Los recuerdos de Ida Vitale | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Sofía Gervaz

Los recuerdos de Ida Vitale

 

Aún es invierno en Montevideo; sin embargo, es una tarde soleada y cálida que nos hace disfrutar de la rambla –nuestro paseo marítimo– camino a casa de la escritora que ha aceptado recibirnos. Llegamos puntualmente, tocamos el timbre, pero nadie responde. Finalmente, aparece –leve y presurosa– Ida, la poeta de la que todos hablan por estos días: su retorno a Uruguay, el premio Cervantes, las reediciones de su extensa obra.

Entrar a su nueva casa, esa que su hija Amparo ayuda a armar, es saber que detrás están Austin y el adiós a Enrique. Nos invita a pasar y nos vemos rodeados por bibliotecas, fotografías, obras de arte. Nos sentamos en la sala, al lado del ventanal por el que generosamente entra la luz de la tarde, y comenzamos a conversar con esta mujer que vive sola y procura vérselas con un barrio al que va conociendo, una ciudad que vuelve a descubrir después de tantas décadas.

Con naturalidad nos pregunta si sabemos dónde se pueden comprar cordones para zapatos, conversamos sobre política nacional, la actividad teatral local, cuáles son nuestras preferencias literarias y quiénes son los escritores uruguayos actuales. ¿Quién entrevista a quién? ¿Qué nos ocurre esta tarde de agosto de 2019 –mientras tomamos el té– con las palabras, las nuestras y las ajenas? ¿Qué nos ocurre con las evocaciones que esta conversación despierta? Algo escapa, se fuga, se nos muestra una vez más inaprensible, pero está.

¿Qué preguntar después de tantas preguntas? ¿Qué preguntarle, Ida, al encontrarnos con usted de esta forma singular? Si bien ya ha hablado muchas veces de los primeros años, de la importancia de su familia, de esa transmisión, tal vez nos gustaría empezar por ahí. En este presente, en este instante que se nos va a escapar, ¿qué puede traer usted de aquel mundo?

Si se nos va a escapar este presente, imagínense cómo se me habrá escapado a mí todo aquello. Es que es muy difícil, porque, salvo que ocurra algo catastrófico, las infancias suelen ser normales cuando no sucede algo así, y la mía fue relativamente normal. Lo digo desde el punto de vista de los gustos o de lo que puede influir en la escritura. Tuve la suerte de que había una biblioteca grande y había un tío que tenía un problema cardíaco, entonces estaba mucho en la casa y me leía. Me leía en italiano, libros que yo no podía leer, también en francés. Tenía una santa paciencia. Además, una tía muy astuta me ponía a limpiar una biblioteca chica. Los sábados de mañana me pasaba entre esos libros, pero, claro, la mitad de los libros eran esos que después me leía mi tío. Había, además, una amiga de mi tía, que era una mujer mayor, soltera, que tenía una sobrina que vivía al lado y quería mucho. Tenía toda la biblioteca de la chica que se había casado, le estorbaban los libros para llevárselos, no quería perderlos, pero no tenía lugar, entonces ella tenía la biblioteca de esa sobrina y me la iba prestando. Ese es otro problema, la relación que uno puede establecer con el libro, con los libros que uno tiene solo por un tiempo, que es como ir a una biblioteca pública. Solo que en la biblioteca uno va y los libros suelen estar. Evidentemente, yo era muy tímida de niña, me parecía un abuso pedirle que me trajera el libro. Y bueno, quizá, de repente importa más la idea del libro que no se recupera o que es más difícil de recuperar, que el libro que está ahí siempre.

Ni qué hablar cuando algún libro querido se pierde.

Yo he perdido más de una biblioteca. De repente me despierto y digo: “¡ay, sí!, aquel libro es uno que voló”. Pero mi biblioteca primera, de soltera, también voló. Así que eso crea un problema, porque de pronto hay libros que uno no puede ubicar. De repente el título a uno se le ha olvidado o hay una historia que solo repasando el libro se sabe si es de este o de otro, sobre todo en la infancia que uno lee sin un criterio muy científico. Pero entonces sí, eso a veces perturba.

¿Y recuerda qué leía?

Ah, de todo. Bueno, cosas absurdas. Leía novelas porque me gustaba el título, yo qué sé. A veces porque alguien me había recomendado algo. Una cosa al azar. Pero es curioso, sí, porque me acostumbró, me generó un hábito.

