Las manos del tiempo. El último Mundial radiofónico, el primer Mundial televisado | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: John Marceline

Las manos del tiempo. El último Mundial radiofónico, el primer Mundial televisado

Las desventuras de la selección nacional son, a menudo, inseparables de los raspones íntimos. El siguiente testimonio forma parte del libro Breve historia del ya merito, que Sexto Piso pondrá pronto en circulación.

En la infancia solo encontré un remedio para combatir adversidades: apretar los dientes. El gesto era menos sencillo de lo que parecía. Nací en 1956, época apasionada por los antibióticos; al primer estornudo, te inyectaban penicilina. El optimismo con que se usaba ese veneno me produjo una seria descalcificación y fui a dar al consultorio de un dentista que había perdido una pierna y se apoyaba en muletas. No usaba anestesia porque su enfermera se desmayaba al ver una jeringa. Para compensar mi tortura, mi madre me compraba cochecitos a escala hechos con un metal que soltaba un polvillo acerado. Hasta la fecha, no puedo respirar un aroma metálico sin oír el ruido de la fresa que taladra mis premolares.

–Aprieta los puños como boxeador para que te duela menos –aconsejaba el dentista.

Lo que yo quería era apretar los dientes.

En la televisión, Chava Reyes, delantero del “Campeonísimo” Guadalajara, anunciaba una marca de dentífrico ante un niño que no podía rematar bien de cabeza porque tenía caries y era incapaz de afianzar la mordida. El anuncio demostraba que yo jamás sería futbolista.

A los seis años miraba el mundo con enconado pesimismo. Solo el futbol me rescataba de la pesadumbre que mi abuela paterna registraba puntualmente en sus diarios: “Juanito sigue melancólico.”

La verdad es que yo no quería apretar los dientes para jugar partidos sino para verlos. Carecía de la desafiante energía de los protagonistas y acababa de descubrir las vacilantes emociones de ser testigo de la selección nacional.

El primer Mundial que recuerdo fue el de Chile 62, transmitido por radio. Con los años, mi memoria otorgaría lógica retrospectiva a lo que escuché entonces, alterando los hechos con los golpes dramáticos de la memoria.

En aquel tiempo de ilusiones fáciles, la gente se retrataba en estudios y el fotógrafo preguntaba:

–¿Quiere su foto natural o retocada?

En caso de elegir la segunda opción, se aplicaba un enfático pincel para enrojecer los labios de la abuela y resaltar el rosicler de sus mejillas.

Las “imágenes” que llegaban por la radio eran de ese tipo: escenas exageradas por el pincel de la pasión. Nunca la Tota Carbajal fue tan acrobático, el Tigre Sepúlveda tan impasable ni Héctor Hernández tan habilidoso como en los lances imaginados por los radioescuchas.

Pitágoras solía enseñar detrás de un telón para que sus alumnos lo escucharan con absoluta reverencia. Sus palabras adquirían el sentido de una revelación interior, no alterada por la vista.

El Mundial de 1962 fue el último que dependió de la oralidad. Aunque los partidos se filmaban, solo eran vistos cuando los rapsodas de la radio ya habían hecho su trabajo. Como el cerebro construía “de oídas” los sucesos, los héroes se convertían en atributos de la mente: Pelé driblaba en la conciencia. Esta construcción espiritual de las escenas hacía que lo escuchado en la radio se recordara con más fuerza que lo meramente visto en la televisión.

Pero también la memoria juega sus partidos y los altera según le conviene. En 1962 yo tenía cinco años y medio, había debutado ante el dentista y me entrenaba para sufrir en nombre de la patria. El momento decisivo de ese Mundial no ha dejado de agobiarme; vuelve a mí como el cruel olor de los metales o el inagotable “gol fantasma” de Inglaterra 66 que ocuparía el ocio de los aficionados durante varias décadas.

