Rancio y más | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Martín Elfman

Rancio y más

En español no son escasas las palabras con significados contrarios. Una de las más evidentes es 'rancio', que admite tanto un sentido positivo, respecto al abolengo, como uno negativo, si se refiere al mal olor.

Manuel Alcalá fue Secretario Perpetuo de la Academia Mexicana de la Lengua, cuyas sesiones animaba con erudición, buen humor, elegancia y una asombrosa capacidad de pronunciar correctamente (y con buena voz) media docena de idiomas (fue profesor de fonética francesa). También hacía investigaciones curiosas que nunca publicó, por ejemplo: sobre palabras con significados contrarios.

Su mejor ejemplo era rancio, palabra que ennoblece (rancio abolengo) o degrada (huele a rancio). Viene del latín rancidus, podrido, que dio también rencor: la rabia rancia del resentimiento. Según Corominas (Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico), rencor está documentada en español desde 1335, rancio desde 1490; aunque en latín rancor aparece después que rancidus, según Ernout y Meillet (Dictionnaire étymologique de la langue latine: histoire des mots); y, originalmente, no significaba rencor, sino olor a podrido.

Pero en latín no hubo la connotación positiva que apareció en español (rancio abolengo) y en catalán (ranci llinatge). Tampoco existe en italiano (rancido), francés (rance), gallego y portugués (rançoso). En estos idiomas, rancio abolengo se traduce como antico lignaggio, ancienne lignée, liñaxe antiga, linhagem antiga. En español también se dice antiguo abolengo, pero rancio es enfático y se usa más. Hay diez veces más páginas de Google para rancio abolengo que para antiguo abolengo.

En inglés, hay una ambivalencia análoga de la palabra rank (emparentada con rancid). Ennoblece en high rank, pero degrada en rank smell. Según The Oxford English dictionary (OED), la frase rank smell (olor a rancio) está documentada desde 1529, high rank (alto rango) desde 1596.

Quién sabe cómo apareció el uso positivo. Quizá por los vinos añejos. Le grand Robert de la langue française de Alain Rey registra rancio (en francés, pronunciando: ranció) desde fines del siglo XVII como nombre de un vino que al envejecer se vuelve dulce y dorado. Ilustra el uso de la palabra con una cita de Stendhal: “Excellent vin vieux nommé rancio.” La Wikipedia en francés (“Rancio”) lo describe como un vino de las costas catalanas maderizado por años en barricas de roble que le dan aromas de frutas secas. (¿Dónde se podrá comprar una botella?)

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) registró en 1899 la connotación positiva de rancio: “Dícese de los comestibles, vinos y otras cosas que con el tiempo experimentan cierta alteración que los mejora o echa a perder.” Pero en su Diccionario de autoridades (así llamado porque pone ejemplos de grandes autores) había dicho en 1737 que rancio es un adjetivo para “lo que muda de color, olor y sabor, adquiriendo una especie de corrupción, por haberse guardado o detenido mucho tiempo”. Y el ejemplo (tomado de Quevedo) no ennoblece, sino degrada: “La novia vino rancia, muy necia y poco moza; y, sobre su palabra, doncella como todas.”

Alcalá daba además un ejemplo francés: sacrer es consagrar, pero también blasfemar.

José Molina Ayala suma ejemplos de las lenguas clásicas: stasis en griego era lo estable, pero también la sublevación; altus en latín era alto, pero también profundo. De ahí altamar: el mar profundo.

Otros ejemplos: Famoso puede ser derogativo (“el famoso Fulano”), como lo fue famosus en latín. Protestar es manifestarse en contra o manifestar lealtad (“los reclutas rindieron protesta de lealtad a la bandera”, “declaro bajo protesta de decir verdad”). ¡Absolutamente! puede significar ¡Absolutamente sí! o ¡Absolutamente no! Sancionar es aprobar, pero también castigar. Friolera fue una cosita de nada y ahora es lo contrario: muchísimo dinero.

En general, lustre es positivo. Pero, buscando “traje lustroso” en Google, salen trajes con reflejos de tan usados. También anuncios comerciales de trajes nuevos de lana y seda lustrosos.

Civil es ahora positivo, pero fue negativo (lo noble era el campo, donde estaban los castillos; no la villa, donde estaban los villanos). El DRAE 2014 registra como acepción desusada de civil: “Ruin, mezquino.”

El caso de prestigio se parece al de rancio. En latín no tuvo significado positivo. Para Cicerón, según Raimundo de Miguel (Nuevo diccionario latino-español), praestigiae era engaño y praestigiator embaucador. Según Corominas, el uso positivo apareció en Francia en el siglo XVIII para prestige (que, según Le Robert era charmeenchantementprodige). Y, en el XIX, praestigiator dio prestidigitateur, que conserva el sentido de embaucador, pero lo vuelve profesional, no abusivo. El prestidigitador hace prodigios para divertir al público.

Hostal y hostil vienen de hostis en latín: lo contrario de civis, el conciudadano. Se aplican a los de otra parte, vistos como visitantes que recibe un hostal o como enemigos que preparan sus huestes en actitud hostil.

