La segunda vida del ajolote | Letras Libres
artículo no publicado

La segunda vida del ajolote

Roger Bartra

Regreso a la jaula. El fracaso de López Obrador

Ciudad de México, Debate, 2021, 140 pp.

Se ha citado mil veces aquel intercambio en la novela de Mario Vargas Llosa en el que los protagonistas se preguntan por el momento en que se jodió el país. Lo hace también Roger Bartra en su ensayo más reciente, pero no deja la pregunta en el aire. Tiene muy claro que a la democracia mexicana se la llevó la chingada el domingo 1 de julio de 2018.

El ensayo de Bartra es el más severo de los muchos que se han publicado recientemente sobre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Lo es porque exhibe su contradicción más profunda, su farsa y su locura. Lo es porque viene de la inteligencia de uno de los críticos más agudos, más lúcidos y más creativos de la realidad mexicana; el más atento observador de las mutaciones de nuestra imaginación política. Bartra no se ha dejado engañar nunca por la retórica justiciera de AMLO. Desde siempre lo ha visto como un personaje ajeno a la tradición de la izquierda y, en el fondo, como el enemigo principal de la causa socialdemócrata. Si la crítica de Bartra es tan incómoda es precisamente porque viene de un hombre de izquierda que ha dedicado su vida a combatir el dogmatismo de los viejos comunistas y la chiclosa demagogia de los priistas que tiempo después se apropiaron de la izquierda.

Desde su socialismo liberal ve mejor que nadie el profundo conservadurismo del moralizador; la restauración que se presume como si fuera el cuarto invento de la patria; la irracionalidad que hay en un proyecto personalista y caprichoso. Regreso a la jaula es el retorno de Bartra a lo que ha escrito a lo largo de los años. Dispuesto, como siempre, a repensarlo todo, el antropólogo nos enseña que el diálogo con la circunstancia empieza como diálogo con uno mismo. Se trata, como puede leerse en el título y en la imagen de la portada, de una actualización de su crítica al nacionalismo que dio prestigio al régimen autoritario. Es también una revisión de los apuntes que ha hecho más recientemente sobre el ascenso y la victoria de López Obrador. Con buena fortuna narrativa, la primera parte del libro brinca entre tiempos. Frente a las notas de apenas hace unos años, se transcriben los reparos del presente. Bartra matiza, corrige, profundiza, reconoce los puntos en que pecó de ingenuo, sigue la pista de alguna intuición que apenas llegó a formular en el comentario frente a lo inmediato.

Se rescata, por ejemplo, el artículo que publicó en julio de 2018, apenas unos días después de la victoria de López Obrador. La elección, desde luego democrática, era también una ceremonia religiosa: una eucaristía. Como Claude Lefort acudió a la teología medieval para entender la naturaleza más profunda del totalitarismo, Bartra pensó en el sacramento del pan y del vino para comprender el significado histórico del voto. La elección había producido, a su juicio, el milagro de la transubstanciación nacionalista. El pan de la “Cuarta Transformación” era el cuerpo del echeverrismo; el vino de la purificación de la vida pública era baba de la demagogia.

En el retrato de Bartra, la política lopezobradorista se sostiene en dos columnas. La primera es el “retropopulismo”. La expresión es afortunada. La épica de su discurso se alimenta de una idealización del antier. Se pretende regresar a un pasado que se pinta con colores idílicos. La opción que ganó en 2018 abandera la nostalgia por el México que se nos fue. Obsesionado con la peste del neoliberalismo, idealiza el periodo previo a la usurpación tecnocrática como una era de autenticidad nacional, como el tiempo en el que florecían los valores tradicionales, se ejercía la soberanía y se cuidaba el patrimonio público. Una transformación restauradora.

