Mudra silencioso | Letras Libres
artículo no publicado

Mudra silencioso

Este mudra silencioso, apenas movimiento, llano candor que casi toca el aire, sonoridades que se cruzan y destellan en palabras, no en versos, pero se sostienen, se cuelgan de la voz, de la vista, de la materialidad del tacto; voz que tiene por origen un fogón primigenio bajo el cuidado de deidades que son dos, cuatro, una.

Un anciano se coloca de frente a las fauces de la tarde. Todo arde en el horizonte. Puede temer pero no se vuelve hacia atrás hasta que todo se ha convertido en oscuridad. Ha imaginado
a un dios solar que desciende –como ha descendido él mismo cientos de veces– a beber agua al borde de los ríos. Ha imaginado a una diosa terrestre que cobija, que reclama la noche como suya, que se estremece, como cientos de veces él mismo sucumbió al abrazo de una hembra. Imaginó dioses de agua, de trueno y de viento, y no eran otros sino él mismo, y los otros en su pueblo que, haciendo círculos para ahuyentar viejos enemigos, llevaron el nombre de la hojarasca, de las tiernas semillas en su brote lento de fuego. Llegado el día, se transformaron las niñas en estrellas, él en jaguar o mono aventurero, y no es que el animal de pronto sea trasunto de una dignidad artificial, persona, es él mismo quien lo crea y lo convoca. Tiene frases exactas, cuencos con brebajes despiertos y su propio cuerpo se vuelve la tormenta, el rugido, la esperanza, la nostalgia
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