Pero dónde está Rosario Reyes | Letras Libres
artículo no publicado

Pero dónde está Rosario Reyes

He conseguido hablar con Juan Peterson, protagonista de la novela Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez. Ha sido fácil contactar con él, ya que es un médium de primera, pero no me dice gran cosa.

He conseguido hablar con Juan Peterson, protagonista de la novela Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez. Ha sido fácil contactar con él, ya que es un médium de primera, pero no me dice gran cosa.

Quería preguntarle a Juan si pudo averiguar dónde confinaron a su mujer, Rosario, que es el enigma que queda más dolorosamente abierto y el que me impide cerrar la novela y volver a mi vida anterior, que ya no existe. Hay novelas, pocas, en las que puedes quedar atrapado. Y hay novelas en las que además de quedarte atrapado ni siquiera sabes por qué o por quién, cuál de los hilos te retiene, qué personaje te llama y desde dónde. Ni siquiera me atrevo a pensar en ello. Quizá solo estaba aburrido.

En la segunda lectura he tenido la sensación de que la vida ordinaria, la que pugna por dictar sus condiciones e imponer el ritmo de los días, no me dejaba acabar de leer la novela: cuanto más me acercaba al final más interrupciones surgían: cosas banales, encargos, llamadas, visitas, pájaros, injerencias. Tantas casualidades ya darían para esbozar una regla, promulgar una ley del universo, quién sabe.

En otro momento, en otro texto, ante tanta insistencia, hubiera aplazado la lectura. Quizá las insidiosas interrupciones solo eran avisos de esa vida ordinaria, la bendita rutina que ahora, atrapado en la novela, en lo que le falta a la novela, empiezo a añorar. Claro, la vida ordinaria se resiste a compartir sus horas con otros mundos, ¡y menos con una ficción!

Además, yo ya sabía el final del libro pero, y esto es lo más raro, porque acababa de leerlo, ¡se me había olvidado! Todo me sonaba familiar pero no sabía, no recordaba, cómo concluía. Quizá me daba igual y por eso lo había olvidado. El final no importa, pensé. Lo que importa es lo que no está.

El caso es que, con un esfuerzo de superhéroe lector, conseguí llegar al final: todo encaja y queda en su sitio, un sitio imposible. Y me di cuenta de que solo releía porque pensaba que Rosario no había podido quedar olvidada y que quizá se me había pasado por alto el párrafo que desvela su liberación... pero no lo encuentro. Tendré que leerla otra vez (estará entre líneas) y, si no aparece, tendré que reescribir ese párrafo, como un Menard que se ha vuelto loco.

Resulta que tras la desaparición de Rosario, su marido, Juan, el médium, intenta buscarla por todas partes. Incluso invoca a un demonio de poco fuste que está obligado a ser sincero, y que le da una pista insuficiente. Juan consigue aclarar las circunstancias de la muerte de Rosario, pero no puede dar con ella –¡el colmo de un médium!– porque gentes muy poderosas la han confinado en un lugar inaccesible. Y además, Rosario sufre en esa muerte.

El relato te lleva con la lengua fuera de un horror a otro, saltando décadas tras el mcguffin de una orden secreta de millonarios que buscan, como siempre, como todos los millonarios, la inmortalidad. El pobre solo quiere morirse.

Hablo con Juan, el médium, viudo, muerto y accesible: siempre a un milímetro de esta infame realidad covídea, que es incluso peor que la de su vida en la novela. Claro, él ahora está bien, mejor que vivo, si eso fuera posible. Ahí no duele nada, el corazón, ya quieto, no se puede parar. Le pregunto por Rosario, ¿has sabido algo? Y me responde como un oráculo, como el súcubo de pega. Pero ojo, yo me he sabido trazar con este cutter un signo en el antebrazo, un anagrama basado en los dibujos de Juan, unas líneas que chorrean sangre y ceniza (de tabaco barato y aún caliente, pero ceniza: a fin de cuentas él, Juan, también es bastante chapucero en sus rituales), y ese símbolo, creo, le hará volver y contarme lo que sabe. Así es, aquí está de nuevo, ahí culebrea a media altura. El libro, una pena, no incluye los dibujos que traza incansable el médium en sus cuadernos, pero si te metes en el relato y te dejas guiar los puedes deducir: la mano (izquierda) los reproduce sola, La Mano de Gloria.

Pero de poco me vale este contacto. Él insiste en que no sabe nada.

–Llama a Mariana, le digo.

–No hay nada, son campos de muerte y locura –recita el médium, que flota a dos palmos del suelo, exprime con sus manos un invunche que gotea algo viscoso como Fairy; querría acercarse, vivir.

El escritor puede ser un médium, y eso explica la continua resurrección de la especie novela, que nadie sabe qué es, de dónde viene y a dónde va; algo que cuando está a punto de sucumbir para siempre en el agotamiento, emite una fulguración, una revelación inesperada y abre, con espasmos y dolores de parto, un mundo nuevo, que quizá es un páramo de huesos triturados o un virus ignoto. Esa revelación obliga a nuevas generaciones a escribir novelas, a vivirlas, a salir de las vidas infernales que les tocan, a crear.

–Una serie –le digo a Juan, que ya se deshace–, esta novela pide a gritos una serie de cien capítulos, y ahí se desvelará dónde está Rosario… y podrás salvarla.

–Dios te oiga, dice él –y entonces descubro que es un impostor, el demonio decorativo, un extra, un avatar. Y cierro la puerta, la rendija que comunica con ese mundo que está a un milímetro, al otro lado de esta mosquitera, de este sudario.

–Una serie, sí –susurra Adela, agitando la manita. ~


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