Veo mayor complejidad en el perfil ideológico de López Obrador de la que le reconoce Bartra. Me parece innegable que hay rasgos de profundo conservadurismo en su idea de la nación, de la familia, de los valores. Su execrable militarismo es una cara francamente derechista. Pero también puede verse en él a un neoliberal ortodoxo que ve la burocracia como un obstáculo. Puede ser visto como un estatista, pero lo es de manera restringida. Enfoca la intervención del Estado en los símbolos del nacionalismo energético. Y no puede negarse, a mi juicio, que su acento en la inclusión, su visión igualitaria y, en particular, su pasión antioligárquica pertenecen a la tradición de la izquierda. La política salarial de su gobierno lo muestra claramente. Creo que de ahí viene el atractivo de este personaje que ha rehecho la política mexicana, como nadie lo había hecho antes. No tiene una sola cara y puede representar, por ello, lo que sectores muy diversos buscan en un líder político.

La segunda columna es lo que Bartra llama “el estilo irracional de gobernar”. El instinto político de López Obrador es eso: olfato, agilidad, reflejo. No inteligencia. En la gestión administrativa ve capricho, incoherencia. Desprecio activo al conocimiento y la experiencia. En este gobierno se decide sin deliberación razonada, sin base en la evidencia, sin anticipar el impacto de las decisiones de política pública, dijo Carlos Urzúa en su memorable carta de renuncia a la Secretaría de Hacienda. Fuerza electoral y nulidad intelectual. Mucha prédica para la salvación del alma, pero ninguna pista de las propuestas fiscales de Piketty. “Ideas blandas en una cabeza dura.”

Bartra confía en que estas dos columnas apuntan al fracaso del proyecto lopezobradorista. Lo anticipa la portada del ensayo desde el subtítulo. No terminan de convencerme sus razones. Por una parte, sugiere que el retorno del viejo orden es imposible. “No puede ocurrir”, dice convencido, “un verdadero regreso a la jaula”. Eso es cierto –hasta cierto punto–. La nostalgia es la energía más potente de la política contemporánea. Que Estados Unidos no pueda regresar a la década de los cincuenta no significa que el llamado de Trump a recuperar la gloria perdida no haya seducido a millones que ven el futuro con ansiedad. Quiero decir que la política de la nostalgia no es exclusiva de la nación del ajolote. La nostalgia ha rehecho la política en Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Brasil, en Turquía, en Hungría, en la India. La velocidad de los cambios tecnológicos, en el mundo del trabajo y la familia, ha generado angustias en todo el planeta. No es extraña esa fuga a un pasado que parece ofrecer sosiego. El lopezobradorismo podrá ser, en muchos aspectos, un proyecto reaccionario. Pero, justamente por eso mismo, es muy contemporáneo. La nostalgia tiene futuro.

Podría pensarse que, con la irracionalidad administrativa, Morena cava su tumba. Carlos Elizondo ha detallado los absurdos de sus políticas en un libro demoledor sobre el presidente que no reconoce más autoridad que la de su antojo. La incompetencia en la gestión será, sin duda, costosísima para el país. Pero sospecho que debajo de esa improvisación hay una lógica de poder que, hasta el momento, funciona. Para López Obrador todo es política y nada es políticas. Y en el terreno de lo político, tiene un sentido de eficacia que está totalmente ausente en el terreno de lo administrativo. Ha logrado en ese sentido demoler a sus oposiciones y sujetar la conversación pública. Habrá que ver qué sucede en la elección intermedia, pero hasta el momento la oposición partidista seguía noqueada. Ha debilitado brutalmente a las instituciones de la neutralidad y ha conformado una base de apoyo político que puede ser remplazo de la antigua estructura corporativa. Al año 3 DCH, el fracaso del lopezobradorismo está todo menos cantado.

El paraíso perdido del viejo nacionalismo es inspiración del lopezobradorismo, pero no es su destino. No hay precedente de esta política que se asume absolutamente desprendida de cualquier restricción de reglas, antecedentes y razones. No hay precedente de este personalismo, de este culto a la personalidad. No tenemos memoria de esta esmerada dedicación al encono, ese afán de corroer instituciones para instaurar una amorosa república de la virtud. López Obrador no tiene la modestia de buscar simplemente la recuperación del pasado. Como diría, entre asombro y angustia, Alexis de Tocqueville: “esto es nuevo”. ~


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