Magdalena Martínez Franco: la cámara oscura de la mirada | Letras Libres
artículo no publicado
Miguel Galarza

Magdalena Martínez Franco: la cámara oscura de la mirada

Rafaela pide una pausa. Le duele la cabeza. Tiene ya dormidas las yemas de los dedos: ver con las manos le implica un gran esfuerzo mental. Rafaela ronda los sesenta y atiende un puesto en la Merced. Perdió la vista hace varios años a causa de la diabetes y se ha tomado muy en serio el encuentro con la obra plástica de Magdalena Martínez Franco. Dice que es como si hubiera sido hecha especialmente para ella.

No se equivoca. Martínez Franco es una artista visual rara: su creación no es para la vista. O no solamente. Muchos de sus cuadros, esculturas e instalaciones, de innegable armonía óptica, liberan su mayor potencia a través de esa otra forma de mirar que se despliega al cerrar los ojos.

Rafaela detiene su recorrido sobre un relieve en malla metálica. Sus líneas curvas y sensuales dialogan con otro cuadro, totalmente negro, que de lejos remite al momento en que un fluido burbujeante quedara ahí, suspendido en el tiempo. Mientras el ojo captura veloz aquel instante fosilizado, Rafaela se pierde en su materialidad, en sus sinuosidades. En la punta de sus dedos el tiempo es otro; expandido, el instante es una duración.

Rafaela
Fotografía: Magdalena Martinez Franco.
Rafaela percibiendo Grafología (2019), basada en la serie fotográfica Caras vemos (1994).

Encontrarse con la obra de Martínez Franco es abrir un portal. Y cruzarlo a tientas. Es transitar por el pliegue incierto entre territorios que se traslapan: el tacto y la mirada.

coalescencia
Fotografía: Enrique Ortiz. Instagram @fotorva
Magdalena Martínez Franco vista a través de su pieza Coalescencia (2011).

“El tacto te hace apropiarte de la obra de la manera más íntima; no hay nada entre ella y tú. Es un sentido fundamental, lo más primitivo: nuestro primer contacto con el mundo cuando nacemos. Nos envuelve totalmente a través de la piel, el órgano sensorial que contiene nuestro ser y a la vez nos permite abrirnos a lo otro. Por eso a la gente le da repelús tocar o que la toquen, lo sienten invasivo. Sin embargo, hay miradas que son más violentas que un contacto”, reflexiona la artista mexicana que ha presentado su obra en museos y galerías de once países de Asia, Europa y América.

Y enfatiza: “A pesar de su gran complejidad, el tacto se ha explorado muy poco en el arte.”

Caras vemos
Magdalena Martínez Franco y Miguel Galarza
Caras vemos (1994) y Grafología (1993).

Martínez Franco comenzó a preguntarse por la estética del tacto a partir de su trabajo escultórico, a principios de los años noventa, cuando cursaba el posgrado en la Academia de San Carlos. Le perturbaba que, siendo un arte tridimensional, estuviese ceñida al dominio del ojo. La percepción siempre parcial de la pieza le parecía una experiencia mutilante. Le inquietaba que la vista, esa flecha que se lanza desde lejos, tocara la obra siempre a distancia, referida a la memoria sensorial de texturas conocidas: la piedra, el metal, las resinas o la madera tallada, con las consabidas temperaturas que la luz le permite anticipar.

“¿Por qué no podemos tocar? Esa pregunta me llevó, primero, a liberar la escultura de su base fija. Empecé a colocar las piezas en arena o aserrín para que la gente pudiera tomarlas con las manos, verlas y sentirlas desde todos sus ángulos, siempre de una forma lúdica. Tomar algo te da cierto sentido de posesión, y es lo que me gusta, que al tomar la pieza la haces más tuya que al solo contemplarla.”

Más próxima al arte abstracto que al figurativo, a Martínez Franco le interesaban las formas orgánicas cuya plasticidad invita a acariciar superficies, adentrarse en blanduras, a cachondear con la obra. Bajo el título de Formas blandas, esta serie inauguró en 1994 un acercamiento a su trabajo, que fue cediendo preponderancia a lo que aún parecía una transgresión: el acto de tocar la obra de arte.

“Empecé a acercarme a los ciegos y débiles visuales porque sentí que tenía mucho que aprender de su sensibilidad”, dice. Y así también comenzó a vendarle los ojos al resto del público.

normovisual
Fotografía: Magdalena Martinez Franco.
Público normovisual interactúa con la serie escultórica Formas blandas, que data de 1993.

