Midsommar: del duelo al terror | Letras Libres
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Midsommar: del duelo al terror

Nadie que pertenezca a una secta dice: “pertenezco a una secta”. No, por lo menos, en la acepción más negativa del término: un grupo cuasiespiritual, fanático y peligroso. No se consideraban secta los miembros del Templo del Pueblo (quienes bebieron Kool-Aid con cianuro), los de la “familia” de Charles Manson (que apuñalaron a siete personas), los integrantes de la Puerta del Cielo (que cometieron suicidio como preparación para, decían, abordar una nave extraterrestre) ni los socios del grupo NXIVM (que marcaban a mujeres y las volvían esclavas sexuales). Tampoco se consideran secta los habitantes de Hårga, el rincón de la provincia sueca en donde transcurre la cinta Midsommar, del director Ari Aster. Cuando una visitante los llama “comuna”, uno de los hårga se apresura a corregirla: “Somos una comunidad”, dice. Nadie juzgaría a Dani, la turista incauta, por haber aludido al modelo hippie. Los hombres, mujeres y niños que la reciben usan ropas blancas, llevan flores en el pelo y sonríen amorosos. No habría forma de sospechar que celebran el gerontocidio, el incesto y los sacrificios humanos. La visitante lo descubrirá sola, sin opción de escapar.

Midsommar comienza describiendo la tragedia que, un año antes, ocurre en la vida de Dani (Florence Pugh): su hermana se suicida y, de paso, mata a los padres de ambas. Dani ya resentía la poca atención de su novio Christian (Jack Reynor); cuando pierde a su familia, él continúa la relación más por lástima que por amor. Al año siguiente, la chica decide sumarse al viaje que Christian y sus amigos planean hacer en verano a la provincia de Hälsingland, al norte de Estocolmo, para presenciar los festejos tradicionales de midsommar. El único entusiasmado con la idea de la compañía de Dani es Pelle (Vilhelm Blomgren), un amigo de Christian que pertenece a los hårga. Pelle es también el único del grupo que muestra empatía hacia la chica. Le dice que él también perdió a sus padres cuando era niño y que puede entender su dolor. Pelle será quien, más adelante, le dirá a Dani que los hårga son una comunidad. Más aún, son una familia. La sola mención de la palabra hace que Dani rompa en llanto. Pelle sabrá utilizar ese punto de fragilidad.

Este es apenas el prólogo de Midsommar pero, en él, Aster siembra los temas que elaboró en la perturbadora Hereditary, su ópera prima, y que también son el subtexto de su segunda película: el duelo no resuelto y la patología intrafamiliar. Ambas son perturbadoras pero están lejos de ser películas de “sustos”. Aunque hay cuerpos magullados, este no es su aspecto más inquietante, sino cómo describen la infiltración del horror en la vida de cualquier persona. Una grieta propicia para esta infiltración es el sentimiento de duelo. La muerte de alguien amado resulta un ataque a la existencia propia. Quien no logra recomponerse corre el peligro de que alguien o algo más dirija su voluntad –la locura, posesiones satánicas o lavados de cerebro.

En Hereditary, Aster narraba la historia de la familia Graham y de las desgracias que, por casualidad o no, caían sobre ella tras la muerte de la abuela materna. La hija menor moría en un accidente espantoso, y la madre, Annie (una estupenda Toni Collette), caía en depresión profunda. Incapaz de superar su pérdida, Annie aceptaba el apoyo de una mujer que decía haber pasado por algo semejante. A partir de este punto, Hereditary se convertía en una cinta de horror. Durante un tramo largo, la película dejaba abierta la posibilidad de que los eventos aterradores que acosaban a los Graham fueran producto de la sugestión: podían leerse como metáfora de las relaciones neuróticas entre miembros de una familia o como la historia de una esquizofrenia heredada. Hacia el desenlace, la trama se decantaba hacia el terreno de lo sobrenatural.

