¿Olvidamos a Cortázar? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Olvidamos a Cortázar?

En “Veinte años sin Julio” Carlos Fuentes cuenta que en 1960 visita a Julio Cortázar: “Verlo por primera vez era una sorpresa. En mi memoria, entonces, solo había una foto vieja, publicada en un número de aniversario de la revista Sur: un señor viejo con gruesos lentes, cara delgada, el pelo sumamente aplacado por la gomina, vestido de negro y con un aspecto prohibitivo, similar al del fatídico personaje de los dibujos llamado Fúlmine.

El muchacho que salió a recibirme era seguramente el hijo de aquel sombrío colaborador de Sur: un joven desmelenado, pecoso, lampiño, desgarbado, con pantalones de dril y camisa de manga corta, abierta en el cuello; un rostro, entonces, de no más de veinte años, animado por una carcajada honda, una mirada verde, inocente, de ojos infinitamente largos y separados y dos cejas sagaces, tejidas entre sí, dispuestas a lanzarle una maldición cervantina a todo el que se atreviese a violar la pureza de su mirada.

–Pibe, quiero ver a tu papá.

–Soy yo.

La historia cifra la carga simbólica del nombre. Cuando Fuentes lo visita, el “muchacho” tiene 46 años. Sin embargo, para muchos evocar a Cortázar es evocar al hombre del rostro eternamente juvenil, al creador de lenguajes inauditos, al jugador de la rayuela, al perseguidor de utopías políticas y literarias. El espíritu renovador y la fuga de las reglas son algunas de las características reconocidas bajo esta “marca registrada”.

A 35 años de su muerte y más de cien de su nacimiento, hay pruebas del lugar que Cortázar tiene en el canon argentino y latinoamericano: Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar en la Universidad de Guadalajara, pensada y creada por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes e inaugurada el 12 de octubre de 1994; publicación de los Cuentos completos el mismo año, con un prólogo de Mario Vargas Llosa; reunión de la Obra crítica publicada también en 1994; proyecto de publicación de las Obras completas por el Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg en Barcelona, iniciado en el 2003 con un total de 5990 páginas, cinco volúmenes de sus Cartas y dos libros con textos inéditos: Papeles inesperados (2009) y Clases de literatura. Berkeley, 1980 (2013).

Cortázar está. La cuestión es si se lee.

La idea del libro que compilé en el 2014, Cortázar sampleado. 32 lecturas iberoamericanas (México, Librosampleados), tiene una historia visible y otra secreta. La visible inicia con mi excursión a la Fundación Juan March en Madrid en diciembre del 2011. Donada por Aurora Bernárdez en abril de 1993, llegó a esa ciudad la biblioteca que Cortázar había dejado en su casa de la rue Martel en la capital francesa. Eran los libros acumulados a lo largo de su vida en Buenos Aires y París. Pedí algunos de los libros que Julio leía y anotaba con fervor –libros de Borges, de Paz, de Arreola, de muchos otros– y comencé a imaginar al Cortázar lector. Cuando llegaron los aniversarios en el 2014, surgió la historia secreta y me empecé a preguntar: ¿qué tal explorar un Cortázar menos conocido, el que construyen algunos de sus lectores? El libro dejó un testimonio alejado de las reverencias y más cercano a los encuentros y desencuentros que han tenido con la obra o la figura de Cortázar. La propuesta fue preparar una antología de lecturas lo más iberoamericana posible, con narradores nacidos en los sesenta, setenta y ochenta, es decir, lejos de aquella “marca registrada” de la que hablaba al principio. ¿Quiénes de ellos y ellas leen a Cortázar? ¿Por qué y cómo lo leyeron, lo leen?

La metamorfosis y la intervención son las capacidades del Cortázar escritor que Andrés Neuman destaca en el prólogo y Fabián Casas echa de menos en el epílogo a este libro. Un poco de historia literaria no viene mal, a fin de cuentas, para comprender la relevancia de Cortázar en los momentos de recambio formal e ideológico de la cultura. Está claro que se lo puede leer desde tradiciones múltiples: la argentina, la latinoamericana, la internacional, la trasnacional. Los ensayos construyen su propia tradición cortazariana con vectores reconocibles: el combate cuentos vs. Rayuela, el vocabulario cronopiesco, París, lo fantástico, lo lúdico, lo político, la infancia. Aunque se extrañe un poco la discusión de otras novelas más allá de la obra magna o haga falta un debate a fondo sobre la estética/política como resistencia a la hegemonía o a la homogeneización, se convocan textos menos canónicos como La vuelta al día en ochenta mundos, Prosa del observatorio, Los autonautas de la cosmopista, Fantomas contra los vampiros multinacionales, se ocupan espacios diversos (Montevideo, Santa Cruz, México D. F., Temuco, Lima, Barcelona, Puerto Rico) y se emprenden lecturas que confirman que Cortázar sigue dando de qué hablar.