El desplazamiento entre territorios sensoriales se convirtió en un distintivo de su práctica artística, la cual ha complementado con la impartición de talleres de arte para ciegos en las bibliotecas José Vasconcelos y de México, que poseen acervos en braille. “Lo que más me ha llamado la atención es que enfrentarse a mis piezas es un proceso igualmente complejo tanto para quienes ven como para quienes no.”

Formas blandas, de Magdalena Martínez Franco

En México, Martínez Franco fue pionera en abocarse a un sentido que a lo largo de la historia del arte se mantuvo acallado frente a la elocuencia de la vista. “Me tocó picar piedra”, reconoce. Fue hasta entrado el siglo XX que el acto de tocar comenzó a reclamar territorio. El antecedente más antiguo, en la crítica, está en las reflexiones de Johann Gottfried Herder, quien conceptualizó la primacía de lo táctil en la escultura en el siglo XVIII. Fue incomprendido: el tacto se consideraba incapaz de aportar una experiencia estética significativa –acaso por un eco platonista de estar más vinculado al cuerpo que a funciones intelectuales más elevadas.

Es precisamente el cuerpo a lo que nos acerca el trabajo de Martínez Franco, que mantiene una pregunta recurrente por la identidad y la otredad, la intimidad y la alienación; reflexiones que ha desplegado abundantemente en su producción visual y en su trabajo con bailarines de danza contemporánea.

fosil
Fotografía: Magdalena Martínez Franco.
Fósil y En la red (2019), de la serie Formas blandas.

El erotismo de una obra que transcurre en la piel es llevado, en la imagen visual, a la mirada del voyeur. Los videos, circuitos cerrados, instalaciones y series fotográficas de Martínez Franco revelan fragmentos, vistazos, un caleidoscopio de acercamientos que, en algunos casos, solo pueden ser vistos a través de una mirilla. En otros, la artista traduce los trazos de la luz en impresiones 3d, que abre al tacto sus volúmenes. En ellos, las sensaciones entre los dedos construyen una imagen mental inédita, y es ahí, en esa cámara oscura de la mirada, donde palpita la obra de arte.

infantil
Fotografía: Miguel Galarza
Magdalena Martínez Franco y público infantil frente a Fósil (2019)

“Mi obra cuestiona la hegemonía de lo visual. Es una manera de darle la vuelta a nuestra forma habitual de ver y darnos cuenta de cómo en realidad no vemos porque todo está supeditado a la vista.”

A lo largo de casi tres décadas, Formas blandas se ha desarrollado, pues, como el work in progress de una investigación medular en la propuesta de Martínez Franco: la mirada táctil.

vista general
Fotografía: Miguel Galarza
Vista general de la retrospectiva Formas Blandas en la Biblioteca José Vasconcelos, 2019.

En su ensayo “Tactilidad visual”, incluido en el libro El fotógrafo ciego, Iván Ruiz nos recuerda que vista y mirada no son sinónimos: mientras visus, en latín, se refiere a la percepción del órgano ocular, mirari tiene otros significados. El del castellano antiguo, similar al del latín, es un “asombrarse” o “admirar”, nociones que evolucionaron hacia “contemplar” y desembocaron en la acepción moderna, referida al sentido de la vista como tal.

A diferencia del ver, el mirar, infinitamente más complejo, es siempre un acto extraordinario y reflexivo que, escribe Ruiz, “produce una especie de pacto entre quien mira y lo que es mirado”. Y, sobre todo, puede prescindir del ojo. El mirar es un acto de creación. Dice Borges: “ya que he perdido el querido mundo de las apariencias, debo crear otra cosa: debo crear el futuro, lo que sucede al mundo visible que, de hecho, he perdido”.

Antes, hay que atravesar el abismo: “Cuando clausuras la vista te sientes analfabeta –comparte la artista–. Hay gente que se bloquea. Privarte de la vista te rompe, pone a prueba la autosuficiencia y la seguridad que tienes puesta en lo que ves. Me parece importante experimentar el mundo desde ahí porque nos acerca al otro. Me gustaría que mi obra pudiera ponernos en el lugar del que no puede ver, hacernos más empáticos.”

Aunque su propuesta es incluyente, a Martínez Franco no le gusta hablar de inclusión. Dicho desde la hegemonía normovisual, le resulta condescendiente. Por el contrario, su trabajo busca generar empatía a partir de la experiencia estética.

En tiempos de pandemia, la plataforma sensorial que propone cobra fuerza. “Nos estamos haciendo más conscientes de la importancia de tocar, de cómo nos alienamos, incluso sufrimos con la prohibición de tocar.” Ahora, cuando lo permisible vuelve a concentrarse en lo visual, la situación resulta estimulante para su trabajo. “Para mí Formas blandas es crear un acceso inédito al arte y, lo más importante, a la realidad, porque tocar es otra forma de mirar.” ~


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