Los que mantienen la llama | Letras Libres
artículo no publicado

Los que mantienen la llama

Cuestionado sobre la subsistencia del teatro ante los embates tecnológicos y culturales de la actualidad, Peter Brook responde: “La única verdad es que el teatro es una experiencia viva. Fluctúa y cambia. Quienes trabajamos en esto tenemos la responsabilidad de no dejar que se apague la llama.” A lo largo de 2019 tuvimos diversas propuestas teatrales que sería imposible atender en un espacio tan breve. Me he concentrado en algunas obras relevantes que se presentaron durante los últimos meses del año. En este recorrido se cotejan las muy distintas visiones de mujeres y hombres de teatro que ejemplifican el compromiso del que habla Brook.

Un Tito Andrónico para el siglo XXI

Imperecedero en sus temas y abordajes sobre la condición humana, el reto que presenta montar a William Shakespeare en la actualidad implica siempre un ejercicio de ajuste y conciliación, especialmente si se le presenta dentro de un ámbito comercial. En Titus, Angélica Rogel, una de las creadoras escénicas más tenaces y fecundas de la actualidad, confronta el desafío desde la dirección, traducción y adaptación de Tito Andrónico, la pieza más cruenta y polémica escrita por el bardo, bajo una interesante síntesis que abarca la focalización de la anécdota dramática en sus puntos clave y la economía de recursos escénicos que facilitan el ritmo de la acción. Centrada en la soberbia del general romano (interpretado por Mauricio García Lozano) que al regreso de la guerra se empeña en satisfacer un código de honor que protege más a su persona pública que a sus propios vástagos, la historia nos conduce por el ciclo de venganza brutal perpetrado por la reina Tamora (Nailea Norvind) con ayuda de su amante Aarón (Pablo Perroni) frente a las cada vez más desatinadas elecciones del patriarca, estableciendo una auténtica carnicería humana en la que el sinsentido de la violencia alcanza un nivel apoteósico sin par histórico en la literatura dramática, pero que se encuentra constantemente superado en la realidad. Ante semejante disyuntiva, la directora aborda discretamente y desde lo simbólico los injuriosos actos requeridos por la obra como una elección que va más allá de lo estético, pues pretende conectar con el clima de violencia que vive nuestro país, como lo sentencia en el programa de mano. El Titus de Rogel sorprende por su levedad y rapidez, elementos propios a este siglo no muy comunes en las representaciones académicas de Shakespeare, pero el montaje va arrastrando consigo la insustancialidad del personaje principal, ya que la síntesis trastoca su arco dramático al enfocarse en sus malas decisiones sin ahondar en la profundidad de su carácter, dando como resultado un claro desvío en la contundencia del original. Pese a sus tropiezos, la obra presenta un hallazgo interesante y valioso al que sin duda Rogel dará un mejor aprovechamiento en futuros trabajos, pues abre una vía propicia para el consumo comercial de textos clásicos en la que subyace una importante conciencia sobre el tiempo y la capacidad de concentración del espectador contemporáneo, como lo demostró la buena afluencia de público que obtuvo en la temporada que se llevó a cabo en el Teatro Helénico.

Al ensayo por el teatro

A través del título Serie de encarnaciones filosóficas las creadoras escénicas Juliana Faesler y Clarissa Malheiros, fundadoras de la compañía La Máquina de Teatro, llevaron a escena el cruce entre vida, arte y pensamiento de Franz Kafka, Fernando Pessoa y Antonin Artaud como tres figuras del siglo XX reunidas bajo el mero gusto y la indagación personal, en aras de explorar las posibilidades escénicas de la filosofía. La propuesta, que tuvo una exitosa temporada en el Teatro Santa Catarina de la unam, centra su atención en la magistral caracterización de Malheiros, quien usurpa el cuerpo ficticio de los autores. Las tres obras se presentan desde una posición didáctica, más no elemental, que por medio de recursos austeros establecen una sinécdoque del universo de cada uno de los invocados, creando un cuadro escénico de atractivas imágenes en el que se proyecta un vínculo entre acciones e ideas. La propuesta da como resultado un formato en el que lo escénico se aproxima al género del ensayo al tomar a cada autor como el eje de un tema y confrontarlo con pensamientos e ideas de otros por medio de la enunciación de la cita, así como el ágil desdoblamiento de Malheiros del personaje a la persona para dialogar con el público, lo que permite el acceso a un área personal que provoca la reflexión conjunta. De igual forma cada uno de los elementos elegidos tiene una función tanto simbólica como discursiva como lo es el caso del títere en Artaud: ¿cuánto pesa una nube?, acaso la más conservadora de la serie, pues su cualidad expositiva se abre menos hacia la discusión, pero en la que se valoran potentes elementos evocativos como lo es la imagen del zapato anclado a la cama de hospital, última morada del creador del “teatro de la crueldad”. En suma, la interesante iniciativa de La Máquina de Teatro muestra una novedosa y auténtica forma de abordar la acción del pensamiento desde el teatro, utilizando a estos autores para ilustrar cómo se construye una visión propia del mundo y la resonancia que pueden tener en nuestra vida cotidiana.

Ante el simulacro de una idea

Presentada en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, La ceguera no es un trampolín del dramaturgo y director David Gaitán nos presenta un impoluto espacio futurista habitado por tres maniquíes de choque (Harif Ovalle, Michelle Betancourt y Raúl Villegas) quienes, a modo de los vagabundos de Samuel Beckett, parecen no tener otra ocupación más que la de esperar y contar historias con peligro de que los asalte una buena idea o la temible ola de la literalidad. Ocasionalmente, son visitados por personajes reconocibles con los que al parecer cohabitan o forman parte de su imaginación y se burlan cuando intentan hacer de sus historias una ficción. Aquello que enuncian parece ser alimentado por un algoritmo que genera eslóganes y tropos retorcidos, conformando un drama absurdo y circular que se sostiene ante la expectativa de un posible enigma que será resuelto, como por qué están ahí o para quién generan las ideas, hasta que intempestivamente rompe su ciclo para deconstruirse (literalmente) en su propia invención y mostrar la capa conceptual que conforma la obra. Es en este punto que se asoma un atisbo de preocupación por parte de Gaitán para los recién egresados de las carreras de artes escénicas, ya sea por la falta de oportunidades laborales o las veleidades estéticas a las que se enfrentarán para sobresalir de la masa. “¡6,500 ciegos ante el abismo!”, grita una de las actrices despojada de la máscara en referencia a los recién llegados y prosigue junto a los demás intérpretes en una queja coral que pierde objetivo. Críptica en sus intenciones e infranqueable por momentos, la obra logra trascender si se abandona el ansia de entendimiento para dar paso a la estimulación de los sentidos, aunque al final resulte una calculada mezcla de estilos que ronda la provocación, pero no alcanza a fustigar a falta de abrir la comunicación con el espectador no especializado. La obra resulta un artefacto que dialoga consigo mismo para que otros lo observen. Otra posible definición del teatro. ~


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