Estando en la Biblioteca Nacional me pasó una cosa graciosa. En esa época iba al colegio Elbio Fernández –que tenía un uniforme bastante triste: una pollera azul y una blusa gris, con un cuello azul–. Yo estaba allí y vi todo un grupo, vi la mancha gris y dije: “Esas son del Elbio. ¿Qué están haciendo acá?” Las habían llevado para que conocieran la biblioteca formalmente. Pero habían llamado a mi casa, mi tía estaba en la escuela, y dijeron: “No, no, ella nunca está de tarde.” “¿Cómo que no está de tarde?”, preguntaron. “Y no, dicen que va a la biblioteca”, dijo la empleada. Así que cuando la maestra vio que yo estaba en la biblioteca habrá dicho: “Bueno, a esta no tenía que traerla, ya venía sola.” Todo esto, además, me dio una gran libertad.

Continuando con la etapa de estudiante, pero en la facultad, ¿qué recuerda de esa época?

En realidad, la Facultad de Humanidades salió de la nada porque se acababa de fundar. Antes de que existiera, una amiga y yo habíamos dicho: “Bueno, queremos estudiar, ¿pero dónde?” Entonces resolvimos que nos íbamos a ir. México era un país donde podía haber algo, pero era absolutamente impracticable. Yo un día tuve el coraje de ir a una embajada, creo que fue a la de México, a decir que yo quería ir a estudiar, a pedir una beca. No sé si existían las becas o se me ocurrió que podía haber. Me atendieron con una gentileza enorme y me despacharon de vuelta. Y, bueno, empecé a estudiar derecho, que en realidad era lo que me gustaba. Estudié tres años, hice todo lo necesario para ser procuradora. Me tragué todos los códigos, que me encantaban, eso es lo raro.

Pero después se fundó la Facultad de Humanidades, yo me sentía muy cómoda estudiando derecho, me gustaba. Creo que eso fue lo que más me llevó por el lado de los códigos, la necesaria precisión, cómo una coma de más o de menos podía armar un lío.

Mire dónde andan algunas cosas. Hemos pensado tanto en la precisión de su poesía, en un trabajo tan preciso con el lenguaje.

Bueno, no pienso que vaya a ocurrir alguna catástrofe si falta una coma. Es una manera de tomar conciencia de lo que debe ser. No sé si uno a esa altura piensa en mensajes, pero por lo menos la formulación que responda a lo que uno quiera decir. La lectura de los códigos fue importante para definir lo que luego sería mi poesía. Allí comprendí cierta sobriedad porque el código, sobre todo el Código Civil, está escrito con el mínimo de palabras y la mayor aproximación posible a lo que se quiere decir. Desde siempre lo sentí así: hay que escribir sin adornos, pero con eficacia. Los códigos me despertaron la sensación de que si te apartás de la norma, sea genérica o sea la que uno se impuso, la cosa cambia y corrés riesgos.

El soneto fue una de las primeras formas que usted cultivó.

Sí. Me fascinaba. El verso libre también, que tiene sus reglas tan rigurosas como lo otro, pero son más evidentes las del soneto.

Es complejo escribir un soneto.

No tanto. Lo que sí es difícil, quizás, es que un soneto se distinga de otros, que no sea solo el truquito de la forma. A mí eso me encantaba en Gerardo Diego porque, de alguna manera, rompe esa idea un poco inicial de que cada verso tiene que ser completo, que tiene que cerrarse. Tan difícil debe ser una cosa como la otra, proponérselo y cumplirlo, pero a mí el soneto me parecía más logrado.

Al principio de su obra, ¿fue una escuela para usted esa rigurosidad del soneto que después le permitió experimentar otras formas?

No sé, supongo, todo aprendizaje ayuda, ayuda incluso a romper, a buscar otra cosa. Hay momentos en que se vuelve a lo clásico, los italianos con ser muy libres también vuelven, si no será la presencia impresionante de Dante que los obliga a la forma y a cumplir con ciertas cosas. También está el soneto francés, está Mallarmé, nada menos, Valéry... Pero bueno, lo que pasa es que uno se movía entre todo aquello y todo tentaba.

Le mostramos un audio que se conserva en el archivo de radio Uruguay del Sodre, donde Ida leyó varios poemas de su primera época: “Paso a paso”, “Sobrevida”, “Cambios”, precedidos por esta introducción:

Quizá mi larga convicción de que la poesía, o gran parte de ella, no necesita la lectura en voz alta venga de que la mía sale escrita más que dicha y de que leyéndola me parece que le estoy enrareciendo mortalmente el aire, cambiando los caminos que la rodean con lo que se me pierde. Algunos sabrán que esta fue la primera vez que leí en público poemas míos, dejando un poco una costumbre en honor de este afán registrador, museístico, levemente macabro, que aduce que nuestras cenizas, incluso la de nuestra voz, no nos pertenecen.

Escucha su propia voz y su mirada parece detenerse en un punto invisible donde el pasado y el presente se hacen guiños. La entrevista se distiende en el entramado de las evocaciones y las voces que se pierden. ~

Fragmento editado de Ida Vitale. La escritura como morada, volumen coordinado por María José Bruña Bragado, que la Universidad de Sevilla pondrá en circulación este otoño.


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