Perra suerte | Letras Libres
artículo no publicado

Perra suerte

El 17 de enero, después de que el presidente de la República propusiera rifar el avión presidencial a través de la Lotería Nacional, Letras Libres lanzó una convocatoria para explorar el potencial literario de tal idea. Recibimos alrededor de mil setecientos cuentos provenientes de México, España, Argentina, El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Alemania, Colombia, Chile, Cuba y Uruguay. Escritores profesionales y no profesionales, cuyas edades oscilaban entre los cuatro y los setenta años, abrazaron la iniciativa con entusiasmo. En su mayoría, los relatos imaginaban la posibilidad de que el premio presidencial pudiera ser lo mismo un golpe de la fortuna que uno de la mala suerte. Agradecemos la respuesta a un concurso que demostró, una vez más, que la realidad puede superar a la ficción. A continuación, presentamos el cuento ganador a juicio de los editores de Letras Libres. ~

Ganador del concurso de cuento “De ficción a ficción”

1

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Minutos antes, atravesó por un sueño denso y caliente que le hizo babear más de lo acostumbrado. Pero ahora, con el televisor encendido, miraba con euforia que el número ganador era el suyo.

De inmediato fue por el boleto y, con muchísimo cuidado, lo cogió con el hocico y lo llevó a donde estaba Humano Macho para mostrárselo. Lo hizo con algarabía y emoción, ora echando un ladrido por aquí y allá, ora moviendo la cola sin empacho.

En el camino se encontró con Humana Hembra, quien le arrebató el boleto sin mirarlo. Lo reprendió de un zapatazo y le colocó el collar de paseo.

–Ya te dije que no comas basura –dijo.

–¡Heeey! –respondió el perro–. Mira el boleto, ya nos ganamos el avión.

Pero Humana Hembra solo escuchó un par de ladridos, por lo que repitió la dosis de castigo y llevó al can a dar un paseo por la cuadra.

–¡Heeeey! Al menos míralo –reclamó de nueva cuenta.

–¿Qué te sucede? ¿Por qué andas tan inquieto? –increpaba Humana Hembra de cuando en cuando. El perro, en franca aflicción, solo atinaba a ladrar y arrastrarla de regreso a casa con la esperanza de ponerla frente al televisor y darle el boleto en la mano.

2

El animal nunca se perdía las conferencias mañaneras del presidente. Estaba cautivado por aquel hombre desde la primera vez que lo vio. En ese entonces era un cachorro y el hoy presidente alegaba un fraude electoral. Durante varias semanas los seguidores del candidato cerraron la avenida donde el perro acostumbraba defecar a diario. A partir de ahí, acompañó el plantón y de paso rellenó su panza con las sobras de los manifestantes.

Ahora, con la muerte rondándole el rabo, aprovechaba todas las mañanas para encender el televisor con sus toscas patas y echarse en el sofá a ver el numerito.

A Humana Hembra y Humano Macho el asunto les provocaba hilaridad. Pero hasta ahí, pues también sentían chocante que su mascota fuese un seguidor a ultranza. Si de pronto en la mañanera había aplausos, el animal aullaba; si había cuestionamientos, ladraba, y si, por alguna razón, se abría el debate acerca de los otros datos, el can babeaba frente al televisor.

En más de una ocasión Humano Macho y Humana Hembra se sintieron abochornados por el comportamiento del animal. De hecho fue él el único en aquel fraccionamiento de autos lujosos y perritos encerrados en celebrar la victoria del presidente el día de las elecciones. Él, un perro anciano de raza indefinida y recogido de la calle, no paró de ladrar toda la noche, en francachela.

3

Meses antes, se anunció que el ganador del avión debería tener un boleto de lotería adquirido a partir del primer domingo de marzo, y que el 15 de septiembre el presidente sacaría con su santa mano los números de una tómbola. Si el ganador tenía toda la serie, sería el dueño único; si solo tenía un cachito, se vería forzado a compartir la aeronave. Quizá una semana para cada dueño. Un día estacionado en un garaje, otro día en otro, habría dicho el presidente, entre vítores y aplausos.

Al escuchar eso, el perro lo planeó todo. Aquel domingo, hurtó un boleto de lotería. Extrajo el cachito de un puesto de periódico mientras Humana Hembra compraba revistas del corazón. Lo trajo en el hocico cuidando de no deshacerlo con la baba y luego lo ocultó en una esquina especial, junto a un pedacillo de madera, un cacho de peluche y un viejo hueso de pavo. Después se dedicó a vigilar el pedazo de papel con recelo y paciencia.

4

Y ahora, pensaba el perro, era urgente regresar a casa y buscar el boleto entre el bote de la basura; después, vendría bien llamar la atención con todas sus fuerzas y entusiasmo, dando lo mejor de sí: agitando la cola con vigor y corriendo en círculos. Ese avión era de él y estaba dispuesto a compartirlo con su familia de humanos.

5

–¡Heeeeeey! ¿Dónde está el boleto? ¿Alguien lo recogió? –preguntó el animal, con frenesí.

–Deja de ladrar como idiota –gritó Humano Macho.

Mientras, por televisión, se hacía un llamado para que el ganador del avión reclamara su premio lo antes posible. El país explotaba de curiosidad.

–¡Heeeeeey, heeeeeeeey! Mira la tv, mírala, nosotros somos los dueños de un cachito –decía el animal con desesperación a la vez que corría por la casa.

–Cállate ya.

–¡Hey, heeeeeey! Mira, abre el cesto de la basura.

–Deja de sacar la basura, perro de mierda.

–¡Heeeeey, heeeey! Ve la tele, están hablando de nuestro número, de nuestro boleto.

–Perro idiota, si tiras la tv te largas de la casa.

–Heeeeey... ~