Poema | Letras Libres
artículo no publicado

Poema

algo nos hace falta,

un sello que no tenemos, un par de monedas,

algún billete de baja denominación. La gente,

que no nos conoce, nos ve de reojo, algo intuyen,

o acaso es que se nota demasiado.

Siempre que se lee con atención hay un epílogo,

una tarde que resucita a los muertos,

un momento de fragilidad al pie de una alta montaña.

No sabemos qué hacer, a quién hablar.

Buscamos y rebuscamos sin saber exactamente qué.

Estamos en medio de un río, pero no se mueve,

cruzamos un desierto, pero hemos perdido la caravana,

el pueblo elegido pasó hace tiempo y, ahora, que intentamos

el paso, las aguas comienzan a juntarse.

Todo lo teníamos planeado, todo estaba bajo control:

el brillo de los ojos, el tono de la voz, la actitud corporal.

El sol brillaba y el viento, por la ventanilla del taxi, nos acariciaba la cara.

No había duda, los cormoranes secaban sus plumas

y los ángeles nos acompañaban en silencio.

Atrás todo estaba por resolverse; sin embargo,

las piezas iban embonando y nosotros nos hacíamos cargo,

el rompecabezas –con sus flores y su cielo azul–

iba adquiriendo forma sobre la mesa;

nadie lo tocaba, nadie –que no fuéramos nosotros–

se atrevía a mover una pieza.

Pero de pronto algo no combina, algo minúsculo pierde su ritmo,

quizá sea la blusa, el comentario o la mirada del taxista,

una pieza que se nos ha caído,

la inquietud de que algo se nos ha olvidado,

la incertidumbre

de que quizás, en el asiento de a lado, o detrás de nosotros,

no haya ningún ángel. El viento ya no entra por la ventana,

la fila es enorme y no avanza, todo se detiene

menos el tiempo,

el tiempo con sus bisagras, con sus inversiones a plazos,

con su mesa de dinero, con el sentimiento de culpa

que ha empezado a mover su abanico; pero el viento

ya no entra por la ventana, ya no estamos en el interior del taxi,

no hacemos fila para comprar un café.

Estás sola, al pie de una alta montaña, viendo cómo la tarde resucita a los muertos,

sintiendo en tu cuerpo el dolor de que alguien, tal vez la empleada doméstica,

ha guardado el rompecabezas y limpiado la mesa.

La gente –que tú no conoces– te mira de reojo

como intuyendo algo. Buscas en tu bolso, pero no sabes qué.

Los ángeles se han ido, los cormoranes no aparecen

y tienes que hacerte a un lado porque tu turno ha pasado

y la gente –que tú no conoces– sigue llegando,

siempre tan segura, tan dueña de sí. ~