Collado es “1. Tierra que se levanta como un cerro, menos elevada que el monte. 2. Depresión suave por donde se puede pasar fácilmente de un lado a otro de una sierra” (DRAE 2014).

Anatema fue ofrenda que se eleva y se volvió maldición que cae. En el habla popular de México, te cae es la amenaza de que te caiga una maldición (si haces o no haces tal cosa). Viene del griego anatíthemi “poner encima”, tanto en el sentido de elevar algo como de echarlo encima, según José Manuel Pabón (Diccionario manual griego-español). Según Raimundo de Miguel, conservó estos significados en el latín clásico. Pero, según Johannes Baptist Bauer (Diccionario de teología bíblica), anáthema se usó en el griego de la Septuaginta para traducir el hebreo herem (excomunión). Este significado negativo prevaleció en el latín eclesiástico, y de ahí pasó al español y otras lenguas.

Guido Gómez de Silva (Breve diccionario etimológico de la lengua española) relaciona hereje (el que se separa) con diéresis (la separación). Pero no lo relaciona con herem (la excomunión). Tampoco lo hace Corominas. Quizá la palabra hereje (a diferencia del concepto) nada tiene que ver con herem, pero suena a que sí.

La inversión de valores es frecuente en el vocabulario del apodo, la burla y el insulto. “El Mudo” puede ser el apodo de un hombre taciturno, pero también de un parlanchín. Una bailarina escultural fue llamada “La Contrahecha”.

En el habla popular de México, madre tiene connotaciones positivas (a toda madre) y despectivas (vale madre).

En los viejos tiempos del PRI, ser balconeado era recibir la oportunidad de figurar al lado del presidente en un acto público: un espaldarazo. Pero se volvió lo contrario: ser exhibido públicamente para la ruina de su carrera.

En inglés, sycophant es ahora adulador servil, pero fue calumniador, según el OED. En español, sicofanta o sicofante (del latín sycophanta, de origen griego) es “impostor, calumniador”, según el DRAE 2014. En Grecia no existía el ministerio público. Cualquier ciudadano podía llevar a un tribunal a cualquier otro, acusándolo de casi cualquier delito, aunque no le afectara. Algunos hicieron de este derecho un negocio de extorsión y fueron llamados sycophantes, que es algo así como delator del higo, según The Oxford classical dictionary de Simon Hornblower y Antony Spawforth. Hay quienes relacionan la palabra griega con la exportación del higo, que estaba prohibida.

El latín clásico llamó gens al conjunto de familias del mismo origen y gentilis a los de la misma familia, según Ernout y Meillet. San Pablo fue llamado Apóstol de las Gentes o Apóstol de los Gentiles porque predicó a los judíos de la diáspora fuera de Palestina y, de paso, a los no judíos de las naciones donde vivían. Los llamó ethnos (Dictionary of Paul and his letters de Hawthorne y Martin). San Jerónimo tradujo sus epístolas del griego al latín, y para ethnos usó gens. Tardíamente, el latín medieval llamó gentilis a los de la misma (noble) familia. Y así resultó que gentiles son los no cristianos y las personas finas. En español, según Corominas, gentil como pagano está documentado desde la segunda mitad del siglo IX y gentil como noble desde 1200.

Nimio (del latín nimius) entró al español tardíamente (a fines del siglo XVII, según Corominas) con el mismo significado que en latín: demasiado, excesivo. El Diccionario de autoridades añade otro significado: “prolijo”, que implica exceso, pero de detalles; y da para nimiedad: “Exceso o demasía”; pero también: “En el estilo familiar se usa por poquedad o cortedad; y se debe corregir, pues significa esta voz todo lo contrario.”

En las ediciones de 1925 a 1947, el DRAE registró un significado adicional que luego suprimió: “tacaño, cicatero”, evidentemente relacionado con “poquedad o cortedad”. Y en la de 1950 añade, por primera vez, “insignificante”.

No está claro cómo empezó este último significado que hoy es el más común. Quizá como un cultismo mal interpretado en expresiones como detalles nimios, que se refiere a detalles excesivos, pero puede entenderse como detalles mínimos. También pudo haber sido por confusión con minio.

Minio (del latín minius) es el tetraóxido de plomo usado como pigmento rojo en los libros medievales, para destacar capitulares o pintar ilustraciones intercaladas en el texto (más que en página aparte). Miniar era enriquecer las páginas con estos primores, llamados miniaturas, no por su tamaño, sino por el minio. Pero se impuso (y no solo en español) la idea de miniatura como lo hecho en escala mínima.

Ignacio Gómez Gallegos (Algarabía 139) registra palabras con significados, no opuestos, sino recíprocos: Huésped es el atendido, pero también el anfitrión. Alquilararrendar y rentar son actos recíprocos del arrendatario y el arrendador. Confesar es escuchar confesiones o hacerlas. Oler es percibir un olor o despedirlo.

Así también oler a rancio. ~


Tags: