Los demócratas van por la izquierda | Letras Libres
artículo no publicado

Los demócratas van por la izquierda

Un fantasma recorre el Partido Demócrata: el fantasma del socialismo democrático. No fue el caso, sin embargo, que las fuerzas del viejo establishment –los “comunistas liberales”, como llama Žižek a los billonarios progresistas de Wall Street; las dinastías políticas, como los Clinton y los Kennedy; las maquinarias urbanas de Chicago, Nueva York y Washington, y las alicaídas burocracias sindicales– se unieran en santa cruzada para expulsar al fantasma. En realidad, existe hasta el momento una contienda relativamente civil entre las élites que han dominado el partido desde los años noventa, centristas y pragmáticas, y la insurgencia que busca rebasarlas de manera decisiva por la izquierda.

Esta civilidad tiene quizá su origen en el innegable triunfo cultural del ala más progresista del Partido Demócrata y las organizaciones e individuos a la izquierda del partido. La agenda legislativa demócrata que se va perfilando refleja la popularidad de sus demandas. Por ejemplo, según Reuters, no solo el 70% de los estadounidenses está ahora a favor de un sistema médico de cobertura universal, sino que incluso una mayoría de simpatizantes republicanos también lo está (Eric Levitz, New York Magazine, 24 de agosto de 2018). De igual forma, la demanda de acceso gratuito a la educación superior cuenta con el apoyo de casi dos terceras partes del electorado y se ha ido traduciendo en políticas concretas implementadas por gobiernos municipales y estatales por todo el país (Masha Mercer, Pew, 5 de enero de 2018).

En la lucha contra la discriminación racial y la violencia por motivos de género, la difusión masiva de los movimientos Black Lives Matter y #MeToo ha significado en los hechos una fuerte presión introspectiva para la dirigencia del Partido Demócrata, que ha visto así disminuida su capacidad para encubrir actitudes excluyentes o francamente discriminatorias contra mujeres y miembros de las minorías étnicas, como lo muestra la rápida caída del senador Al Franken por sus actitudes sexistas como comediante. Bajo el mismo impulso, la agenda demócrata se está volviendo más ambiciosa en sus objetivos de erradicar las expresiones más perniciosas de la discriminación de género, incluyendo la brecha salarial, y revertir las políticas de encarcelamiento masivo y gatillo fácil contra los afroamericanos.

En este panorama, delineado por el trasfondo de la gran insurgencia electoral de Bernie Sanders, no es de sorprender el éxito de corrientes organizadas que están empujando al partido hacia la izquierda. Una de ellas es digna de mencionarse a detalle. Antes de la elección de 2016, la vieja agrupación Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés) contaba con siete mil miembros a nivel nacional y nula presencia electoral. En dos años, la cifra de afiliados aumentó de modo exponencial hasta alcanzar cincuenta mil y ahora cuenta con varios concejales electos. En la temporada de elecciones primarias de este año, los DSA obtuvieron importantes victorias desplazando a experimentados políticos demócratas en busca de la reelección. Ahora los jóvenes socialdemócratas estarán disputándoles varias curules estatales y federales directamente a los candidatos republicanos.

La cara más conocida de esta oleada progresista es, sin duda, Alexandria Ocasio-Cortez, quien competirá por la representación federal de su distrito en Queens y el Bronx, en Nueva York, luego de imponerse sorpresivamente a un candidato de la maquinaria política neoyorquina. Ocasio-Cortez es hoy una figura pública nacional y en esa condición se ha vuelto blanco de los ataques republicanos. Su aparente inmunidad frente a una bien orquestada campaña, basada en las connotaciones negativas que históricamente el “socialismo” ha tenido en Estados Unidos, ha hecho preguntarse a más de un analista si Trump ha trastocado a tal punto los fundamentos de la política que hasta los socialistas aspiran a cargos públicos (Shadi Hamid, The Atlantic, 10 de agosto de 2018).

La explicación es quizá a la vez más simple y más complicada. La ola progresista que está llevando al Partido Demócrata a posiciones de izquierda antes inimaginables y que parece abarcar diferentes regiones del país está, paradójicamente, enraizada con firmeza en lo local. Sus jóvenes dirigentes han hecho un mantra de la estrategia de construir la movilización política desde las necesidades cotidianas de las comunidades. Mucho de esta concepción refleja las viejas formas del socialismo antes de la toma del poder; la predilección por el círculo de estudio (como los que promueve la revista Jacobin), el grupo de afinidad, el trabajo voluntario.

A partir de allí, la agenda nacional se conforma a través del método del denominador común; la convergencia de las necesidades locales más apremiantes: salud, educación, movilidad social, equidad. Las encuestas de opinión confirman la popularidad de las demandas y escudan a los socialistas de ataques frontales de sus rivales del establishment demócrata.

En efecto, el pragmatismo y la capacidad de acomodo son algunas de las características más sobresalientes de la generación de dirigentes demócratas al mando del partido desde el ascenso de Bill Clinton. Por el momento, el discurso y la agenda están más cerca de las bases movilizadas que de las burocracias partidistas; reflejan más la visión de Elizabeth Warren que la de Chuck Schumer.

Esta popularidad de los socialistas democráticos y sus demandas no garantizan en modo alguno el éxito del paquete completo demócrata en las elecciones de noviembre. Históricamente el éxito electoral de ese partido ha dependido de una vigorosa movilización (léase: maquinaria) electoral, que los progresistas están construyendo a base de apasionados llamados y no de incentivos materiales. A la vez, el matrimonio de conveniencia entre los insurgentes y la dirigencia establecida puede descomponerse rápidamente con disputas sobre el uso y la priorización de los recursos, por ejemplo. Además, la estrategia dinámica de construir desde lo local puede dar paso a la aplicación de recetas generales que no resisten el cambio de escenarios. Y varias cosas más.

La expectativa, sin embargo, es alentadora. Forzados a aceptar el fracaso en una elección presidencial que parecía imperdible, varios dirigentes en formación se rehusaron a tropezar dos veces con la misma piedra. Quizá. ~