Louise Glück: nacer y morir | Letras Libres
artículo no publicado

Louise Glück: nacer y morir

En la reciente presentación de Confía en la gracia, el último libro de Olvido García Valdés, esta autora comentaba que la poesía es intransitiva. Las oraciones intransitivas son aquellas que no tienen complemento directo. A diferencia del lenguaje que cotidianamente empleamos para dirigirnos a otros, el lenguaje poético parecería no dirigirse a nadie, o dirigirse a quien habla. Esto, por supuesto, no quiere decir que no pueda dirigirse a lectores y oyentes, que no pueda transmitir información, expresar o suscitar emociones, crear estados de ánimo. Lo que quiere decir es que estas posibilidades no constituyen su esencia, su razón de ser. A veces percibimos un poema como algo inmóvil, atemporal o impersonal: eso es lo que hace que, por decirlo de algún modo, nunca pierda actualidad.

Cuando se explican los verbos intransitivos, suelen ponerse dos ejemplos: nacer y morir. Estos dos verbos nos pueden servir para aproximarnos a la obra de Louise Glück, que en sus poemas aborda sus aventuras vitales, sus muertes y renacimientos, haciendo un riguroso esfuerzo de introspección, hablando interminablemente consigo misma, sabiendo que la vida “nunca bastará, nunca estarás saciada”. Glück disecciona también en sus distintos libros distintos aspectos de la condición femenina. “La tarea era enamorarse”, afirma, y habla en estos términos de la percepción que durante la adolescencia tenía del matrimonio: había “una parte de ti que pensaba. / Casarse significaba: mantenla en secreto”. Ese mundo secreto, el de los sueños, los miedos, las fantasmagorías y el deseo –las fuentes del pensamiento, podríamos decir–, es lo que muchas mujeres sienten que deben mantener al margen de los espacios públicos. Todo eso se nombrará en voz baja, y no solo por la presión social. No se piensa a gritos. “Existimos en secreto”, escribe.

Suele decirse que los buenos poetas tienen una voz reconocible. Evidentemente, se emplea el término “voz” en un sentido metafórico, pero se pasa por alto que también tiene una dimensión completamente real. Cuando leemos un poema en silencio, cuando vamos procesando las palabras, los ritmos, los fonemas, pero también los saltos de verso o de estrofa, los espacios en blanco, la longitud de las frases, se produce una reacción en la mente que es igual que la reacción que genera la voz hablada: nos llega muchísima información, que tiene que ver con ciertas características de esa voz pero también con los movimientos afectivos o intelectuales que determinada voz suscita en nosotros. Los músicos hablan del oído interno para referirse a esto: es la capacidad de “oír” (de tener una experiencia física con el sonido) leyendo una partitura. Los anglosajones hablan de “the mind’s eye”: podríamos traducir este término por “imaginación”, pero especificando que se refiere a la capacidad de la mente para producir imágenes sin la intervención de la vista.

Si hablo aquí de la voz de los poemas es porque me parece uno de los aspectos más interesantes de la obra de Glück. “Estás vivo porque me oyes”, escribe. Y en otro lugar: “estar solo: donde no te oye nadie”. De algún modo, en estas dos citas está contenido todo lo que dice esta autora. Están en los matices de su voz la impresión de la muerte y la idea consoladora de que los muertos se conforman con la muerte y quizá “no ser baste”. No ser, por cierto, tal vez sea el colmo de la intransitividad. Lo interesante es que lo que originó este pensamiento fue algo tan vital y dinámico como “las migraciones nocturnas de los pájaros”: las mudanzas necesarias para seguir viviendo, el deseo de cambiar de vida. Porque, como afirma en otro de sus textos, lo que nos hace daño no es la muerte, sino la vida.

“Estoy cansada de tener manos”, escribe. “Quiero alas.” “Estoy cansada de lo humano”, añade. “Quiero vivir en el sol.” Pero el deseo de cambiar de vida oscila entre este futuro fantástico e improbable y la recuperación –más improbable todavía– del pasado: “quiero volver a sentirlo todo”, dice, y también que el pasado es “como el sol y la luna, / visible pero siempre inalcanzable” (la etimología de la palabra “retrato” remite a “volver atrás”; la introspección implica una exploración del pasado). Tal vez ese cansancio y ese deseo tengan que ver con la conciencia de que uno no acaba de ser quien es: hay algo ajeno, impropio, en la existencia humana. “¿De quién es la vida que vives?”, se pregunta Glück.

La respuesta a esta pregunta exige, repito, una introversión radical, una intensa investigación interior que es otro de los rasgos más singulares de la obra de esta poeta. Lo que se encuentra es la “propia voz transformada en la voz de la naturaleza”. Dice del mundo que “era todo / espacio interior: nada / entraba ni salía”. Habla de su “encarnizada visión de una sola cosa en cada momento”. La luz del otoño, el viento, los árboles, las aves, pesan por la marca que dejan en la voz de quien habla. “Uno deja entrar al mundo” en su vida.

El cambio de vida, por lo tanto, es ante todo interior: “¿Tiene que suceder en el mundo para ser real?” Pero también, en otra dimensión, es consecuencia del paso del tiempo: en la vejez, la primavera ya no llega “como amante sino como mensajera de la muerte”, lo cual es en cierto modo una liberación. Gracias a esta libertad adquirida con los años, Glück puede afirmar: “por primera vez me encuentro / capaz de mirar hacia adelante”. Pero quizá donde mejor se manifiesta esta fe en la posibilidad de cambiar es en unos versos que afirman que “el lugar en que uno empieza no determina / dónde acaba”.

Sin imágenes deslumbrantes, sin ningún tipo de brillantez, haciendo casi un valor ético de la monotonía, la poesía de Louise Glück impacta por su carácter directo, aunque muestre siempre una conciencia de que “la palabra misma / es falsa, un instrumento que refuta / la percepción”. Se desconfía de las palabras; la verdad, insisto, está en la voz.

Esta desconfianza tal vez sea lo que le aporte a la voz sus resonancias irónicas, que no siempre se escuchan con claridad. Glück se plantea si la ironía no podría ser “la forma más elevada de la compasión”, una idea que, por cierto, no sabemos si debemos escuchar irónicamente.

“El maestro dijo Debes escribir lo que ves./ Pero lo que veo no me emociona. / El maestro contestó Cambia lo que ves.” Así comienza Vita nova, libro en que se habla explícitamente de esta cuestión que, en mi lectura, es el leitmotiv de la obra y de la vida de Glück. Los poetas, dice en otra parte, “transforman, en silencio, los meros hechos en augurios / hasta que el mundo refleja las necesidades más profundas del alma”.

Nacer y renacer, morir una y otra vez, instalarse en una zona que es a la vez efímera y eterna: estas parecen ser las propuestas de esta poeta que, después de decir de sí misma que es “demasiado irónica”, concluye: “Pensaba que mi vida había terminado y que mi corazón se había roto. / Después me fui a vivir a Cambridge.” Maravillosa noticia: por lo visto, cuando la llamaron para comunicarle que había ganado el Nobel, dijo que gracias al dinero del premio podría irse a vivir a Vermont y empezar, una vez más, una nueva vida. ~


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