Ramón Xirau | Letras Libres
artículo no publicado

Ramón Xirau

Uno de los hijos más destacados (y queridos) del exilio español en México es sin duda Ramón Xirau, cuya obra ya es una parte intrínseca de nuestra cultura. En este ensayo, Castañón hace el retrato del  intelectual y sus facetas: el poeta, el filósofo, el ensayista literario, el maestro y el editor. El resultado es un cuadro rico en matices y armónico en su configuración.
La obra de Ramón Xirau se ha encauzado por cuatro vertientes: la del poeta que ha sabido crear un mirador visionario, la del escritor y filósofo autor de una obra propia, la del maestro formador de investigadores y profesores y, en fin, la del traductor y editor que supo hacer de la revista Diálogos (1964-1985) un rico faro donde, en cierto modo, se pueden reconocer algunas de las líneas maestras que ahondarían y ensancharían en lo editorial las revistas Plural y Vuelta de Octavio Paz.
     Como autor de una obra poética, Ramón Xirau ha sido fiel a la lengua catalana y en su Poesía completa (1950-1994) aparece un fino dibujante que nos recuerda que el Mediterráneo ha sido cuna de una civilización y de una cierta mirada, armónica y contemplativa, incisiva y serena. En la segunda vertiente se inscribe la vasta obra crítica del autor: El sentido de la presencia (1955), Tres poetas de la soledad: Gorostiza, Villaurrutia y Paz (1955), El péndulo y la espiral (1959), Ciudades (1969), Octavio Paz, el sentido de la palabra (1970), Entre ídolos y dioses (1980), Epígrafes y comentarios (1985), Poesía y conocimiento, Dos poetas y lo sagrado (1993) y Memorial de Mascarones (1995), para no hablar de su Introducción a la historia de la filosofía (1964), que ha servido de libro de texto a miles de universitarios dentro y fuera de México y resume, en formato enciclopédico, las cartas credenciales del benemérito lector, profesor de filosofía.
     Cuando Ramón Xirau inicia su exposición didáctica, la imagen de su persona se va borrando para crear con los ojos de su voz —ojos de búho ateniense que sabe ver en lo más hondo de la noche— una atmósfera donde parece darse un diálogo a tres voces entre el texto expuesto —digamos uno de los últimos diálogos platónicos, por ejemplo el Parménides—, el expositor didáctico (un hombre que parece haber leído y releído más de una biblioteca sin haber empañado la mirada del corazón) y los alumnos y oyentes —un puñado de inteligencias ávidas y heterogéneas. Ramón Xirau sabe encarnar las tres voces de ese reparto —sentir como un médico de sensitivo tacto sus suturas y pálpitos. Con un cambio de velocidad en la voz y en la mirada, sabe pasar de un punto de vista a otro. Es veloz y tajante, pero claro y firme. Se diría que no sólo sabe conversar con los textos: siente el silencio de los márgenes tanto como los diversos grados de atención y vigilancia de su interlocutor. Llama la atención la familiaridad inusitada que el poeta-filósofo tiene con los textos: parece acariciarlos, llevarlos de la mano. No tiene prisa pero conduce sin pausa al vértigo de la claridad. Curiosamente, se diría que está familiarizado con las dudas de alumnos y oyentes y no deja de atenderlas con alerta diligencia. El maestro tiene la virtud de saber escuchar sin perder nunca el texto —tenso, intenso, exacto— de su propia voz. Todo esto, desde luego, suscita seguridad. Y es que Xirau practica una mayéutica silenciosa, se adelanta a las preguntas y, al adentrarse en ellas, las disipa o aun las exalta hasta elevarlas a una condición problemática superior. Desde luego, los discípulos se adentran en el bosque sin el temor o la impaciencia iniciales, pero incluso los textos mismos —digamos las Categorías de Aristóteles— parecen reanimarse ante su vivaz mirada, recobrar actualidad, presencia y sentido, concepto clave en el quehacer crítico de Ramón Xirau. De ahí que para muchos alumnos y oyentes sus clases hayan dejado de ser trámite escolar para pasar a ser verdaderas pruebas.
     En sus propios textos este hombre-puente —como alguna vez lo llamó Octavio Paz— despliega estas virtudes que son fortalezas en el sentido renacentista, ya se ocupe de la filosofía de la historia (como en El péndulo y la espiral) o de teoría política (como en su ensayo sobre Maquiavelo incluido en Ciudades) o bien de definir las modalidades sui géneris del conocimiento poético (como con César Vallejo, Jorge Luis Borges o Juan Ramón Jiménez) o del pensamiento religioso o la experiencia mística (como en los ensayos sobre Eckhart y la mística renana): capacidad de reconstrucción y de restitución, poder alternativo de análisis y de síntesis, vigor y plasticidad, facultad de inteligencia evocativa (como en el ensayo sobre José Bergamín incluido en Memorial de Mascarones y otros ensayos) y, en fin, aptitud para exponer un sistema filosófico como en Entre ídolos y dioses. Tres ensayos sobre Hegel.