Estoy en la sala de la casa, en la colonia Insurgentes Mixcoac, ante uno de los enormes radios de la época. Agoniza el partido entre México y España. El marcador se encuentra 0-0 (a “nuestro favor”, porque la Tota Carbajal ha salvado varios goles). El locutor dice que es el minuto más angustioso de su vida. México tiene un córner a su favor. El Negro Del Águila se acerca al banderín y el entrenador, Ignacio Trelles, le grita una orden decisiva: pide que retrase la jugada y busque una opción segura para la pelota. Se trata de un mensaje de supervivencia; México puede practicar una de las opciones metafísicas que concede el futbol: “hacer tiempo”. Pero en la inmensidad del estadio el extremo derecho no oye lo que dice su entrenador y las palabras urgentes se pierden en el aire de Valparaíso como los telegramas que pudieron cambiar el curso de la Revolución y no llegaron a su destino.

Del Águila intenta un pase infructuoso y España recupera la pelota. Gento avanza por la pradera izquierda sin ser detenido. Quedan unos cuantos instantes en el reloj y Gento manda un centro de angustia, hay un rebote que queda a los pies de Peiró. Lo que sigue es la tragedia, la puñalada de último segundo, el fin de la esperanza, los dientes apretados hasta el calvario, el nacimiento de un dolor voluntario en un niño de cinco años; es decir: literatura.

El episodio se me grabó con la fuerza indeleble del trauma. En Tirant lo Blanc, la gran novela de caballerías, un padre abofetea a su hijo sin motivo aparente. Lo hace para que recuerde ese momento. Las heridas cicatrizan en la piel, no en el recuerdo.

El aficionado perfecciona los datos con sus emociones. Nelson Rodrigues detestaba a los esclavos de los hechos, esos “tontos de objetividad”, incapaces de entender que los mayores atractivos de la vida son ilusorios.

El Mundial de Chile me reveló que sufrir ante un partido no basta para ser buen fanático. Hay que seguir sufriendo en la carne abierta de la memoria, con el limón y el chile piquín que la mente agrega al drama.

Durante décadas, el gol de Peiró fue para mí el instante terrible de Valparaíso que nos liquidó cuando estábamos virtualmente clasificados. Amigos que padecen mi misma edad comparten esa convicción: Peiró nos arrebató la gloria cuando ya nos veíamos en la siguiente ronda.

La verdad es un poco distinta. El partido contra España sucedió así, pero no fue el último que disputamos. Mi mente lo convirtió en un trágico tercer acto para perfeccionar el suspenso y el dolor.

Una madrugada de insomnio revisé los partidos de aquel Mundial y supe que habían ocurrido en otro orden. De manera previsible, México perdió 2-0 con Brasil, que a la postre sería campeón. Aun así, exhibió buenos recursos en ese juego. Luego vino el desaguisado contra España, en el que Carbajal detuvo la metralla durante casi noventa minutos y encajó el gol que lo dejó llorando en el césped. Finalmente, cuando ya no había posibilidades de pasar a la siguiente ronda, México dio su mejor partido en la historia de los Mundiales y derrotó 3-1 a Checoslovaquia, que quedaría segunda en el torneo. Esa victoria moral dice mucho de la tensión psicológica que agobia a los futbolistas mexicanos; sin la presión de ganar, se liberaron de sí mismos y no cayeron en el pecado de temerle a su propia fuerza.

El partido se jugó el día del cumpleaños del inmenso Carbajal y reconcilió a los jugadores consigo mismos, pero sumió en la neurosis a los fanáticos al revelar lo que México podría haber hecho.

Mi memoria rebobinó los episodios de este modo: perdimos de manera esperada ante Brasil, derrochamos categoría con Checoslovaquia y sucumbimos ante España en el maldito último segundo. Si de sufrir se trata, hay que hacerlo en serio.