Medir el “legado” de Cortázar a partir de este libro es exagerado, por supuesto. Pero Cortázar sampleado le toma la temperatura a esa “marca registrada” de la que hablaba antes. Se exploran muchas cosas, pero principalmente dos: por un lado, la fuerte presencia de lo que podríamos llamar universo o sistema literario; por el otro, las prácticas de lectura –vía Cortázar– que se materializan en este libro y nos hablan de cómo los escritores-lectores construimos desde un pasado presente no solo nuestro gusto literario, sino también nuestras posiciones estéticas y nuestra relación con la tradición.

Primero, el universo Cortázar. Está hecho, por una parte, de la imaginación creativa que explora los poros de la realidad cotidiana, articulando lo literario como vehículo de conocimiento que edifica una contrarrealidad; por otra, de la tensión entre autofiguración, literatura, política y mercado que define el proceso de producción, circulación y recepción de una obra. La literatura de Cortázar se ubica dentro de la neovanguardia que surge entre 1945 y 1960, con la supresión de barreras entre literatura culta y de masas y entre géneros, el uso del humor y la activa participación del lector en el texto. Esa apuesta por la imaginación creativa ante el “falso realismo” que combatía el argentino tiene dos núcleos: la investigación a profundidad del otro que proponen los relatos y la aventura horizontal en el campo de los bienes culturales que emprende la metafísica de Rayuela. Los resultados son, por un lado, el surgimiento de lo “cortazariano”: el ataque frontal a la lengua, el proyecto de des-escribir la literatura, el azar objetivo surrealista, el jazz y la improvisación, las excepciones por sobre las reglas, la teoría de las figuras, los clubes, los dobles, los puentes, los perseguidores, el juego, la invención de una voz. Por el otro, como decía Beatriz Sarlo, el “cortazarismo”: el tallerismo propagador de lo juvenil, la automatización del anticonvencionalismo de los sesenta, la imitación de una voz.

En segundo lugar, Rayuela y después. Allí crece la tensión de la que hablábamos: Cortázar es el referente de los jóvenes y “el argentino que se hizo querer de todos”, como decía García Márquez, pero también es el éxito del mercado. Crecen las críticas: al esnobismo, al elitismo, a la misoginia, a la inautenticidad, a la excesiva experimentación y, más tarde, a la “excesiva” politización. La postura de Cortázar de denuncia ante ciertas opresiones políticas pero no ante otras, de adhesión a revoluciones como la cubana y la nicaragüense y de defensa de la autonomía literaria le acarrearon muchos cuestionamientos. Para un escritor lejos de su país de origen y de Latinoamérica, impresiona la cantidad de intervenciones en esos campos literarios durante los sesenta y setenta: debates con José María Arguedas sobre el telurismo, con Óscar Collazos y Vargas Llosa sobre literatura y revolución, con David Viñas sobre la “santificación” de París, con Casa de las Américas por el affaire Padilla, con Liliana Heker sobre el artista exiliado. Otras palabras, otras voces, otros tiempos. Desde Argentina, se lo criticaba en 1958 por la “débil composición de sus cuentos” (Enrique Anderson Imbert); en 1974, por su “socialismo consumidor” (Ricardo Piglia); en el 2004, por ser “un mal Borges” (César Aira).

La huella de Cortázar en el presente literario está no en su figura “juvenil” sino en sus procedimientos. Si no me creen, pregúntenle a Samanta Schweblin y a Mariana Enriquez. Los ensayos de Cortázar sampleado, no obstante, contienen algo de respeto, algo de nostalgia, algo de polémica. Pero casi todos los escritores convocados sitúan a Cortázar en la biblioteca de sus padres. O sea, Cortázar en el siglo XXI es una especie de tío y, tal como dice Casas sobre Rayuela, un tío “ingenuo, esnob e insoportable, aunque jamás me pude desprender de él y ahora mora en mi biblioteca medio hecho mierda por el paso del tiempo”. ~


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