Más acá del cielo | Letras Libres
artículo no publicado

Más acá del cielo

Clément Rosset

El lugar del paraíso. Tres estudios

Traducción de Rubén Martín Giráldez

Barcelona, Anagrama, 2020, 88 pp.

Podría pensarse que el momento que la humanidad está viviendo, marcado por una pandemia que ha matado a casi un millón de personas y dañado la economía en todas las regiones del globo, es el más inoportuno para la publicación de un breve ensayo sobre la alegría cuyo título alude, por añadidura, a un “lugar del paraíso” que resulta ser este mundo y no el otro. ¡No está el horno para bollos! Ocurre justamente lo contrario, sin embargo, ya que el propósito de Clément Rosset en este breve trabajo –que en nuestro país aparece ya póstumamente tras su fallecimiento en marzo de 2018– es reivindicar la pertinencia de la alegría con independencia de las circunstancias. Y lo hace inspirado por una época dorada que también padeció su cuota de desgracias, el tiempo de esa antigua Grecia que supo de guerras y pestes sin por ello dejar de iluminarnos con su arte y su pensamiento: Rosset se declara aquí, con Nerval, “un hijo más de Grecia”. Tal vez eso explique que este normando, pupilo en su momento de la Escuela Normal Superior de París, enseñara en la Universidad de Niza y poseyera una casa en Mallorca, amante como era de nuestro país: para participar de los dones del Mediterráneo. Si uno toma cierta altura, no se tocan las medusas ni se ven los plásticos.

Hay que celebrar la aparición de estos tres breves ensayos en los Nuevos Cuadernos de Anagrama, tan atractivos y accesibles para los lectores, ya que constituye una ocasión ideal para que quienes desconozcan a Rosset puedan trabar contacto con su pensamiento. No es que el filósofo francés haya sido ignorado entre nosotros; todo lo contrario. Patrocinado entre otros por Fernando Savater, fue traducido pronto y de manera profusa: La antinaturaleza aparece en 1974 en Taurus y su Lógica de lo peor sale en Seix Barral en 1976; en las décadas siguientes no faltarían títulos de mayor o menor extensión (Lo real y su doble, El objeto singular, Escritos sobre Schopenhauer), a los que han de añadirse otros publicados en los últimos años en Latinoamérica (como sus brillantes Reflexiones sobre cine, que publica la argentina Cuenco de Plata, o el opúsculo sobre el sentido de la escritura La elección de las palabras, que debemos a la chilena Hueders). Pero el tiempo pasa: lo que para unas generaciones es cosa sabida apenas significa nada para la siguiente. Y sería una pena que decayese, por puro desconocimiento, el interés por un escritor tan vivificante.

Pese a su concisión, los tres estudios que componen este volumen tratan de los temas fundamentales que ocuparon a Rosset a lo largo de una obra llena de continuidades y escrita siempre con una brillantez que se hizo más clara si cabe con el paso de los años. Influido por Nietzsche y Schopenhauer, no por casualidad amigo de Cioran, el filósofo bajonormando se ocupó ante todo de aclarar las relaciones del ser humano con la realidad. Dicho así, podríamos pensar en un filósofo de la ciencia que atendiese a las limitaciones epistémicas de la percepción humana; pero no se trata de eso. Rosset defiende la realidad cruel de lo real frente a sus duplicaciones, que proyectan sentidos providenciales y fantasmagorías ideológicas allí donde solo hay un objeto terco e indiferente a nuestros espejismos: la realidad, única e inmodificable, no trae mensaje alguno bajo el brazo. El elemento trágico que hay en ello, pues no podemos hacer nada y lo sabemos o lo sospechamos, podría llevarnos al absurdo o la desesperación; para Rosset, en cambio, la salida es la alegría. He aquí la “fuerza mayor” a la que apela en sus escritos: un sentimiento que no se enfrenta a la realidad, porque sabe que esa batalla está perdida de antemano. Aquí reside la “paradoja de la alegría”: no se refiere a un objeto concreto, ni tiene razón de ser. Elegir la alegría es elegir lo inverosímil sobre lo verosímil, siendo para ella misma preferible no tener justificación; en el terreno de las razones, el nihilista siempre gana. En esa misma medida, la alegría no puede “demostrarse”; se participa de ella o no se participa.

De ahí que, en el primero de los ensayos que podemos leer aquí, titulado “El escudo de Aquiles”, Rosset empiece por parodiar a Aristóteles diciendo que la alegría de vivir es una sustancia independiente de sus accidentes. Y es que una cosa es la alegría de vivir, otra distinta las alegrías de la vida; estas últimas vienen indefectiblemente acompañadas de penas y decepciones. Para tratar de explicar qué es esa alegría, Rosset recurre a Homero y a la descripción que hace de la elaboración del escudo del héroe griego por el dios Hefesto en el canto XVIII de la Ilíada. Se trata de un cuadro o escultura que, a través de escenas cotidianas, sugiere un estado de paz y una felicidad desprovista de acontecimientos; algo así como un anti-Hegel. Pero la paz no es, advierte en el segundo ensayo, ella misma la alegría de vivir; solo una ocasión favorable que la hace posible: “La alegría de vivir no se cimenta en las circunstancias, ni siquiera en las más alegres.” Bien sabía Rosset que la vida trae a menudo consigo verdaderas pruebas de fe: dejó constancia de algunas de ellas en Travesía nocturna, una crónica en forma de diario de la depresión que padeciese durante nueve años, a raíz de un episodio personal no revelado, cuya manifestación más perturbadora fue un agudo trastorno del sueño que le impedía toda clase de descanso. Desde su punto de vista, al menos durante este difícil periodo, la alegría de vivir no podía afirmarse sino a pesar de las circunstancias.

Asunto distinto es que haya ocasiones o bienes que nos la hagan sentir; particulares alegrías de la vida que potencian la felicidad de existir. Aquí entra en juego una de las grandes pasiones de Rosset, la música, que calificase como “el más potente catalizador de la alegría”. En consonancia con su crítica del Doble, Rosset defiende la música por no ser imagen de nada: ella misma es una ofrenda suficiente, un “pretexto sin texto” que no quiere decirnos nada concreto porque tiene un lenguaje propio y autosuficiente. Leemos: “El mundo está demasiado lleno de imágenes, de remisiones, de referencias y de reflejos: su contenido de realidad se diluye sin cesar en el juego de la réplica y en el espacio del punto de vista” (mi cursiva). La crítica de la duplicación está infrarrepresentada en este delicioso volumen; quien tenga interés en ella puede acudir a trabajos del autor donde se desarrolla de manera exhaustiva.

De la música dice aquí Rosset que, sin ella, el mundo sería un error o más bien una creación superflua. No se puede afirmar algo semejante de sus libros; también ellos son, al fin y al cabo, duplicaciones inútiles. Tanto si se participa o no de la más vasta alegría de existir, de ellos sí puede decirse que son una de las alegrías de la vida; al menos, pueden llegar a serlo. ¡Ya tenemos bastantes penas! Pocos lugares del paraíso habrán sido más accesibles: apenas ochenta páginas en formato de bolsillo. Basta con probar suerte. ~


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