tras los cuales Hardwick se esconde: no quiere ser la protagonista, y apenas habla de sí misma. Su discreción en lo relativo a Robert Lowell, por ejemplo, es impecable: su nombre ni siquiera aparece. Lo llama él, cuando habla de su año en Holanda. Y se refiere también a su ausencia: “Ahora estoy en Nueva York, sola, ya no hay un nosotros.” Elizabeth Hardwick publicó Noches insomnes dos años después de la muerte de Lowell. Tal vez la naturaleza resbaladiza del libro, que va de la novela a las memorias, tenga que ver con eso: con el respeto. El propósito del libro aparece enunciado en la primera línea: “Junio. Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy. Cada mañana, el reloj azul y la colcha de ganchillo con sus cuadrados y sus rombos rosas, azules y grises. Cuán delicado: la obra de una anciana derrotada en un asilo miserable. La delicadeza y la miseria y la pena librando una batalla apática, eso es lo que veo. Más bella es la mesa con el teléfono, los libros y las revistas, el Times en la puerta y los camiones en la calle con su trino ronco y chirriante.” Noches insomnes admite muchas lecturas, en muchas direcciones y con diferente orden. Es un libro que lo contiene casi todo y que se presta a que nos acompañe para siempre. Tiene algo de despedida, a pesar de que Hardwick lo sobrevivió casi treinta años y publicó un libro fundamental en el año 2000: la biografía de Herman Melville. Ese tono de fin de fiesta se debe en realidad a lo que tiene de libro de duelo y de entrada en una vejez calmada. Y es una delicia acompañar a Hardwick en esa transición. ~