Ni ley ni orden. Tras las huellas de los corruptos. | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Daniel Bolívar

Ni ley ni orden. Tras las huellas de los corruptos.

¿Qué imágenes nos vienen a la cabeza junto con la palabra “corrupción”? La historia y las obras de ficción han moldeado sus propias figuras para representar tanto a quienes participan de ella como a quienes la combaten.

Los primeros ejemplos del género policiaco se alimentaban no de la corrupción de la policía sino de su ineficiencia. Las historias protagonizadas por Sherlock Holmes, por ejemplo, se burlan en buena medida de la incapacidad y los métodos deductivos de Scotland Yard. El llorón y torpe inspector Lestrade representaba la lentitud y pocas luces de un servidor público que tenía que doblar las manos frente al investigador privado. Con el endurecimiento del género en Estados Unidos, la policía se convirtió más en parte del problema de la corrupción que de su remedio. Hay por lo menos tres obras maestras del género que ilustran bien ese papel.

1. Como explica Ricardo Piglia, en las primeras historias detectivescas el mal estaba representado siempre por el otro: “El primer sospechoso es el otro social, aquel que pertenece a la minoría que rodea al mundo blanco, dentro del cual se están desarrollando las versiones paranoicas de lo que se supone es la amenaza.”

Dashiell Hammett sabía que no existía ese otro, sino un nosotros. Que policía, gobierno, millonarios y pueblo llano estaban metidos hasta las narices en la podredumbre. En palabras del periodista Allen Barra: “En el mundo real, como sabemos, la responsabilidad del crimen se extiende tan lejos en la sociedad que nadie está libre de culpa. No existe ningún final nítido que nos haga sentir que el bien ha triunfado sobre el mal.”

Así sucede en la obra cumbre de Hammett, Cosecha roja, en la que un detective sin nombre arriba al pueblo de Poisonville, contratado por un periodista, que aparecerá muerto durante las primeras páginas de la novela. En el pueblo, hay cuatro señores principales que lo mantienen en la miseria. Uno es Noonan, el policía que maneja la ley a su mayor conveniencia, lleva a cabo violentos interrogatorios y recibe dinero por todo y por todos. Otros dos son Pete el Finlandés, quien se dedica al contrabando de alcohol, y Lew Yard, que dirige los robos y mantiene en nómina a varios matones. Y claro, el millonario Elihu Willsson, dueño de facto de la ciudad minera, que quiere vengar la muerte de su hijo periodista.

El gobierno federal ha dejado a su suerte a Poisonville, por lo que la población está a la merced de ese cuarteto. ¿Tal vez senadores y gobernadores están comprados? No lo sabemos pero podemos intuir que sí. En estas circunstancias –en las que todo está conectado e incluso uno de los corruptos te contrata para realizar una investigación– el héroe no puede ser sino amoral, tener una idea retorcida de la justicia y considerar al individualismo como su principal arma.

2. A diferencia de los personajes duros y utilitarios de Hammett, Raymond Chandler creó con Philip Marlowe el arquetipo del detective puro: aquel que, a pesar de cobrar por hora –más gastos–, desprecia el dinero. En El largo adiós, un hombre adinerado de nombre Terry Lennox se aprovecha de la amistad y nobleza de Marlowe para que este lo ayude a escapar de las acusaciones del asesinato de su esposa. De ese modo, la historia comienza con una acción que, de alguna manera, obstruye la justicia. En el universo de la novela, la corrupción huele bien, se viste con ropa elegante, tiene buenas maneras y sabe de vinos, un ambiente por completo opuesto a la integridad sin dobleces de Marlowe. “Idle Valley era un lugar perfecto para vivir”, confiesa el detective. “Gente simpática con lindas casas, lindos autos, lindos perros, posiblemente hasta lindos niños. Pero lo que deseaba un hombre llamado Marlowe era irse de ahí y rápido.”

Al detective quieren utilizarlo tanto el suegro de Lennox, que le exige parar sus investigaciones, como Roger Wade, el escritor alcohólico que parece recuperar su talento con la cercanía del investigador. Ambos representan a la élite blanca de California, esa que no sabe de amistad ni lealtad, y que tiene en sus bolsillos a la policía. La imagen que presenta Chandler de los guardianes del orden no es menos detestable, porque resulta de una mezcla de corrupción e ineficiencia. Del sheriff Petersen afirma: “En realidad nunca interrogaba a nadie. No hubiera sabido cómo hacerlo. Se limitaba a sentarse detrás de la mesa de su despacho mirando con severidad al sospechoso y ofreciendo su perfil a la cámara. Se disparaban los flashes, los fotógrafos daban las gracias al sheriff respetuosamente y se retiraba al sospechoso, que no había llegado a abrir la boca, mientras Petersen regresaba a su rancho en el valle de San Fernando.”

En El largo adiós, la función de la policía es mantener todo tranquilo y esconder la suciedad bajo la alfombra cada que sea necesario. “El trabajo policial es maravilloso, elevado, ideal”, admite el detective para contrastar las aspiraciones de justicia con los hechos. “La única cosa que tiene de malo es que los policías están en él.”

3. El padre del escritor Jim Thompson fue sheriff en los polvosos y terribles parajes de Oklahoma, Nebraska y Texas, donde siempre estuvo a la caza de problemas. Meterse en problemas es algo que heredaría su hijo.

Sin duda, Nick Corey –protagonista de la novela 1280 almas, sheriff, amo y señor de Potts County– está basado en su padre y en algunos de los amigos de este. Aunque parezca un estúpido, en consonancia con el estereotipo del policía incapaz, se trata solo de una máscara que le permite a Corey lograr sus objetivos. En aquellas zonas a medio camino entre las grandes ciudades, que poseen todos sus problemas y ninguna de sus comodidades, el portador de la ley se revela como una especie de cacique que otorga justicia a conveniencia. Corey logra un extraño equilibrio en el pueblo, porque permite ciertos delitos y castiga otros. Cuando el fiscal de distrito Robert Lee Jefferson lo encara por su falta de arrestos, factor que lo llevaría a perder la elección siguiente, Corey le revira aseverando que permite ciertos delitos –como la embriaguez, el juego y la prostitución– porque todo mundo los comete. Y le advierte: si detuviera a los infractores acabaría encerrando a todo el pueblo. “Según la ley”, explica Corey, “yo debería estar al acecho de los grandes y los poderosos, de los tipos que realmente gobiernan este lugar. Pero no se me permite tocarlos, así que me veo forzado a equilibrar la situación siendo dos veces implacable con la basura blanca, los negros y los individuos como tú que tienen el cerebro perdido allá en el culo porque no encuentran otro sitio donde utilizarlo”.

La tranquilidad con la que Corey vive su vida depende de que el pueblo sea por completo corrupto. Por eso, la presencia de gente con una moral más o menos alta representa para él un problema: están, por ejemplo, Amy Mason, la mujer que desea, y Sam Gaddis, el candidato a fiscal. Es interesante que, cuando parece que sus mentiras y crímenes impunes terminarán por sepultarlo, la novela se defina en una suerte de delirio: una locura en la que el protagonista sigue sintiéndose señor y dador de la justicia. ~


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