La psiquiatría más allá de sus fronteras | Letras Libres
artículo no publicado

La psiquiatría más allá de sus fronteras

El título del libro La psiquiatría más allá de sus fronteras es, un poco, una provocación. ¿Se puede contar la historia de la psiquiatría sin hablar de la psiquiatría misma? ¿Qué se puede decir de una disciplina médica, o de cualquier objeto de estudio, desde fuera de sus límites? Mucho. Esa es la respuesta que sugieren los cinco artículos compilados por Andrés Ríos Molina. En efecto, los protagonistas de los mismos no son los psiquiatras (quienes aparecen en sus páginas, apenas, como personajes secundarios), ni siquiera los enfermos mentales. Los verdaderos sujetos de estas historias son políticos y burócratas, jueces y abogados, fotógrafos y empresarios farmacéuticos, autores y lectores de cómics y fotonovelas. Dicho en otras palabras, el objeto de estudio de este libro es la sociedad mexicana en su conjunto, con sus creencias y sus prejuicios en torno a la salud y a la enfermedad mental, sus intereses políticos y económicos, sus miedos y sus obsesiones. La comunidad psiquiátrica es mostrada en este libro solo como una pequeña parte del vasto y complejo universo humano que era el México del siglo XX. Los textos que integran este volumen se enmarcan, pues, en el campo de la historia social y cultural de la psiquiatría, y no en el de la historia de la ciencia, entendida en su sentido más estricto.

Y es que, mucho antes de 1808, cuando el alemán Johann Christian Reil acuñó el término “psiquiatría” para designar una especialidad médica, lo que ahora llamamos “trastornos mentales”, y el tratamiento de los mismos, ha sido una preocupación constante de las sociedades humanas. En su célebre ensayo de 1961 Folie et déraison (traducido al español como Historia de la locura en la época clásica) Foucault ofrece numerosos ejemplos de esta obsesión, incluyendo la existencia de refugios especiales para “locos” al menos desde el siglo vii de nuestra era. En la Ciudad de México, los hospitales de San Hipólito y del Divino Salvador cumplían esta función desde el siglo xvi y xvii respectivamente. La gradual profesionalización del campo de la psiquiatría, ocurrida en distintas sociedades a diferentes ritmos, no significó que las discusiones en torno a la salud y la enfermedad mental quedaran confinadas, ni en México ni en ningún otro lugar del mundo, al gremio de los psiquiatras.

Una muestra de lo anterior es la historia del Manicomio General de La Castañeda, fundado en 1910 en el pueblo de Mixcoac, al sur de la Ciudad de México. Aunque esta famosa institución fue celebrada en su momento como un símbolo de la modernización porfiriana y como un triunfo del pensamiento científico, lo cierto es que la opinión de los profesionales de la salud mental (gremio que, en aquella época, apenas existía en México) tuvo un papel relativamente insignificante en comparación a consideraciones de índole política. Lo mismo ocurrió con el proceso, mucho más lento y menos publicitado, que culminó con la clausura del famoso manicomio, en 1968. El ambicioso proyecto de descentralizar la atención psiquiátrica que ofrecía La Castañeda en una amplia red de hospitales y granjas es estudiado con gran detalle por Daniel Vicencio. Su artículo, con el que abre el libro, demuestra que la llamada “Operación Castañeda”, nombre con el que se le conoció, en la época, a este complicado proceso, respondió a una amplia gama de intereses urbanísticos y, por supuesto, económicos y políticos, que poco o nada tenían que ver con la lógica propiamente clínica ni con el bienestar o la recuperación de los pacientes.

El segundo capítulo del libro, escrito por Ximena López Carrillo, trata sobre el desarrollo del campo de la psiquiatría infantil, a partir de la década de 1920 y hasta la de 1970, y la emergencia de la educación especial para niños “anormales” o que presentaban problemas de aprendizaje. Según el argumento de la autora, la lógica que determinó las características y los ritmos de dicho proceso no fue, una vez más, la de la psiquiatría, sino las complejas dinámicas institucionales del aparato educativo mexicano.