Todo mexicano en trance deportivo es involuntario discípulo de Hitchcock: como no cuenta con el triunfo, se conforma con apasionantes sobresaltos. “¡Qué manera de perder!”, exclama Cuco Sánchez en el estertor de la canción ranchera. ¿Se trata de un lamento o de un autoelogio? La pregunta es retórica porque en la tierra donde el águila se comió a la serpiente ser patriota significa honrar a los perdedores. Aceptamos la falsa etimología del nombre del último emperador azteca porque nos fascina que profetice su trágico destino (según el mito, Cuauhtémoc quiere decir “Águila que cae”). Del mismo modo, sin pedir ayuda a la evidencia, atesoramos este bravío rumor: herido de muerte, el cadete Juan Escutia se envolvió en la bandera en la azotea del Castillo de Chapultepec para lanzarse al vacío, impidiendo que el lábaro patrio cayera en manos del ejército invasor.

Estas escenas de precipitación conmueven a un país que habla español sin cecear y pronuncia dos antónimos del mismo modo: no llegamos a la anhelada cima, pero alcanzamos en forma espectacular la sima. Hechos de abismo, nuestros héroes se despeñan en su última oportunidad.

Lloré con la derrota de la mejor selección que ha tenido México y agrandé la tragedia con cuidadoso nihilismo, aceptando que nuestra misión deportiva consiste en perder en forma injusta o por lo menos complicada.

Tuve una infancia triste que no alcanzó el rango de tragedia. No padecí la guerra, el exilio, el hambre ni la enfermedad. Fui un desajustado promedio. Mis desgracias pertenecían a los lugares comunes de la clase media: padres que no se llevaban bien, una escuela autoritaria, un barrio donde el prestigio se decidía con los puños, un dentista que no usaba anestesia. El futbol apareció en mi entorno como el espacio compensatorio donde los héroes fallaban mejor que yo.

Ignoro en qué medida estas convicciones se vieron reforzadas por el oficio de mi padre, que había publicado dos libros sobre el convulso pasado mexicano: Los grandes momentos del indigenismo en México y La Revolución de Independencia. Miembro del grupo Hiperión, Luis Villoro Toranzo se dedicaba a la “filosofía del mexicano”, algo que no parecía muy alegre, a juzgar por ciertos títulos que mencionaba a cada rato. ¿Cómo creer en el rendimiento de la selección nacional cuando tu padre dice que nuestra identidad quedó definida en la Visión de los vencidos y El laberinto de la soledad?

A excepción de mi abuelo materno, todos los adultos que conocí antes de los diez años eran filósofos nacionalistas. Ese parecía ser el oficio omnipresente de la mayoría de edad. En 1963, fui por primera vez al estadio de Ciudad Universitaria. El Oro, campeón de Liga, derrotó 4-1 al Valencia, campeón de Copa en España, entrenado por el legendario Alfredo Di Stéfano. Nuestra porra estaba formada por mi padre, Rafael Moreno, Emilio Uranga, Jorge Portilla, Ricardo Guerra y otros universitarios. Ignoro si dijeron algo sobre el “ser en sí” o la “fenomenología del relajo”, o si se sorprendieron de esa repentina muestra de poderío nacional. ¿Algún resabio de sus disquisiciones llegó a mi mente infantil? Dudo que así haya sido. Solo muchos años después, cuando ya cursaba la preparatoria, supe que mis acompañantes a aquel partido se dedicaban a la improbable tarea de concebir primeros auxilios intelectuales para el deporte extremo de ser mexicano. Y sin embargo, no puedo desprenderme de su influencia. El futuro daría otro sentido a ese pasado. La vida se vive hacia delante pero se entiende hacia atrás, diría Kierkegaard.

Aquellos filósofos usaban la expresión “estar Nepantla” para describir la ambivalencia existencial de quien se halla entre dos realidades. A la distancia, me veo en la tribuna, rodeado de adultos, y rememoro, no aquel épico partido inicial, sino todos los que vi después en la actitud estoica de apoyar al Necaxa o a la selección nacional. De modo inevitable, me siento “Nepantla”.

