Los sueños que acechan | Letras Libres
artículo no publicado

Los sueños que acechan

Carmen Maria Machado

In the dream house

Mineápolis, Graywolf Press, 2019, 264 pp.

Este libro –dedicado “para ti, si lo necesitas”– habla de sentirse amada por y amar a tu atacante y del terror y la vergüenza que implica ser consciente de esta paradoja. Habla también de que no te crean, del peligro del silencio y la crueldad de cierto escepticismo. ¿Existe una historia más conocida que esa? Sin embargo, In the dream house sitúa su breve archivo de la violencia en un contexto menos atendido: las relaciones lésbicas.

El concepto legal de la mujer golpeada (battered woman) ha existido en Estados Unidos desde los años setenta pero esta designación, nos dice Carmen Maria Machado, suele enfocarse en las experiencias de mujeres blancas, heterosexuales y víctimas de un abuso físico. Como resultado, numerosas violencias de tipo verbal, emocional o psicológico –que a su vez suceden fuera de las concepciones de normalidad que marca esa categoría– pasan sin dejar registro, como si no hubieran existido. Esta memoria de Machado se suma al inventario breve y mal llevado del abuso en las relaciones románticas entre mujeres con la esperanza de que le sirva a alguien más para reconocer el cariz de su tormento.

La exploración doble del recorrido, creativa y académica, es simultáneamente el recuento de una relación pasada y una reflexión sobre el poder del discurso heteronormado para anotar y borrar realidades. Machado sabe que estamos atravesadas por los relatos que nos contamos, aquellos que nos permiten descifrar los sentimientos confusos y que se explican con una metáfora. Por eso, la autora comienza cada entrada con una apuesta retórica distinta y titula cada capítulo con un tropo literario: “Dream house as romance novel”, “Dream house as Bildungsroman”, “Dream house as Chekhov’s trigger”, “Dream house as ambition”, “Dream house as cautionary tale”, “Dream house as Choose Your Own Adventure”, etc. Sin embargo, además de metafórica, esta casa de ensueño (o de los sueños) es real. Tiene dirección, se puede encontrar en el mapa, nos dice Machado, “podrías manejar hasta allá en tu propio coche” e imaginar qué pasó ahí.

Las notas al pie complementan ese andamiaje teórico. En “Dream house as mystical pregnancy”, por ejemplo, Machado cuenta la vez en que padeció síntomas como de embarazo a pesar de no haber tenido sexo con una persona con pene en años. Le da risa y luego, rápidamente, miedo, porque conoce los celos de su pareja y su disposición para fabricar historias que la incriminen. En las notas al pie, la autora explica esa condición imaginaria de los embarazos “por comer mangos”, “por comer espinaca”, “por tragarse una perla”. Son motivos literarios tomados del Motif-index of folk-literature, un compendio de elementos recurrentes en fábulas y leyendas escrito por Stith Thompson.

La escritura de Machado transita continuamente entre lo personal y las muchas comunidades a las que pertenece: es mujer, bisexual, víctima de abuso doméstico y lo es en un contexto que no suele ser discutido en público. A través del recuento de su relación y, en menor medida, en su visita a otras historias de abuso en relaciones lésbicas, ofrece líneas de reconocimiento, pautas para entender lo que este trato le hace a quien lo sufre. Machado nos invita a su mente para que podamos entender lo que vivió y lo que seguramente viven muchas más.

De este apego por lo personal surge una de las críticas recurrentes a su libro: el que ponga su propia experiencia al centro y las ajenas al margen. Pero In the dream house no es una investigación ni un ensayo creativo sobre las razones o historia del abuso queer. Es una memoria y el yo su hilo conductor. Machado y sus palabras son, como la casa de ensueño, metáfora y ejemplo; estadística y persona. La voz del yo no está para suplantar, no es autoritaria. Y en la medida en que traza círculos viciosos (y no caminos lineales), interrumpidos apenas por la difícil fe de creer que no merece esa violencia, esta voz puede servir de acompañamiento.

Machado procura extender ese cuidado a sí misma, a veces sin éxito. El intercambio entre la primera y la segunda persona gramaticales ejemplifica la escisión que habita en la narradora a raíz de esa relación. Su yo escribe desde el presente de la escritura, en el que ha decidido formar un proyecto, vivir otra vida. El aparece siempre en medio del abuso, es el pronombre de una acusación: te enamoraste, te quedaste, no supiste ver las señales. Al centro de esta tensión se encuentra la lucha porque sus palabras no sean usadas en su contra. La cita de Zora Neale Hurston, uno de sus epígrafes, resume su intención: “Si no hablas de tu dolor, te matarán y dirán que lo disfrutaste.” El relato de Machado está minado con la conciencia de saber que habrá quien dude de ella porque su abuso se veía venir a leguas. En el tropo de la mujer maltratada, la víctima lo es por su propia falta de criterio.

“¿Qué es peor: escribir un tropo o ser uno? ¿Qué tal si eres más de uno?”, escribe en Su cuerpo y otras fiestas (2017), su libro de cuentos finalista del National Book Award. En él nos presenta a los monstruos que se esconden en las expectativas del amor y el sexo, en las culpas que carga el cuerpo no normativo, en los escenarios apocalípticos que la humanidad ha creado sin ayuda, en los límites no respetados de la intimidad, en la ferocidad del deseo posesivo.

El monstruo de In the dream house es una rubia bajita de unos cincuenta kilos, la dream girl que se convierte en lo contrario. Desde el prólogo los lectores sabemos lo que nos espera. “¿Pero quién lee el prólogo?”, se pregunta Machado, como diciendo ¿quién alcanza a escuchar la advertencia? Incluso si ella misma viajara en el tiempo para prevenir a su yo del pasado, piensa, no habría sabido descifrar el mensaje en el momento oportuno.

La autora no deja en claro si ella ve un vínculo entre ciertas prácticas patriarcales (como la monogamia) y la posibilidad de violencia dentro de las relaciones lésbicas, pero sí hace hincapié en no imponer métricas heterosexuales sobre relaciones que no lo son. Este tipo de lecturas solo produce equívocos como el de creer que la mujer más corpulenta o “masculina” será quien violente. Leer una relación lésbica desde la heterosexualidad es invalidarla, subraya, cansada, seguramente, de cuidar que su testimonio de abuso no se utilice para justificar su propia discriminación.

Machado escribe con inteligencia y dolor, pero hay un monstruo que se le escapa. La autora cierra con un agradecimiento a su esposa, Val, en el que dice: “Lo volvería a hacer, cariño. Me trajo a ti.” El amor romántico por el que vale la pena sufrir para alcanzarlo, ¿no es otra historia que nos hemos creído desde pequeñas? No quisiera ser yo –una mujer heterosexual en una relación monógama– quien le diga a una mujer queer que ese amor que tiene que seguir defendiendo, creando, archivando, puede ser tan peligroso para ella como lo es el mío para mí. Pero las dos necesitamos saberlo: aquí también existe el abuso. ~


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