La premisa de Midsommar es casi idéntica: una protagonista con un duelo no resuelto conoce a alguien que le dice haber pasado por experiencias similares, y ofrece ayudarla a recuperar lo perdido. En adelante, se narra una pesadilla de la que nadie puede escapar. Cuando llegan a Hälsingland, los cuatro viajeros estadounidenses –Dani, Christian y dos amigos de él– son recibidos por Pelle y su familia extendida. Al día siguiente, son invitados a una ceremonia que se celebra cada noventa años. Cada aspecto del festejo es más macabro que el anterior. Ayudan los alucinógenos que los viajeros aceptan con gusto –o porque son el ingrediente que da color a las aguas frescas que se sirven en las comidas–. Entre la incredulidad y el pánico, el grupo se entera de que septuagenarios sanos se quitan la vida (y así evitan agonías “innecesarias”); que los adultos separan a los niños de sus padres biológicos (para reducir apegos); y que se elige como dioses a los que nacen con discapacidades (para lo cual se alienta el incesto). Durante toda su estancia, Pelle le insinúa a Dani que Christian no la ha apoyado como ella se lo merece –como lo harían él y su familia–. Poco a poco, la chica bebe el proverbial Kool-Aid.

Con sus paisajes verdes, cielo azul intenso y aire transparente, Midsommar rompe con las convenciones visuales del cine de horror. Más aún, Aster se aleja drásticamente del diseño de producción laberíntico, oscuro y enrarecido de Hereditary (la casa de la familia Graham tenía cuartos dentro de cuartos, pasillos interminables y un estado de penumbra que impedía diferenciar el día de la noche). Al optar esta vez por escenarios opuestos –ambos fotografiados por Pawel Pogorzelski– Aster hace algo más que jugar con el estilo: propone que las fachadas alegres y el gregarismo a ultranza pueden ser tan malsanos como una casa oscura o tan macabros como un ritual satánico. No parece casualidad que la inquietante sonrisa de Dani en la imagen final de Midsommar evoque el gesto confundido del hijo mayor de los Graham tras ser coronado como la encarnación de un demonio. En ambas películas da la impresión de que, en medio de su terror, los personajes intuyen el inmenso poder que sus adoradores les han otorgado. Han renacido como reina y rey, respectivamente, capaces de decidir sobre la vida de los demás.

La comunidad de Hårga es ficticia. No parecería necesario aclararlo pero –propio de los tiempos que corren– algunos han culpado a Aster de difamar la naturaleza inocente de los festejos de midsommar, cuando los suecos celebran el solsticio de verano. Otros países de Europa tienen estos festivales de midsummer (a mitad del verano), en que se practican versiones inocuas de rituales paganos mezclados con ritos cristianos (así como en América hay rituales prehispánicos salpicados de catolicismo). Midsommar habla de una secta –una “familia disfuncional”–, no de una tradición. Más aún, la preceden varias películas que, tomándose las licencias que le corresponden a la ficción, asocian el neopaganismo con muerte y sacrificios humanos. La más aterradora es The wicker man (Robin Hardy, 1973), sobre un agente de policía que viaja a una isla escocesa atendiendo el reporte de la desaparición de una niña. Ahí descubre que, cada año, sus habitantes complacen a los dioses de la agricultura ofreciéndoles vidas humanas. Y, para el caso, el cristianismo es materia frecuente del cine de horror.

En Midsommar hay escenas gore. Ninguna, sin embargo, resulta tan terrorífica como aquella en la que Dani solloza por haber sido testigo de una traición de Christian, y un grupo de mujeres imitan sus sollozos en señal de solidaridad. A más gritos y convulsiones de Dani, más gritos y convulsiones de ellas. Un juego infinito de espejos donde nadie se ofrece a ser la voz de la razón. Al terminar la función, escuché a una asistente referirse a la misma escena como sublime y conmovedora, y un ejemplo de “sororidad”. Considerando que, en la película, esto resultaba en la condena a muerte de un hombre, Midsommar podría leerse como una metáfora de las dinámicas grupales que utilizan la victimización intransigente como estandarte de la histeria en masa. Quizá Aster desplazó la acción al resquicio de un bosque sueco para hablar de un asunto muy cerca de casa: el llanto mimético y no reflexivo. Una empatía selectiva y artificiosa que no lleva a un buen lugar. ~


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