Mucho colmillo | Letras Libres
artículo no publicado

Mucho colmillo

Martín Solares

Catorce colmillos

Ciudad de México, Literatura Random House, 2018, 200 pp.

 

Una pieza desaparecida del fotógrafo, escultor y pintor surrealista Man Ray da pie a la trama de Catorce colmillos. Un poco a la manera de Midnight in Paris –la película de Woody Allen que recrea los años de entreguerras en la Ciudad Luz, a través de sus figuras literarias–, Martín Solares desempolva a la corte de André Breton, los surrealistas y Dada, junto con sus adláteres y modelos, entre ellas la famosa e interesante Kiki de Montparnasse. Uso el verbo “desempolvar”, no porque piense que los surrealistas están polvorientos a estas alturas, sino porque Catorce colmillos, al ser una novela de fantasmas, opera dentro de una especie de difuminación. Es decir, su ambiente no es exactamente terrorífico –por desgracia, a estas alturas muy pocas cosas nos asustan– sino que tiene algo de onírico, como debe ser tratándose del surrealismo.

Pero vayamos por partes: Catorce colmillos es una novela policiaca y como fiel ejemplo de su género comienza con el descubrimiento de un cadáver, el de un hombre que en apariencia ha sido asesinado con una inmensa mordida de catorce colmillos en el cuello. Por su extraña naturaleza, el caso pasa a manos de un grupo de policías especializados en casos monstruosos y fantasmales, la Brigada Nocturna, a la que pertenece el joven detective Pierre Le Noir –cuyos compañeros, para nuestra diversión, se llaman Le Blanc, Le Bleu, Le Jeune (¿será jaune?) y Karim–, quien narra la historia. En busca del presunto y multidentado asesino, Le Noir se sumergirá entre los múltiples fantasmas que habitan París, que incluyen a Oscar Wilde sentado en un café, y conocerá a una bella mujer espectral que, por supuesto, le ofrecerá su ayuda y lo enamorará. El pretexto fantasmal dará pie a Solares para guiños y juegos ingeniosos, así como la invención de lugares estrambóticos como una burocrática oficina de migración de difuntos, ubicada bajo la tumba de Porfirio Díaz en el cementerio de Montparnasse, y un edificio embrujado situado justo enfrente del Instituto de México en París, además de crear una trama de los monstruos y fantasmas que han habitado la Ciudad Luz desde la Edad Media. Nada de ello resultaría extraño cuando se conoce la historia de las catacumbas parisinas y sus misterios, pero el centro de la novela, su ámbito más original, es el de las galerías y las casas donde se reunían los surrealistas, en especial el estudio de Man Ray, cuyas fotografías, por supuesto, formarán parte de toda la historia en una asociación inevitable que incluso da carta de fantasmagoría a algunas de esas célebres imágenes.

La voz de Le Noir describe con desparpajo a los personajes y sus obras, y nos permite sospechar un poco el asombro que debieron causar los escándalos de los surrealistas en ese agitado París de los años veinte con las vanguardias, salido de una guerra e ignorante de la que se avecinaría después. Esta voz del narrador da a Catorce colmillos el tono de novela juvenil que, además, promete episodios subsiguientes y por igual divertidos. Es realmente curiosa la combinación del género policiaco de aventuras más clásico, de acción rápida y conclusiones trepidantes, con la profundidad erótica y tanática que impregna la obra de los surrealistas. Esa ambigüedad de la novela, buscada, me imagino, para atraer tanto a un público joven como a lectores adultos, con mayores referencias, hace que se corra el riesgo de que Breton, Man Ray, Duchamp y compañía aparezcan un poco como muñecos extravagantes nada más (a menos que su hondura fuese también fantasmal o ficticia) y dispuestos al servicio de la trama, característica que la emparienta con la mencionada película de Woody Allen, en la que Hemingway y Fitzgerald recitaban frases de sus libros como máquinas. Quizá buscándole tres patas al gato, podríamos hablar de una desacralización, pero yo creo que la pretensión de Catorce colmillos no iría más allá del juego y la emoción policiaca, ámbitos en los que triunfa sobradamente. Este tono juguetón de fantasmas que traspasan paredes y a la vez toman café con leche, onírico y a la vez dinámico, y que es su mayor acierto, provoca que no sea tampoco propiamente una novela “de época”, pues más allá de los nombres, los lugares y las referencias, el habla es perfectamente actual y neutra e incluso nuestro personaje se da el lujo de aclararnos en qué año está, pero me imagino que nada está más lejos de la intención de Martín Solares, quien con esta novela nos vuelve a demostrar que tiene mucho colmillo y echa a andar un juego con el que ganará, estoy segura, múltiples lectores jóvenes y no tanto. ~


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