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Latinoamérica: el crisol inquieto

Tras varios años de lucha democrática, al día de hoy América Latina es un mosaico variopinto de regímenes, valores e ideologías. Dos libros de reciente aparición ofrecen nuevas miradas para comprender su compleja realidad sociopolítica.

Una región de claroscuros

Latinoamérica es un auténtico crisol de identidades, procesos y estructuras socioeconómicas y políticas, que cabe mal en cualquier simplificación. A cuatro décadas del despliegue de transiciones democráticas, nuestra región acumula avances, estancamientos y, más recientemente, retrocesos, predominando los claroscuros, confusos y problemáticos.

La recuperación regional de las democracias no vino de la mano con la construcción de Estados de bienestar robustos e inclusivos: más bien coincidió con la expansión de las políticas de ajuste neoliberal desarrolladas de modo más devastador que en otras regiones de Europa y Asia. Creció en varios países la clase media, sin que por ello desaparecieran franjas intolerables de pobreza. Se mantuvieron notables desigualdades en los terrenos social y económico, y en algunos casos –clases, regiones, naciones– estas se ampliaron. Pero también se rescató el estatus y los mecanismos de ejercicio de la ciudadanía. La lucha por los derechos humanos se convirtió en un poderoso movimiento regional, que puso a dialogar a diversos activistas con agendas comunes en contextos diferentes.

Para un buen balance panorámico de la evolución histórica y reciente de la región véase Michael Reid, El continente olvidado. Una historia de la nueva América Latina, Ciudad de México, Crítica, 2019.

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Pese a la vigencia formal de un marco mayoritario de orden democrático y del Estado de derecho, la región es hoy un caleidoscopio de tipos de régimen y capacidades estatales. En Argentina, Costa Rica, Chile y Uruguay hay una alta democratización junto con adecuados niveles de capacidad estatal y apertura a la participación, incidencia y movilización cívicas. Brasil es una nación donde coexisten un sistema político democrático –con alta fragmentación y contrapeso de poderes– y un gobierno populista de derecha con niveles variables de capacidad e incidencia estatal, coincidentes con un espacio cívico amplio y compuesto por numerosos actores de la sociedad civil. México representa un caso de gobierno de izquierda populista, donde los niveles intermedios de apertura del régimen político –afectados por las redes de macrocriminalidad–

Sobre los antecedentes y actualidad del caso mexicano recomiendo Luis Daniel Vázquez Valencia, Democracia, populismo y elitismo, Cuadernos de Divulgación de la Cultura Democrática, 36, Ciudad de México, ine, 2016, y Carlos Illades, Vuelta a la izquierda. La cuarta transformación en México: del despotismo oligárquico a la tiranía de la mayoría, Ciudad de México, Océano, 2020.
 

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 se combinan con una inestable capacidad estatal y una creciente pero aún limitada movilización social. Centroamérica y otros países del Caribe y la zona andina tienen democracias frágiles, con instituciones de baja capacidad para enfrentar situaciones de emergencia sanitaria y, aunque cuentan con espacios cívicos formalmente abiertos, se presentan violaciones sistemáticas a los derechos ciudadanos. Nicaragua y Venezuela poseen regímenes híbridos, cuentan con inconstantes capacidades estatales (altas en lo restrictivo, bajas en lo provisorio) y presencia de movilización social dentro de entornos represivos del espacio y derechos cívicos. Cuba es el único caso regional de un régimen autocrático cerrado con alta capacidad estatal y bajos niveles de movilización social. Por su parte, Haití representa un Estado fallido con casi nula capacidad estatal y moderados niveles de apertura y movilización ciudadana.

Durante el llamado “giro a la izquierda” (1998-2018) la región vivió un aumento del gasto público y la mejora de las condiciones de vida de millones de personas en varios países. El ulterior fin del boom de los commodities, la recesión económica resultante y las políticas de ajuste y endeudamiento adoptadas por varios gobiernos contribuyeron a la situación actual de estancamiento económico y malestar social. Este descontento, sumado al creciente deterioro de una institucionalidad democrática que no parece canalizar eficazmente las múltiples demandas ciudadanas, parece estar en el origen de las movilizaciones populares que tuvieron lugar en algunos países durante 2019. La coyuntura abierta con la pandemia de la covid-19 ha agudizado los procesos de empobrecimiento y ha revelado la incapacidad estatal para proteger con eficacia y legitimidad los derechos ciudadanos.