     La raíz inteligente de Ramón Xirau parece hundirse en un espacio donde la poesía, la religión y la filosofía se cruzan y desdoblan a un tiempo preguntándose por su ser y por su historia. Un espacio riesgoso a la vez que estricto e ilimitado,  donde la luz nacida de la experiencia moral e intelectual, estética y religiosa resulta tanto más necesaria cuanto mayor es la aspereza o elusividad de los temas tratados —véanse sus penetrantes Epígrafes sobre diversos asuntos profanos y otros temas tan seculares como esenciales. Ramón Xirau discurre, reflexiona con rigor intelectual y pasión viva sobre la condición del ser humano en nuestra edad crítica y en crisis. Si se mueve en un espacio de confluencia manifiestamente anterior a la fragmentación de los saberes y artes, si su horizonte es el de una actitud intelectual o una sabiduría capaz de superar los conocimientos partidos o partidarios, quizá ello se deba a esa integridad vivaz que lo lleva a reflexionar, a estirar el cuello, a proyectar reojos intermitentes y sistemáticos para así poner a prueba las ideas a contraluz del arte, la historia contra la ética y la filosofía de cara a la poesía.
     II
     Hijo del filósofo Joaquín Xirau (1895-1946), Ramón Xirau nació en 1924 en Barcelona y llegó a México en 1939. Muy pronto destacó por su inteligencia, su sencillez, su laboriosa generosidad y una sorprendente erudición. Su amplia formación filosófica no lo ha distraído de la creación de una original y apreciable obra poética escrita en catalán; entre estas dos vertientes de su vocación intelectual se inscribe la perspectiva del crítico literario y la del lector de poetas y poemas. Alimentada por la filosofía y la poesía, la obra ensayística de Xirau es amplia y variada; se centra en la interrogación de la experiencia y la construcción poética, y sienta sus reales en una cuidadosa indagación de las ideas y mitos que alimentan la poesía. La vasta y compleja obra de Ramón Xirau acaso ha soslayado la unidad y aun la arquitectura que informa una empresa crítica y ensayística como la suya en la que, a lo largo de los años y de los libros, el autor ha ido adelantando elementos de una historia de la poesía iberoamericana.
     Desde luego, la lectura practicada por Ramón Xirau debe no poco a la tensión crítica y a la mirada reflexiva del filósofo, pero desde luego no se agota ni con mucho en ellas. El pensamiento de Xirau anda en pos del pensamiento del poeta tanto como de la idea que piensa al poeta. Esta búsqueda parte de un atento escuchar, de un seguir de muy cerca el pulso del poema. La auscultación se resuelve no pocas veces —como en sus ensayos sobre Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Jorge Luis Borges u Octavio Paz— en una verdadera arqueología del idioma poético en cuestión. Al leer y releer, Ramón Xirau interpreta (construye) y reconstruye el idioma poético interrogado. Lo hace con tal limpieza e intimidad contemplativa que en muchas ocasiones se tiene la sensación no de estar leyendo simplemente un ensayo —digamos sobre la poesía de José Lezama Lima— sino de seguir una visión alzada desde dentro de la obra. Este arte de la lectura parece darse como un arte de la coincidencia, que hace pensar en el crítico Xirau como una suerte de sensible afinador que va probando con su diapasón conceptual la exactitud tanto de la nota escuchada como de la nota interpretada. No se trata, de ningún modo, de una crítica impresionista ni de talante estrictamente psicológico. Parecería más próxima a una estilística de segundo grado donde lo que se intenta examinar es la actitud profunda, el estilo de pensamiento de los poemas y poetas examinados. No sorprende así que esta arqueología, como la hemos llamado, sea capaz de suscitar cada vez perdurables iluminaciones: ya se trate de la poesía de Alí Chumacero o de la de Jorge Guillén, de los poetas concretos brasileños o de la empresa poética de Octavio Paz. La escritura crítica de Ramón Xirau tiene la virtud de ir configurando en su pauta una historia originaria del decir poético iberoamericano —una historia escrita desde ese espacio donde se origina el poema. Tal historicidad acarrea y supone, desde luego, una memoria que participa de la creación y que no sabría ignorar el mito ni tampoco, por supuesto, la individualidad existente y concreta de cada idioma lírico.
     De ahí quizá la tensión intelectual, la vivacidad que distingue sus ensayos y los sitúa en el doble plano de la historiografía literaria y de la historia mítica de las formas poéticas y de los hechos líricos. Dialogan a lo largo de sus ensayos el saber de las ideas y el saber de las formas poéticas. Pero si pueden dialogar es porque están encarnados y han cobrado previamente realidad: primero en el poema, luego en el crítico y al fin en esa lectura que comparte el lector y de la que nunca está ausente el sentido —acechado, desvelado, cernido, buscado y vuelto a deslindar. El hilo del sentido guía a Ramón Xirau en sus precisas expediciones a las diversas terrazas de Babel. Ese invisible hilo de oro desemboca y alimenta la contemplación estética, pero está hecho de materia consciente y de sustancia ética. Desde el museo o desde el laberinto de las formas poéticas, el lector Xirau nunca pierde de vista al lector que lo acompaña detrás del hombro; tampoco al autor ni a su sombra. Esta aguda conciencia del otro y de su proximidad hace de los ensayos de Ramón Xirau mensajes reales sobre presencias reales.
