Lorenzo | Letras Libres
artículo no publicado

Lorenzo

¿Gabino con be o con ve?, preguntas

la primera vez que escuchas su apellido.

Con be, respondo,

una be espigada y de pronunciación jugosa,

rica como los labios que se unen

para retenerla,

para soltarla después.

Los labios de Gabino eran flacos.

Tenía una boca huesuda.

Gabino era todo calcio, todo hambre,

todo carne sin la carne.

Tal vez, dices, la enfermedad lo roía

de adentro hacia afuera.

Por eso era tan delgado.

Recuerdo entonces el ataque:

Gabino en blanco,

sacudiéndose con violencia

en la banqueta sucia:

el espasmo, la sorpresa.

Gabino fuera de sí,

un esbozo de fantasma:

muñecas y piernas transparentes,

un adulto de treinta kilos

sostenido apenas

por los hilos de un dios aburrido.

Pero de adentro, pienso,

de sus entrañas casi vacías por la pobreza y la pena;

de ese desconocido en el piso, vulnerable,

emanaba más vida que de tus ojos

y los míos.

En esas cuencas angulosas,

listas para ser cuna de gusanos;

en ese rostro tenue,

sorprendido por la electricidad del cuerpo,

se reflejaba una luz triste pero insistente,

un rayito como de luciérnaga

atrapada en un vaso de vidrio.

Persistencia por vivir.

Ese es el brillo de Lorenzo.

Lorenzo y la luz:

la ele que nace cuando la lengua

se desliza, breve,

por los alveolos.

La ele del líquido ambarino

que resbala

de una herida mortal.

Lorenzo, ahora lo llamo por su nombre.

Lorenzo,

luminiscencia y lamento.

Lorenzo.

Recordémoslo así. ~