Pero no solo se trata de los bajos rendimientos de las estructuras económicas, sociales y políticas: hay también mutaciones, no precisamente libertarias, en las actitudes de ciertos sectores de la ciudadanía y la élite regional. Por ejemplo, el apoyo político a la democracia ha caído de forma sistemática durante la última década, según los sondeos de Latinobarómetro. Mientras que en 2008 aproximadamente dos de cada tres ciudadanos latinoamericanos sostenían que la democracia era el mejor sistema de gobierno, en 2018 solo el 48% respondió que prefiere a la democracia frente a otra forma de gobierno. Se trata del nivel más bajo desde inicios del siglo XXI, pero se explica por dos fenómenos confluyentes. Por un lado, una cultura política autoritaria que, más allá de las coyunturas, muestra permanente desafección con el modelo democrático. Y, por otro, el rechazo al funcionamiento de los gobiernos existentes, mas no una ruptura con el sistema democrático como tal. Si analizamos la evolución de la insatisfacción de la ciudadanía con la democracia vemos que el apoyo político a esta es una actitud sujeta a la realidad (procedimental y de desempeño) de los gobiernos en nuestras desiguales sociedades latinoamericanas.

 

Dos miradas, un contexto

Con semejante trasfondo, dos nuevas obras vienen a nutrir el acervo de estudios recientes sobre la compleja realidad sociopolítica latinoamericana. Desde la ciencia política, Scott Mainwaring y Aníbal Pérez Liñán han publicado una traducción de su libro Democracias y dictaduras en América Latina. Surgimiento, supervivencia y caída, coeditado por el Fondo de Cultura Económica y el Instituto Nacional Electoral. Desde perspectivas disciplinarias más plurales, los historiadores Vanni Pettinà y Rafael Rojas coordinaron América Latina. Del estallido social a la implosión económica y sanitaria post covid-19, bajo el sello de Crítica. Revisando algunas ideas planteadas en esas obras, adelantaré las mías respecto a algunos puntos de la realidad sociopolítica regional.

Lo estructural y lo coyuntural se cruzan en estas miradas. Mainwaring y Pérez Liñán proponen una teoría robusta sobre la perdurabilidad y mutación de los órdenes políticos latinoamericanos, con énfasis en los procesos históricos acaecidos en el último siglo. Conjuntando el análisis estadístico y una mirada comparativa de larga duración y amplia cobertura geográfica, repasan las teorías existentes –basadas en la clase, la cultura y el desarrollo– y critican sus enfoques tradicionales. Los textos reunidos por Pettinà y Rojas –nacidos como una serie de ensayos para el diario El País– dan cuenta de un conjunto variopinto de miradas sobre la evolución reciente de la región. Al poner aquellas en relación con procesos socioeconómicos y políticos de más largo aliento, cubren una diversidad de casos que abarcan la geografía territorial y social latinoamericana.

Cuando apareció hace ocho años la primera edición de Democracias y dictaduras... en inglés, muchas de las tendencias del actual desarrollo político latinoamericano apenas se insinuaban. La región era un caleidoscopio de democracias de diverso grado de solidez, con regímenes híbridos –en la zona andina– y apenas una autocracia cerrada, la cubana. Hoy el panorama es otro. Las democracias han sido sacudidas por repetidas crisis de desafección y protestas ciudadanas de incierto desenlace. La mancha autoritaria se ha expandido, añadiendo los casos venezolano y nicaragüense al grupo de regímenes cerrados. Narcoestados fallidos se insinúan en Centroamérica. Los populismos, de distinto signo ideológico, pululan dentro de nuestras atribuladas repúblicas.

Democracias y dictaduras... revela que las motivaciones y preferencias normativas de los actores políticos relevantes –del gobierno y la oposición– resultan centrales para comprender la evolución política de la región y que las ideas y valores importan tanto –y a veces más– que otros recursos, marcos y legados políticos. Mainwaring y Pérez Liñán encuentran claves analíticas promisorias en la moderación o el radicalismo de los modelos de sociedad y poder que sustentan los contendientes políticos, así como el entorno internacional favorable a unas u otras alternativas. Sus análisis permiten vislumbrar si serán regímenes democráticos –pluralistas y competitivos– o autocráticos –decisionistas y verticales– los que configuren el panorama político de Latinoamérica en los años venideros.