     III
     La lección crítica de Ramón Xirau asciende y desciende por una espiral que va de la experiencia contemplativa y del poema al ejercicio del conocimiento, del saber nacido del poema a la contemplación surgida del contraste y del juego del saber, de las experiencias a los saberes. Poeta y filósofo, poeta-filósofo, Ramón Xirau parece haber encontrado en el ensayo literario, en el ejercicio de interrogación crítica del acto poético, el espacio idóneo para celebrar el diálogo —palabra clave en él— entre los saberes del alma y el espíritu. Pensamiento y poesía aparecen entonces como dos caras de una misma moneda viva que acuña y cifra la historia invisible de la cultura, en cuyo firmamento se despliegan las constelaciones que llamamos obras. Esta transmutación de las dos memorias —la crítica y la lírica, la reflexiva y la mítica— en una historia, es decir en una conciencia en movimiento, se da en Ramón Xirau a través del ensayo y la crítica literarias. Hombre de vasta y compleja cultura filosófica, al leer el poema y al poeta Ramón Xirau realiza una doble operación: de un lado inscribe el hecho poético en el museo imaginario de la tradición conceptual de que surge y a la que alude; del otro, a partir de la lectura minuciosa e inteligente, ilustrada con ejemplos, ensaya reconstruir la odisea interior, la biografía espiritual de la cual la obra poética es síntoma y sello. Este doble movimiento (que va entreverando la experiencia irreductible del sujeto lírico con la conciencia del lugar que ocupa la voz del poeta en el coro de la cultura) le permite a Ramón Xirau ir devolviendo el sentido a esos poemas que son pensamientos, y a esos argumentos que se mueven al compás de una razón tanto más luminosa cuanto mejor va reuniendo en el discurso el logos disperso en la entraña del poema. De Ramón Xirau ha dicho Octavio Paz que es un "hombre puente". Habría que añadir que la imagen del puente humanizado no es un accidente del elogio sino, por así decir, la descripción de un método, el enunciado de una actitud o de una forma de ser de la inteligencia crítica y poética. Si cabe considerar el puente como una figura activa en el método crítico de Ramón Xirau, habría que añadir que esa escala va y viene con movimiento de péndulo —otra figura cara al dialéctico ensayista— entre lo contingente y lo inmanente, entre el orden de lo secular desacralizado y el reino de lo sagrado, entre la periferia de las experiencias escritas por poetas y el centro intangible pero incandescente de la experiencia crítica que asocia poema y conocimiento, entre el horizonte allanado y nivelado del ubicuo nihilismo contemporáneo y el firmamento del tiempo interior, de la historia existente y vivida en la conciencia de la muerte.
     Al igual que la escala de Jacob, la de Ramón Xirau es una escala prudente: abre camino a las diversas variedades de lo sagrado encarnadas en el cuerpo tan pronto feliz y luminoso (como en Jorge Guillén), tan pronto oscuro y dolorido (como en César Vallejo), tan pronto taciturno (como en Xavier Villaurrutia o Alí Chumacero), tan pronto cargado de sentido (como en Alfonso Reyes y Octavio Paz). Y si la lectura crítica del poema lleva a la restitución de la íntima y verdadera vida del poeta, ¿no cabría pensar que la suma de estas vidas, la cadena de sus tiempos y sus vidas configura una intrahistoria cultural, una teoría capaz de alzar el saber del alma —para citar a María Zambrano— a la luz de un conocimiento donde la dimensión estética deja transparentar su raigambre ética? Los textos críticos de Ramón Xirau permiten exponer el rostro de esa intensa presencia intelectual que ha sabido restituir su transparencia, su sentido particular y general a las diversas "máscaras líricas" que jalonan las etapas de la vida hecha cultura en el orbe hispanoamericano e iberoamericano. Aunque era cosa sabida y previsible, descubrimos hasta qué punto en la obra crítica y filosófica de Ramón Xirau opera un sistema de vasos comunicantes, un proceso intensivo de acción y reacción entre la lección filosófica y la poética, una acción intensiva e incesante de religación orientada por una escrupulosa, respetuosa conciencia de la unidad y diversidad del hecho religioso, mítico y poético. Si el centro de las inquietudes críticas de Ramón Xirau gira en torno a lo sagrado, al hecho religioso, a las puertas y abismos de la mística, también hay que decir que es precisamente la búsqueda o la nostalgia de centro uno de los motivos, en el sentido musical de la palabra, del concierto crítico de Ramón Xirau: uno de los críticos más finos y consistentes en el panorama del ensayo contemporáneo hispanoamericano y uno de esos lectores excepcionales gracias a los cuales se hace transparente y prístina la máscara del poema. -