Lucia Berlin ha vuelto | Letras Libres
artículo no publicado

Lucia Berlin ha vuelto

Primero fue Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016), el libro que reunía una selección de los cuentos de Lucia Berlin (Alaska, 1936-California, 2004), una escritora elogiada por colegas escritores, pero desconocida en general y cuyas historias, prologadas por Lydia Davis y reunidas por Stephen Emerson, se convirtieron en el libro del año. ¿De dónde había salido esa mujer? ¿Y por qué nunca nadie nos había hablado de ella? Pero, sobre todo, ¿qué tenía que explicara la entrega total que suscitó ese primer volumen de cuentos escogidos en todas partes?

Una parte del secreto del éxito póstumo de Lucia Berlin está en la extraña sensación de familiaridad que producen sus cuentos: sus protagonistas suelen ser mujeres, de diferentes edades y de diferentes clases sociales, a veces están en México, otras en Nueva York, algunas son alcohólicas, otras enfermeras, pero en el fondo todo eso da igual: la escritura viva y fresca de Berlin, como si no le hubiera costado nada contar eso así, las hace terriblemente familiares y cercanas. Una noche en el paraíso, un segundo volumen de cuentos, acaba de publicarse en España. Y aún queda una tercera entrega, esta vez de unas memorias que dejó inacabadas: Welcome home: a memoir with selected photographs and letters (llegará a España en octubre de 2019).

Berlin nació en Alaska, pero durante la Segunda Guerra Mundial, cuando su padre fue llamado a filas, vivió con su madre y su hermana con los abuelos maternos. Después, el padre aceptó un puesto en Chile y la familia se trasladó allí, donde vivieron como aristócratas. De ahí a Nuevo México, Nueva York, México, California: hasta un total de dieciocho lugares a los que ella llamó hogar. Estudió en la Universidad de Nuevo México y ahí le dio clase Ramón J. Sender. Se enamoró de un mexicano para gran disgusto familiar y a los diecisiete años se casó con un escultor que la abandonó cuando estaba embarazada de su segundo hijo. Tuvo dos matrimonios más y dos hijos más con el tercer marido, un músico carismático y adicto a la heroína. En 1968 se divorció de él: tenía 32 años, cuatro hijos y tenía que trabajar. Fue profesora, mujer de la limpieza, enfermera, recepcionista... toda esa lista de empleos que desempeñan las protagonistas de sus cuentos. Aunque alcanzó la estabilidad económica y laboral y consiguió dejar el alcohol, sufría muchos dolores de espalda a causa de una escoliosis que terminó por perforarle un pulmón. La relación con su familia no fue fácil: una madre alcohólica y depresiva –perdón por el pleonasmo– y una hermana de la que se distanció y con la que se reencontró cuando esta enfermó de cáncer.

Esa vida absolutamente novelesca e increíble aparece en sus relatos, cuya base es autobiográfica y permite que se lean como una especie de novela en marcha sobre las venturas y desventuras de un personaje que cambia de nombre, pero que en realidad es siempre un álter ego de Lucia Berlin. Pasaba en Manual..., donde quizá los cuentos más emocionantes y sorprendentes eran los dedicados al reencuentro entre las hermanas y a los amores ligeros de la madurez. Y pasa también en Una noche en el paraíso, donde el recorrido cronológico es algo menor, también la presencia de la madre y la hermana de Berlin en la edad adulta, y donde Ava Gardner, Liz Taylor, Richard Burton y John Huston tienen un cameo inolvidable: el cuento que da título al volumen está protagonizado por el barman del pueblo donde se rodó La noche de la iguana. Como sucedía con Manual..., los cuentos siguen un orden cronológico, no de escritura, sino de vida del personaje. Hay algunos cuentos de los que resulta imposible olvidarse: “Andando. Un romance gótico”, sobre la entrada al sexo de la protagonista; “Itinerario”, en el que una chica viaja de Chile a Nuevo México haciendo escala en Lima, Panamá y Miami: en cada una de las escalas le espera alguien enviado por su padre que le revela un nuevo punto de vista sobre él y lados desconocidos. O “Lead Street. Albuquerque”, el relato de su primer matrimonio contado desde el punto de vista de una amiga, o “La Barca de la Ilusión”, el relato de una familia que se ha trasladado lo más lejos posible de los camellos y las drogas para que el marido siga limpio y cómo todo se tuerce. Hay otros en los que el patetismo aparece mezclado con la comicidad y la ternura, como “Navidad. Texas. 1956” o “Las (ex)mujeres”.

No importa si los relatos hablan de su vida y sus errores o son deformaciones, a veces habla de personajes con los que se pudo haber cruzado en alguno de sus trabajos y les cede el protagonismo, como en “Hijas”, o en “Una noche en el paraíso”. Da igual, sus cuentos siempre respiran y al mismo tiempo van directos al lugar donde quieren ir. No hay autocomplacencia en los relatos autobiográficos, ni sentimentalismo ni resentimiento. Es hábil jugando con los puntos de vista y los diálogos, pero también es capaz de escribir cuentos más corales, como “Navidad, 1974”” o “Mi vida es un libro abierto”, o relatos sobre la soledad, como “Perdida en el Louvre”, donde escribe: “Le pedí a la peluquera que me lo aclarara otra vez, tan desesperadamente necesitaba el contacto humano.” Y cuando llega a una sala sobre la que no había leído nada, en la que hay “una curiosa colección de artefactos corriente de distintos periodos”, dice: “Como la muerte, esa sección no tenía nada de extraordinario. Era de lo más inesperada.” ~


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