Mi padre no me habló del fatalismo y la condición trágica del ser, pero me llevó a los principales escenarios de la derrota: los estadios de futbol. Durante años pensé que íbamos ahí para satisfacer su pasión. La verdad era distinta, aunque tardé mucho en descubrirlo. Mi padre disfrutaba el futbol y apoyaba a los Pumas de la Universidad, recién ascendidos a primera división, pero lo hacía como una extensión de su vida académica. En modo alguno era carne de estadio; odiaba que se dijeran groserías en las gradas y encaraba a quienes abucheaban al equipo contrario; aplaudía la llegada al campo de los rivales y, con un énfasis digno de mejores causas, instaba a que los demás hicieran lo mismo:

–¡Son nuestros invitados! ¡¿Qué sería del futbol sin contendientes?! –exclamaba con una vehemencia que a sus testigos les parecía lunática y que retribuían con aplausos para evitar mayor delirio.

La verdad es que íbamos ahí porque él no tenía otro sitio al que llevarme. Vuelvo a los diarios de mi abuela paterna, que al cabo de muchas páginas dio con la causa de mi melancolía: el divorcio de mis padres (ellos lo ocultaron para no agravar sus malestares, pero ella lo descubrió con la invencible “salud de los enfermos”).

El divorcio llevó a mi padre al predicamento de entretener a un hijo los domingos. Ensayamos el zoológico, donde el animal más atractivo era una perra que había amamantado a un león y vivía en la jaula de los reyes de la selva. A la tercera visita, bostezábamos tanto como los leones. Películas como Hatari y El tigre de Bengala llegaron en nuestro auxilio, pero la cartelera no siempre nos recompensaba. El futbol apareció como modo de regular nuestra vida en común.

Había debutado en 1963 como espectador en las tribunas; a partir de entonces, ese milagro se volvió una actividad semanal. De los nueve a los quince años, el sitio decisivo donde vi a mi padre fueron los estadios de futbol, primero el de Ciudad Universitaria y, a partir de 1966, el Azteca. Él hablaba poco de los sucesos en la cancha y oía con atención los datos que yo memorizaba en forma obsesiva. Su mente se ordenaba al modo de una enciclopedia siempre disponible; no necesitaba repasar un tema para exponerlo con fechas, citas y detalles exactos. Me cuesta trabajo usar la expresión “cultura general” porque conocí a una persona que la poseía sin fisuras. ¿Había forma de impresionar al profesor que hablaba de las guerras púnicas como si las hubiera visto desde un elefante? En el estadio, yo peroraba de delanteros y lesiones y él me oía con distraído asombro:

–¡No me digas! –exclamaba ante algo que ya le había dicho varias veces.

El conteo de los goles de Pelé le importaba poco, pero celebraba mis arengas porque intuía ahí algo más profundo, más estimulante: un metódico afán de conocimiento.

–Siempre creí que serías científico –me dijo años después, con un dejo de nostalgia–: ¡Hacías tantas preguntas y te apasionaban tanto los datos!

Con generosidad pedagógica, conjeturaba que mis cavilaciones podían convertirse en pensamientos. La figura del mundo cambió para mí con el paso de la alineación 4-2-4 a la 4-3-3. Dediqué horas a simular movimientos tácticos con fichas sobre la colcha de la cama y mi padre intuyó ahí otras geometrías. Pero no pasé de Beckenbauer a Heisenberg.

Cuando pude comprar boletos por mi cuenta, él dejó de ir a la cancha. Esos domingos compartidos fueron una responsabilidad que supo disfrazar de placer. Me parece mejor que haya sido así. No iba al estadio por ser aficionado, sino por ser padre, y supuso que, al memorizar alineaciones, yo me prepararía para otras cosas. Pero el futbol solo me llevó al futbol.

Según la historia oficial de la familia, mis padres se divorciaron cuando yo tenía doce años. Tal vez retocaron la fecha con un pincel piadoso para demostrar que hicieron mayor esfuerzo por estar juntos. Pero el cisma ocurrió en 1966, antes de que yo cumpliera diez años. Lo sé porque coincidió con el Mundial de Wembley, el primero que se televisó por vía satelital y que vi en el departamento de mi padre.

Mi madre, mi hermana Carmen y yo nos habíamos mudado de la casa de Mixcoac a un departamento en la colonia Del Valle, en una privada que se apellidaba como el joven goleador de la época (San Borja), y mi padre a otro bastante cercano en el edificio Aule, en Insurgentes y Xola.

