Por la palabra pública | Letras Libres
artículo no publicado

Por la palabra pública

Cynthia Ozick

Críticos, monstruos, fanáticos y otros ensayos literarios

Traducción de Ariel Dilon

Buenos Aires, Mardulce, 2020, 285 pp.

En su segundo libro de ensayos traducido al español, la comunidad literaria que enaltece Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) tiene fecha de nacimiento, años de esplendor y civilidad, y una más que probable acta de defunción. Tiene, para más señas, un Ayuntamiento –iglesia o sinagoga laica– donde se inscriben los retoños de la briosa cultura de mediados de siglo y se desbrozan los reflujos literarios formados bajo ingenuas ansiedades coyunturales. Allí, en el Centro de Poesía de la calle 92y de Manhattan, se consagran Auden y Eliot; Burroughs, Ginsberg y Kerouac, por su lado, son inmisericordemente defenestrados. La flamante ciudad mundial era en su arrogancia capaz de acoger y desterrar literaturas, igual que exhibir su canon literario y entenderlo estadounidense. Fundado en 1939, el Centro de Poesía prolongó la estela que Virginia Woolf ya observó en 1910, cuando el carácter humano mutó y la modernidad convocó “esa clase de conciencia abierta que identifica e interroga sus propios movimientos y excavaciones”. Al otro extremo del arco, también hospedó el canto de cisne de aquel mundo por desaparecer: el memorable diálogo de 2007 entre la escritora protestante Marilynne Robinson y el hebraísta Robert Alter, reunidos para cotejar la traducción de Alter de los salmos y aventurando si alguna vez sería posible eludir el libro rector de la educación secular y religiosa estadounidense: la versión King James de la Biblia.

Al igual que toda ciudad letrada, la de Ozick tiene fervores caprichosos y omisiones dolosas, más algo de nostalgia e idealización. Si Woolf y Edmund Wilson refinan el ascensionismo de los emigrantes o sus hijos enseñándoles un protocolo de laicismo y erudición, el fantasma de Henry James –según Ozick el mandamás literario de Nueva York y cuya grafomanía imanta a críticos y epígonos que danzan alrededor– deviene una figura casi asfixiante, a la que parecen condicionarse sin remedio las demás escrituras. Aun así, y pese a ser una geografía abreviada, la historia de la vida literaria del siglo XX neoyorquino que describe la ensayista es un pulido modelo a escala de la historia cultural contemporánea, en que la calle y las instituciones civiles se ponen sobre sus espaldas la tarea de reafirmar ciudadanía dispersando señales sensibles y complejas, formas de antagonismo con eje en la razón, la conciencia de colectividad y la educación estética. Aunque la mayoría de estas intervenciones ocurren en Nueva York, los ensayos aquí reunidos, que mucho se habrían beneficiado de una traducción más cuidada, juntan perfiles y momentos perentorios no solo de la ciudad, sino de Nueva Inglaterra, ese posible país al norte y la geografía mejor dotada para irradiar señales literarias meritorias hacia el resto de Estados Unidos. No exentos de exabruptos antisemitas y descalabros chauvinistas, los diálogos y colisiones entre puritanos y descendientes de sabios talmúdicos, desde la nueva Babel hasta la rancia Boston, llevan a Ozick a entender el problema de la identidad como un sucedáneo académico de la fe, y a la fe, cualquiera que sea, como el relato por excelencia de la singularidad norteamericana.

Por ello, la primera parte de su libro se dedica a rememorar a un puñado de intelectuales judíos, novelistas, académicos y críticos en revistas culturales. Formados en instituciones mayoritariamente públicas y radicalizados no en menor medida a causa de los recelos epocales sobre su supuesta ambición desmedida, estos letrados fraguaron un tejido crítico que leyó con especial virtud a incontables escritores, entre ellos James y Hawthorne, e hicieron del comentario literario la médula espinal de la ciudad letrada poscuáquera, esa densidad de cafés, universidades, lecturas públicas y polémicas feroces. Ozick ve en los catedráticos un componente central de las prácticas democratizantes: Lionel Trilling uno de ellos, el profesor universitario y astuto ensayista quien no por practicar el close reading se abstuvo de intervenciones más abarcadoras, incluyéndose proyectos de novelas para las que se exigía tener la misma ingenuidad de la que el crítico no puede prescindir. A su lado, Bernard Malamud y Philip Roth, gestionando el mote de “escritores judíos”, a sus ojos insuficiente, subrepticiamente prejuicioso, aislante de su condición de ciudadanos estadounidenses. Más arriba, a la altura del mismo James, Saul Bellow, capaz de demostrar que las palabras novelista e intelectual son redundantes. Bellow es el más lúcido puente entre la propensión académica al encierro y la autosatisfacción, y la intervención erudita en calidad de la más virtuosa de las formas deliberativas. “Después de todo, ¿no había recusado como una ‘categoría repugnante’ la frase ‘escritores judeo-norteamericanos’? Y qué era ese rechazo si no un repudio de esa tendencia vulgarizadora a pasar por alto el arte para ensalzar al artista como una especie de emisario étnico.” Sin prescindir de la conciencia de origen y una reserva mínima de justicia histórica, Ozick relata cómo el novelista de Chicago pulverizó a Faulkner cuando este lo invitó a firmar una carta abierta a favor de la liberación del fascista Ezra Pound, a la sazón recluido –privilegiadamente– en un loquero.

Después de 2007, ya muerta la universidad como prolongación orgánica del espacio público, Ozick no cede a la tentación de rendirse a melancolía reaccionaria alguna. Comenta una polémica entre Ben Marcus y Jonathan Franzen, observa entusiasmada las obras de Adam Kirsch, James Wood o Helen Vendler. Pero ni ningún pájaro hace verano ni una docena de nombres crean infraestructura crítica. Ante la abundancia de novelas, lo que falta “es una institución poderosamente persuasiva, y penetrante, sobre cómo se conectan, qué es lo que presagian en tanto conjunto, cómo abarcan y colorean una era”. Los teóricos académicos, de ideologías limitantes, prodigadas en una suerte de jerigonza multisilábica, apenas merecen un paréntesis, un solo paréntesis que les dedica en un formidable ensayo que se duele por el desánimo y la agonía de la crítica literaria, a la que le correspondería sostenerse, igual que la ficción, por derecho propio, sin necesidad de ser el brazo mecánico del encumbramiento de la novela. No lo consigue, desde luego, o no al menos ahora, confinada a las universidades y a la relativamente escasa difusión de los suplementos culturales que marcaban el pulso de la razón y la erudición en calidad de sinónimos del derecho a la ciudad.

Poco se dice de Ozick cuando se la arrincona al costado del pensamiento conservador. A sus 93 lucidísimos años busca nada menos que disputar el consenso sobre el lugar actual de la crítica, a la que ve como el equivalente de la circulación de ideas que asocian obras, comparan épocas y especulan de política desde la literatura. La peor privatización es la del lenguaje, parecería pensar, y contra ello arremete al convocar a sus maestros muertos y a los pocos que la siguen en ese pulso, finalmente la más acabada defensa de la palabra pública. ~