Mínima introducción al Palacio de Bellas Artes | Letras Libres
artículo no publicado

Mínima introducción al Palacio de Bellas Artes

Uno es el Palacio de Bellas Artes visto de lejos, otro visto de cerca; uno es el Palacio por dentro, otro por fuera. Por eso del Palacio de Bellas Artes, como se dijo del Taj Mahal, puede afirmarse que nunca acabamos de verlo, es inagotable, porque siempre lo miramos desde algún lugar y perspectiva particular. Y el número de perspectivas que nos ofrece cualquier objeto es infinito y, por tanto, no podemos agotarlas, así que el Palacio no puede nunca abarcarse, infinitos son sus aspectos.

Múltiples son también los significados del Palacio. Situémoslo, hay gran variedad de palacios. ¿Todos han de ser de grandes dimensiones? Imagina un pequeño y minucioso palacio que pudiera posarse en la palma de la mano. O más diminuto, si volara sus alas serían traslúcidas alas de mosca. Pero ¿de qué material sería esta mínima construcción? Imagínalo de piedra roja, cristalina, brillante. Por esta vía llegamos sin trabajo, creo, al rubí sangre de pichón y a otras piedras delirantes.

Ciertamente no es así, pequeñísimo, el Palacio de Bellas Artes, sino voluminoso, elefantino y blanco. Bueno, blanco precisamente no, sino de una refinada gama de tonos de gris claro. Solo gris austero podría cuadrarle al Palacio y no podríamos admitirlo pintado de colores menos solemnes como el amarillo huevo, el mamey o el verde perico. “No el rojo elemental sino los grises / hilaron tu destino delicado”, dice Borges en alguna parte.

Los chinos hablan de un palacio mágico, el Ming T’ang o Mansión de la Luz que simboliza el universo y, si es construido, engendra poder sobre el mundo. Numerosos emperadores iniciaron la construcción del enorme edificio siguiendo las reglas expuestas en viejos y legendarios manuscritos, pero fracasaron en su empeño y no engendraron ningún poder. Según se cuenta, no lo lograron porque el Ming T’ang, pese a lo que indican los falsos manuscritos, no es más que una humilde choza con techo de paja, pero eso sí, perfectamente situada, según las reglas del arte chino de la orientación o feng shui.

Nuestro Palacio de Bellas Artes alberga algo mejor y más deleitoso que una entidad tan rara como el universo entero y eso es el conjunto de las más generosas y refinadas posibilidades de invención humana cuando ella se da a ensoñar, me refiero, claro, a las Bellas Artes.

Pero empecemos por el principio. En el principio, como en el Génesis, fue creado Adán. Digo, Adán Boari, pues Adamo no es otra cosa que Adán en italiano, e italiana era la nacionalidad del famoso arquitecto traído de Europa para erigir el Palacio.

Después, Bellas Artes fue una cosa inmaterial, es decir, una idea apenas en la refinada mente de Boari.

Más tarde el Palacio fue ya algo material, pero plano, de solo dos dimensiones, esto es, un dibujo, mejor dicho, muchos dibujos, bocetos, uno tras otro, afinando la idea, precisándola.

Y por fin el 2 de noviembre de 1904, siendo, claro, don Porfirio presidente de México, se iniciaron las excavaciones para cimentar el edificio del entonces llamado Teatro Nacional, cuyo peso, dicen, equivale al de 15,540 elefantes, ni más ni menos, es decir, unas ciento cincuenta manadas grandes.

Nadie se imaginaba ese 2 de noviembre que el Palacio iba a tardar todavía treinta años en ser edificado. La dilación no obedeció a lentitud o a molicie, sino a que sobrevinieron los tumultuosos años de la Revolución mexicana y entre tanta alarma y balacera el proyecto fue interrumpido. Aunque no olvidado.

En 1930, ya apaciguado el país, se pensó en reiniciar los trabajos. Pero Boari había regresado a Europa en 1916, doce años después de haber empezado los trabajos de construcción y fastidiado de no poder continuarlos. Así que fue necesario recurrir a un nuevo arquitecto. Y se eligió esta vez a Federico Mariscal, mexicano. Como veremos este cambio de mando fue afortunado.

Sucede que los trabajos no podían continuarse así nada más, sin modificaciones: muchas cosas habían cambiado en tantos años transcurridos, entre otras una muy importante en estos casos: el gusto estético. Y vino a ocurrir entonces que el Palacio, como muchas personas, se hizo uno por fuera y otro diferente por dentro. Porque la decoración exterior, la debida a Boari, correspondiente sobre todo a artesanos italianos, fue en un estilo blando y melodramático, el llamado art nouveau, y la interior, dirigida por Mariscal, obra de artesanos franceses, fue en un estilo entonces modernísimo, el severo y anguloso art déco. E inesperadamente vino a resultar que uno de los aspectos más atractivos del Palacio es esa ocasional y armoniosa combinación de dos estilos. ~