Carmen y yo disfrutábamos a fondo la “aventura de los desperfectos”. Cuando íbamos en carretera a Acapulco, queríamos que el coche se descompusiera en el Cañón del Zopilote. El departamento de mi padre nos fascinó porque tenía la condición transitoria de un campamento. Un sitio oscuro, con ventanas que daban a un garaje, donde comíamos en platos de cartón.

En ese sitio precario nos conectamos con el cosmos. Toda época pionera despierta una pasión adánica. El satélite decisivo llegó con un apodo: Pájaro Madrugador. Fue puesto en órbita el 6 de abril de 1965. Como estaba de moda buscar ovnis en el cielo nocturno, varios amigos confundieron su travesía luminosa con la anhelada invasión de los marcianos.

El Mundial de Inglaterra dio al futbol prestigio espacial. Las señales del Pájaro Madrugador serían captadas en suelo mexicano por la Estación Terrena de Tulancingo. Suena ridículo, pero nos sentábamos ante la televisión con la emocionada reverencia de quienes cumplen una misión de alta tecnología, como si también nosotros estuviéramos en órbita.

Inglaterra 66 representaba el regreso del futbol a su lugar de origen, en un momento en que el planeta giraba al compás de los Beatles. El swinging London de las minifaldas y las melenas sería la sede de un cotejo en el que los dioses, siempre adversos, decidieron que compartiéramos grupo con el anfitrión y otros dos rivales de calibre, Uruguay y Francia.

La Copa Jules Rimet fue robada poco antes de la patada inicial. Mi padre, que admiraba a Sherlock Holmes, dijo con toda tranquilidad que la encontrarían pronto. En efecto, el sabueso Pickles dio con ella en unos arbustos. El trofeo fue perdido y recuperado de una manera tan perfectamente inglesa que desde entonces se supo quién se quedaría con él.

La selección mexicana seguía siendo entrenada por el original Nacho Trelles; conservaba elementos del “Campeonísimo” Guadalajara, pero incorporaba la sangre nueva de los Pumas, donde jugaban Luis Regueiro, Aarón Padilla, Enrique Borja y José Luis González.

Algunos partidos se jugaban en la tarde londinense. Con el gusto que nos provocaban las incomodidades voluntarias, Carmen y yo nos levantábamos tempranísimo para verlos. Después de la “derrota de último minuto” en Chile, estaba seguro de que el destino nos debía un reintegro. Pero el partido inicial contra Francia reveló una injusticia tan cósmica como las ondas que llegaban de Inglaterra. A los veinte años, Enrique Borja demostró estar en plena forma, pero no solo jugaba contra Francia, sino contra un árbitro israelí. Anotó un gol que cautivó al espacio que iba de Wembley al Pájaro Madrugador y de ahí a Tulancingo y al edificio Aule. Sí, cautivó al planeta pero no al réferi, que lo anuló por un invisible fuera de lugar. En el segundo tiempo, Borja volvió a quedar solo ante el portero y Fernando Marcos gritó ante el micrófono:

–¡No falles!

El delantero de los Pumas le hizo caso. La celebración en la cancha fue apoteósica y por un momento temimos que los jugadores tuvieran que ser llevados al ortopedista después de sus abrazos. Pero la alegría duró poco: el árbitro se tragó un penalti que nos hubiera dado la victoria y Francia empató.

Luego vino el partido con el planteamiento táctico más extravagante en la historia de nuestra sufrida nación. Trelles decidió ser un genio, condición que no se adquiere por esfuerzo. Enfrentábamos a Inglaterra, lo cual, desde luego, daba miedo. Pero nuestra estrategia fue suicida. Trelles mandó al campo a siete jugadores con vocación defensiva. En Italia, Helenio Herrera había perfeccionado el catenaccio aprovechando una cultura de contención que se remontaba a las legiones romanas (hasta la fecha, Massimiliano Allegri, entrenador de la Juve, asegura que los partidos se ganan desde la defensa). Pero la selección mexicana jamás había ahondado en las tradiciones defensivas vernáculas para jugar como los inexpugnables purépechas. Lo nuestro siempre ha sido el “futbol horizontal”; ni defensa ni ataque: pases laterales. Para enfatizar que se comportaría contra natura, el equipo nacional inició el partido con un gesto de rendición, enviando un pelotazo al campo contrario.