Por su parte, José Antonio Maya González analiza los mensajes publicitarios que aparecían en la prensa de la Ciudad de México, durante el porfiriato, para promover el consumo de remedios “milagrosos” para la epilepsia. No debería sorprender al lector que dichos mensajes no se apegaban, ni remotamente, a los saberes médicos de la época sobre esta enfermedad: respondían más bien a los intereses de las empresas farmacéuticas, en general poco escrupulosas, por vender productos como las “Pastillas Antiepilépticas de Ochoa”, las “Grageas anti-nerviosas del Dr. Gélineau” o el “Jarabe anti-nervioso del Dr. Saint-Denys”. En este discurso, revestido de una engañosa cientificidad, las personas que padecían epilepsia no eran representadas ni tratadas como pacientes, sino como consumidores. Dejaron de ser presentadas como sujetos peligrosos y empezaron a aparecer, en cambio, como clientes potenciales a los que había que convencer y seducir. Cabe preguntarse si este cambio en el discurso, que trasladó a los individuos que padecían epilepsia y otros trastornos mentales la responsabilidad de su propia curación, sirvió para mitigar el estigma social asociado a las enfermedades “nerviosas” o si, por el contrario, lo agravó.

El cuarto capítulo, escrito por Rebeca Monroy Nasr, es un ejercicio de historia visual. En él, la autora analiza cientos de fotografías, tomadas de diversos archivos, fondos documentales y fototecas, que reproducen las instalaciones y a los pacientes del Manicomio General de La Castañeda, durante los años en que este operó (1910-1968). Las intenciones de quienes captaron esas imágenes –algunos de ellos fotógrafos tan destacados como Guillermo Kahlo, Enrique Díaz, los hermanos Casasola o Manuel Ramos– fueron enormemente variadas: en algunas ocasiones respondían primordialmente a fines artísticos y en otras, la mayoría, perseguían evidentes objetivos propagandísticos; a veces enfatizaban la modernidad de las instalaciones del manicomio y en otras las deplorables condiciones de vida de los internos. Muchas de ellas circularon en medios masivos de comunicación y contribuyeron a moldear a La Castañeda en el imaginario colectivo de los mexicanos.

Es precisamente la imagen colectiva de la locura el tema del quinto y último capítulo del libro, escrito por Andrés Ríos Molina. De todos los textos que integran el volumen, es quizá en este donde se revelan con mayor claridad las ansiedades, los miedos y las fantasías que la enfermedad mental suscita en la sociedad. Para explorar lo anterior, el autor recurre a una fuente inesperada para un trabajo sobre la historia de la psiquiatría: las historietas cómicas y las fotonovelas, productos culturales que podrían considerarse “de baja calidad”, pero que gozaron de una enorme popularidad en el México de la segunda mitad del siglo XX. Específicamente, el autor revisa algunos cómics de divulgación científica publicados por la Editorial Novaro (con títulos como “La psiquiatría”, “El maravilloso mundo de los sueños” o “El día que Fantomas se psicoanalizó con Freud”), el fotomontaje Manicomio y la fotonovela erótica Traumas psicológicos. Aunque pertenecían a géneros diferentes, todas estas publicaciones incorporaban la locura en una matriz narrativa que no tenía mucha relación con el discurso psiquiátrico. El análisis de Ríos ayuda a comprender la construcción social de la mitología del manicomio y de los locos, una mitología marcada por el miedo, por la compasión y, sorprendentemente, por el deseo sexual.

Según Foucault, el lenguaje de la psiquiatría es “un monólogo de la razón sobre la locura”. La psiquiatría más allá de sus fronteras no es un libro de historia de la psiquiatría, no pretende reproducir este monólogo. Más bien, los trabajos que lo integran retratan una polifonía de voces diversas y discordantes, de instituciones y de representaciones creadas por una multitud de sujetos con valores, creencias e intereses variados y a menudo contradictorios entre sí.

Aunque las historias narradas en este libro tienen lugar en el ya remoto siglo XX, la reflexión que sugieren resulta hoy tan relevante como entonces. Las llamadas enfermedades mentales no pueden entenderse en su totalidad desde el discurso de la psiquiatría, la psicología o el psicoanálisis. Son construcciones culturales y, por lo tanto, para comprenderlas, es indispensable ampliar la mirada para abarcar a las sociedades que las producen, que las nombran y que intentan lidiar con ellas. ~


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