Sin entrar en un diagnóstico comparable en torno a la naturaleza diferenciada de los regímenes y actores políticos nacionales, el volumen coordinado por Pettinà y Rojas sí adelanta una tesis sugerente: el agotamiento consecutivo –pero coincidente, desde la disímil evolución de los modelos económicos y políticos nacionales– del neoliberalismo y del progresismo. Un neoliberalismo que por tres décadas proveyó estabilidad y, en ciertos casos, crecimiento macroeconómico, pero dejó postergada la inclusión social. Y un progresismo, que, si bien remedió parcialmente este último problema, no quebró de raíz los criterios fiscales, extractivos y exportadores del Consenso de Washington. Ambos proyectos políticos, señalan los autores y autoras de América Latina..., tienen pendientes con la ciudadanía y la democracia integral en el continente, por no hablar de sus deudas con los procesos de integración intrarregional y de la inserción de Latinoamérica en el mercado y el mundo. Partiendo de este déficit dual, los coordinadores diagnostican la persistencia de objetivos no cabalmente conseguidos por los países: la democracia –simultáneamente marco y meta–, el desarrollo y la igualdad. Y enmarcan la heterogeneidad de contextos dentro de un proceso globalizador, que entra hoy en una nueva etapa con la coyuntura pandémica.

Como sucede en toda obra colectiva, en América Latina... hay hilos conductores y hebras sueltas. La autoría de los capítulos remite a miradas, sensibilidades y preocupaciones mayormente colocadas en las coordenadas de las izquierdas democráticas. Lo cual hace alusión a un elemento característico de la identidad e incidencia de la intelectualidad latinoamericana: la sobrerrepresentación progresista en las instituciones académicas, los debates públicos y la producción editorial. Esta alta presencia ideológica es ajena a los correlatos demográficos de los países, pues los sondeos periódicos –como los de Latinobarómetro o lapop– muestran una ciudadanía latinoamericana extraordinariamente dividida y diversa en cuanto a ideas, valores, afiliación y voto.

En América Latina... confluyen las miradas de historiadores, politólogos, sociólogos e internacionalistas, que enriquecen el libro. Los capítulos procuran dar una visión de conjunto –antecedentes, coyuntura y dimensiones varias de la vida nacional– de lo que sucede en los países. En menor medida, aparecen lecturas parciales –por recorte temático o militancia política– de alguna realidad nacional. El texto pone a debate la noción misma de progresismo, tanto en el análisis de agendas actuales –México– como en aquellos casos –Bolivia, Venezuela, Ecuador– que abrieron hace dos décadas la controversia en torno a dicha propuesta política. Especial atención merece el diagnóstico político y la discusión teórica de Aldo Marchesi en torno a los límites y logros del progresismo, ponderando las posturas de sus defensores pragmáticos y críticos radicales, y reconociendo la deriva autoritaria –opuesta a la autonomía de movimientos sociales, derrotas electorales y crítica de las bases– y también los usos políticos de este retroceso por parte de la derecha revanchista. Esta última, según el autor, ha sido incapaz de ofrecer una alternativa superior a los resultados del progresismo. Una tesis audaz, que seguramente generaría, de ser leída, un buen debate en la población de los países implicados en la ola bolivariana.

Al repasar problemáticas que trascienden los casos nacionales, los coordinadores de América Latina... han tenido el acierto de incluir la situación de las poblaciones afrodescendientes, las cuales padecen mayor vulnerabilidad por ocuparse principalmente en el mercado informal –de empleo o servicios–, contar con menor acceso a bienes públicos y ser lastradas por siglos de historia colonial. Habría sido interesante contar con aproximaciones similares que tomaran como objeto de atención y bajo un prisma comparado las situaciones de las mujeres y los jóvenes en la actual coyuntura continental.

Dos esfuerzos destaco del libro coordinado por Pettinà y Rojas. El primero es el de las sinergias entre fracturas múltiples –económicas, políticas, ambientales– que atraviesan las fronteras nacionales e ideológicas. Los estilos de los populismos –representados aquí por los gobiernos mexicano y brasileño–, la vocación represiva de las autocracias –analizadas integralmente en los casos de Nicaragua y Venezuela, y en menor grado de Cuba– y el desempeño variable de las democracias liberales –sacudidas por protestas sociales como las de Chile y Colombia– apuntan a un cuestionamiento generalizado de las gobernanzas vigentes por parte de las ciudadanías latinoamericanas. La gente parece estar harta de sus políticos, pero no en todos lados esa molestia encuentra canales pacíficos para expresarse, lo que genera cambios en el statu quo que resuelven, al menos parcialmente, el agravio acumulado.

El segundo es que ubica a Latinoamérica en el plano de las relaciones y reacomodos internacionales. Sea a través del análisis de los inestables y en buena medida malogrados procesos de integración regional, de la presencia de las organizaciones financieras de Bretton Woods en las economías nacionales, de las falencias del antimperialismo bolivariano o desde la revisión del impacto geopolítico de los actores globales en la región, el libro es ya un material de referencia para el estudio de las relaciones internacionales y los procesos trasnacionales latinoamericanos.