Si en Chile 62 Carbajal lució en grande, en Inglaterra 66 Calderón dejó mucho que desear. Contra Inglaterra salió en falso, escupió balones y encajó un gol de treinta metros. El resultado de 2-0 salió barato.

En el tercer partido, ante Uruguay, México volvió a la normalidad e incluyó en la portería a Antonio Carbajal, que llegó a cinco mundiales, récord que mantuvo durante treinta y dos años hasta que lo empató el alemán Lothar Matthäus. La decisión de Trelles fue certera en lo sentimental, pero también en lo futbolístico. La Tota dio un partido espléndido y mantuvo imbatida su portería.

Enfrente estaba otro gran arquero, Ladislao Mazurkiewicz, que sacó un riflazo de Magdaleno Mercado. Pero la jugada más dramática no fue detenida por los uruguayos sino por el avieso destino. Un tiro de Ernesto Cisneros se estrelló en el poste y Fernando Marcos resumió así la cosmovisión nacional:

–¿Por qué?, ¿por qué?

Salvo en el loco partido contra Inglaterra, México hizo méritos para sobreponerse al “grupo de la muerte”. Pero la diosa Chiripa no estuvo de nuestra parte, y volví a apretar los dientes.

Años después, el inolvidable doctor Alfredo Flores Meyer advertiría mi incapacidad para abrir bien la boca:

–Tu muela picada está “hasta Rusia” y no puedo llegar ahí porque tienes el “mal de la trinchera”.

Me explicó que durante la Primera Guerra Mundial las quijadas de los soldados se trababan en espera de una bomba.

En mi caso, la guerra de nervios había comenzado en las tribunas y en los partidos vistos en blanco y negro. Mi actual dentista, el doctor Diego Genovés, gran aficionado al futbol, sabe que me cuesta abrir la boca por tantos goles en contra.

Después de la eliminación de México, fuimos a consolarnos a La Vaca Negra (con su habitual despiste por las cosas concretas, mi padre siempre le dijo “La Vaca Echada”). Mientras yo bebía una leche malteada, él quiso recuperar cierto valor en la derrota. Con el impulso con que escribió Los grandes momentos del indigenismo en México, habló de la hazaña de Carbajal, que ese 19 de julio de 1966 se despedía de cinco Mundiales con un marcador en 0.

–Hay cosas más importantes que el triunfo –agregó con la voz inverosímil con que los padres prometen que Acapulco está cerca cuando faltan dos horas de carretera.

Por el impulso de seguir hablando, aporté un dato curioso: La Tota había salido a la cancha con guantes de portero. Esas prendas eran tan novedosas para él que ni siquiera tenía unos de su propiedad. Se los prestó un portero inglés, por si llovía en el partido y necesitaba atrapar un balón húmedo. Pero en su primera salida, Carbajal soltó la pelota. Se despojó de los guantes y jugó como siempre lo había hecho: a mano limpia.

Una época terminaba ese día. Los balones dejarían de ser de cuero crudo, se permitirían cambios en los partidos, las transmisiones serían a color. La Tota no había tomado la decisión de retirarse, pero en el pasto de Wembley supo que había llegado ese momento.

En la familiaridad que produce la derrota, mi padre escuchó la historia de los guantes con un interés acrecentado por su mente especulativa, como si juzgara que a pesar de mis endebles calificaciones mi aprendizaje mejoraría cuando mostrara la misma pasión por otros datos. Pero el futbol no es un espejo del mundo; mientras sucede, es el mundo.

En el presente de hace medio siglo, yo aprieto los dientes, México es eliminado y Antonio Carbajal alza las manos desnudas para despedirse.

No se va él, se va el tiempo. ~


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