Los pantalones de Chavela | Letras Libres
artículo no publicado

Los pantalones de Chavela

En su libro Queer Mexico, el investigador y crítico Paul Julian Smith revisa la producción de cine y televisión con temática lgbt+ producida en México desde el 2000. Y es que el nuevo milenio –plantea Smith– trajo cambios que se reflejaron en la representación abierta de diversas identidades sexuales. Los cambios, explica, vinieron con la derrota del pri tras setenta años de ostentar el poder y con el agrietamiento de su modelo cultural nacionalista y patriarcal. La homofobia que en el siglo pasado daba identidad al mexicano valiente y macho fue, por primera vez, restringida y sancionada: en 2010, las leyes de la Ciudad de México aprobaron el matrimonio entre personas del mismo sexo y, en 2013, la Suprema Corte determinó que la libertad de expresión no protegería el discurso homofóbico. Aunque el autor de Queer Mexico acepta que la homofobia sigue asomándose en los comportamientos, a veces letales, de millones de mexicanos, el recorrido audiovisual del libro muestra que han quedado atrás los días en que se exigía a gays, lesbianas, bisexuales y trans “hacer sus cosas” en espacios reservados (colonias “tolerantes”, salones privados, etcétera).

Uno de los puntos que prueba Smith a través de documentales, telenovelas, series web y películas de ficción con temática lgbt+ es que, en el siglo XXI, los protagonistas asumen su identidad sexual en un mayor número de contextos cotidianos y lugares públicos. Incluso las lesbianas, más invisibilizadas que los hombres gay, están hoy más presentes que antes. Algo impensable en el siglo pasado, donde cualquier desviación de la norma heterosexual debía mantenerse en secreto, calcularse con cuidado, o bien, convertirse en show y tomar la forma de personajes extravagantes, inocuos siempre y cuando permanecieran sobre un escenario.

Pocas cosas ilustran tan bien esta evolución cultural como el documental Chavela (2017), de las directoras Catherine Gund y Daresha Kyi. (Por ser una producción estadounidense, no podría ser parte de las películas analizadas por Smith.) Exhibido primero en el festival de Berlín y ahora en salas mexicanas, la película hace un recorrido por la carrera de altibajos de la cantante Chavela Vargas. Aunque nació en Costa Rica, en 1919, Vargas se dio a conocer como una de las intérpretes más poderosas de música mexicana –y como una que rompía las normas–. Buena parte de su singularidad como artista nació de una actitud desafiante a un mundo que, desde niña, le reclamó no “encajar”. Vargas era lesbiana pero, más allá de eso, nunca se identificó con los ademanes y símbolos estereotípicos de la feminidad (ya no se diga los símbolos de mediados del siglo pasado: corsés, crinolinas y bocas pintadas en forma de corazón). Al principio de su carrera, Vargas intentó adoptarlos y fra- casó. (“Vestida de mujer parecía travesti”, dice Chavela en el documental.) Al ver que no era lo suyo y que pasaba inadvertida, un día decidió aparecer en el escenario con el pelo recogido en una trenza apretada, nada de maquillaje y, lo más trasgresor, llevando pantalones: algo inapropiado para una mujer de su época. (Apenas unos años antes Katharine Hepburn había hecho lo mismo, pero el resto de su arreglo atenuaba el efecto masculino.) Según cuenta en el documental, el público que asistía a escucharla aceptó su desafío. “De repente te vistes en una forma extraña y da un brinco la cosa”, dice. “Me puse pantalones y todo el público se quedó callado.” A su indumentaria andrógina, Vargas añadió un estilo masculino de interpretación: voz grave y rasposa, ningún gesto de coquetería pizpireta y un repertorio de canciones –la mayoría, de José Alfredo Jiménez– que describían a un amante desolado y perdido en un mar de alcohol.