 

Unos comentarios finales

Concluyo este texto con algunas consideraciones personales, repasando las tesis y valía de ambas obras en diálogo con tendencias del contexto. Es claro que la herencia irresuelta de desigualdad social, debilidad estatal, violencia criminal y corrupción sistémica identificadas por los autores de América Latina... abona el terreno para que los radicales, señalados por Mainwaring y Pérez Liñán en su libro, avancen dentro de nuestras repúblicas. La ausencia de frenos externos –no existe más el intervencionismo militar estadounidense pregonado obsesivamente por el antimperialismo criollo– permitió a los tiranos criollos abortar, en los últimos años, tanto las movilizaciones masivas como las reivindicaciones tímidas y diálogos transicionales que propugnaban por la democratización. Por otro lado, desde el polo liberal, la incapacidad de ciertas élites e instituciones para responder favorablemente a las demandas de la población

 Véase, al respecto, la sugerente interpretación de Yanina Welp, “La democracia y el declive de las élites”, Nueva Sociedad, 290, noviembre-diciembre de 2020.

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 opera como anticipación y marco para el arribo de los autócratas.

Además, a diferencia de la postura coherente –en lo analítico y lo cívico– de Mainwaring y Pérez Liñán, no existe en la región un compromiso claro con aquella democracia integral que proponía Guillermo O’Donnell. Los sondeos muestran no solo una crítica justa a los déficits liberales, sino también cierta apuesta por modos de gobernanza no democráticos. La propia intelectualidad regional mantiene un doble rasero contra los autoritarismos vernáculos: los tres países donde es más limitado el ejercicio de todos los derechos cívicos –Cuba, Nicaragua y Venezuela– no reciben tanta visibilidad. De hecho, el libro coordinado por Rojas y Pettinà es un raro intento por superar ese sesgo. Los pronunciamientos de la academia cuestionan preferentemente los populismos conservadores e, incluso, las democracias defectuosas. Pero no los autoritarismos de supuesto pedigrí emancipador, plebeyo y revolucionario.

El problema de fondo, desde mi perspectiva, reside en cierto sesgo filotiránico, inexistente hace treinta años cuando la mayoría de las dictaduras –entonces derechistas– se desmoronaban y recibían inequívoca condena en la ciudad letrada que abrazó las transiciones democráticas. Como he señalado anteriormente, la contradicción políticamente más relevante en el seno de la academia latinoamericana actual, por su impacto en la vida pública, es aquella que toma partido ante dos formas contrapuestas de concebir el poder, respectivamente fundadas en el reconocimiento o la negación de la soberanía popular y los derechos humanos: democracia versus autocracia.

Véase La utopía cuestionada: academia y consenso democrático en Latinoamérica, Agenda Pública, El País, 20 de julio de 2020.

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 Así, las distinciones entre izquierdas y derechas, definidas por sus respectivos sistemas de valores y prioridades de política pública, pueden ser procesadas de modo contingente pero razonable en las instituciones y procesos de nuestras imperfectas democracias. No obstante, la actitud antidemocrática, abierta o velada, no deja espacio a la existencia misma de una academia comprometida con el pluralismo de ideas y el pensamiento crítico.

Con los radicales avanzando por doquier, en ausencia de formas efectivas de sanción colectiva y bajo una esquizofrenia académica ideologizada, los escenarios de los próximos años no se auguran halagüeños para las democracias latinoamericanas, a menos de que los ciudadanos actúen decidida y tempranamente en defensa de la democracia neutralizando los extremismos. La necesidad de defender la democracia, procurando a la vez la mayor inclusión, desarrollo y justicia posibles, es una asignatura pendiente –amenazada con reprobarse– en toda la región.

Los intelectuales suelen enarbolar, en sus obras, una apuesta por cierta forma de cambio social y convivencia cívica. Asumiendo que se puede medir el compromiso democrático de un gremio a partir de cómo sus integrantes escriben, hablan o articulan el discurso. El comportamiento público de buena parte de la intelectualidad en América Latina refleja una preferencia por formas políticas distintas a la república liberal de masas. Su crítica no se dirige a los déficits oligárquicos de la democracia liberal, sino a sus fundamentos mismos. En ese sentido, Democracias y dictaduras en América Latina. Surgimiento, supervivencia y caída y América Latina. Del estallido social a la implosión económica y sanitaria post covid-19 son buenos ejemplos de una indagación diferente, donde la pluralidad de ideas, la solidez analítica y el compromiso civil conviven en virtuosa armonía. ~


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