El brinco del que habla Vargas hacia delante (y no a un precipicio) se debe al contexto del espectáculo. Ante los ojos de los políticos, artistas y personas influyentes que le aplaudían en sus shows y la invitaban a sus fiestas, Chavela era un personaje. Como bien señala Paul Julian Smith, en el México patriotero y patriarcal del siglo XX las preferencias sexuales diversas podían sugerirse pero no revelarse, ni discutirse en público. Con todo y su popularidad, el aspecto andrógino de Vargas y su comportamiento fuera de la norma le cerraron las puertas de escenarios grandes. Fue hasta 1995, tras triunfar en España, que Vargas se presentó en el Palacio de Bellas Artes. Más que una disección de la música de Chavela Vargas, el documental de Gund y Kyi es una crónica de la relación agridulce de la cantante con el país que simultáneamente le aplaudía y la ninguneaba. Haciendo eco de la tesis de Smith, Chavela es el retrato del México de la exclusión.

El eje de esta crónica es la entrevista que le hicieron las directoras a Vargas en los años de su exitoso regreso a México. Gund conversó con ella tras una de sus presentaciones en México en 1991, y luego Kyi se les unió para continuar la entrevista en su casa de Tepoztlán. Para apoyar el testimonio de la cantante, las directoras muestran fotografías y material de archivo que abarcan de su infancia a sus últimos años, y entrevistan a personas cercanas a su vida: otras intérpretes mexicanas, las actrices y activistas Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, el cantante Miguel Bosé y el director Pedro Almodóvar, responsable directo de su renacimiento artístico.

Las escenas más poderosas son aquellas en las que Vargas narra su propia historia. Ya septuagenaria, Chavela sugiere a las directoras hablar del futuro y no de lo que ya pasó. Aun así, accede a abrir la caja de los recuerdos tristes. Apenas comienza a narrar su infancia en Costa Rica, se hace evidente que nunca olvidó sentirse rechazada por su familia y su comunidad: cómo sus padres la escondían cuando recibían visitas o el día en que el párroco de su iglesia interrumpió misa para prohibirle la entrada. Todo por ser una niña “hombruna”. Vargas habla de un “coraje” que le hacía querer romper los muros de su casa –y aún no cumplía diez años–. Sin mucho riesgo a caer en psicologismos, podría asumirse que ese dolor incrustado moldeó al personaje “Chavela”: la tragedia y el abandono que expresan sus canciones parecen rebasar el ámbito de lo amoroso. Hablan de un miedo primario donde la ausencia del otro lleva a la desaparición propia. Quizá también ese dolor detonó el maratón alcohólico que Vargas corrió al lado de José Alfredo Jiménez. Sin pudores ni apologías, la cantante describe borracheras de tres días, durante las cuales ella y Jiménez bebían botellas sucesivas de tequila. Según cuenta el hijo del compositor, el dueño del bar Tenampa se asustaba cuando los veía llegar. La espiral descendente llevaría a Vargas a exiliarse doce años en Tepoztlán.

Chavela expone un contraste entre el carácter afable de la mujer y la rudeza del personaje que construyó sobre los escenarios. Pese a ello, evita la trampa en la que caen muchos documentales tributo al obviar los lados oscuros de sus sujetos. Una entrevista con quien fuera una de sus parejas más queridas, la abogada Alicia Elena Pérez, revela la atracción de Vargas hacia las armas de fuego. Según Pérez, la combinación de alcohol y pistolas la llevó a plantearle un ultimátum a la cantante: o dejaba de beber o no volverían a verse. Pérez se expresa de Vargas con cariño y reverencia, pero esta se refiere a su expareja como “una persona que me traicionó” y niega que influyera en su decisión de dejar el alcohol. El crédito entero se lo lleva un chamán.

“Mujeres y hombres tenían que ver conmigo”, dice Vargas de la época en que tuvo relación con esposas de políticos, con Frida Kahlo (y, una noche, con Ava Gardner). Época en que, a la vez, cualquier desconocido insultaba a las mujeres que osaran llevar pantalones en público. Parece un pasado lejano, pero el hecho de que Chavela sea un documental extranjero hace eco de su premisa: el México mainstream aplaude la música de Chavela Vargas, pero deja en manos de otros discutir la discriminación y el rechazo que le trajo su identidad sexual. ~


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