La otra república | Letras Libres
artículo no publicado

La otra república

Jesús Silva-Herzog Márquez

Por la tangente. De ensayos y ensayistas

Ciudad de México, Taurus, 2020, 192 pp.

En septiembre de 2014, al ingresar Jesús Silva-Herzog Márquez a la Academia Mexicana de la Lengua y ocupar el lugar que tuvo su abuelo, Hugo Hiriart recordó su prosapia. Su abuelo, gran economista e historiador, y su padre, destacado funcionario público. Entre ambos, Jesús Silva-Herzog Márquez se inclinó por las letras para darle sentido a las palabras, para tratar de habitar, semana a semana, la casa de las palabras. “Nunca he sentido el embrujo de las palabras como en aquellas reuniones familiares”, contó Jesús aquella noche en la Academia de la Lengua. Las reuniones donde el abuelo “oficiaba una ceremonia semanal” en la que hacía resonar su “voz gravísima, solemne, sentenciosa”. Hiriart recuerda al abuelo de Jesús como un hombre “impresionante, alto, corpulento, vociferante con voz de profeta: ‘en México hay hambre, hay hambre...’”.

Esas reuniones familiares conjugaban el embrujo de la palabra, la autoridad patriarcal y el sentido de responsabilidad hacia el país. Traigo esto a cuento por lo que implica el peso de la tradición. El destino de la vida pública. Su abuelo fundó y dirigió por muchos años la revista Cuadernos Americanos, pero al nieto no le dio por dirigir revistas. El padre ingresó a la política, fue secretario de Estado y lucía presidenciable, pero al hijo no le dio por el servicio público. Deduzco que del abuelo le viene la pasión por expresarse y del padre la pasión por la política. Sin embargo, en este cuadro de destinos cruzados, tradiciones, linajes y responsabilidades que he bosquejado, falta algo. Falta la literatura. La posibilidad de crear otros mundos, mejores o peores que este. La pluma de Jesús destaca cada lunes por la calidad de su escritura: clara, inteligente, sentenciosa. Es un columnista que cultiva con esmero su estilo. Sus libros políticos (El antiguo régimen y la transición en México, Planeta, 1999; La idiotez de lo perfecto, FCE, 2006) están salpicados de referencias literarias. Baste reparar en los capítulos del primero de ellos: “Vuelta al ornitorrinco”, “El pulpo”, “El centauro”, “El sultán y la mujer dormida”. Su verdadera vocación no es la de profesor (que ha ejercido en el ITAM y en el ITESM), ni la de columnista, sino la de ensayista literario. La política implica liderazgo, pero al parecer Jesús no se propone ser guía de nadie. El auténtico ensayista se pierde, avanza y se vuelve a perder, y al perderse se encuentra. El verdadero ensayista, como Montaigne, que ocupa el mayor de los sitiales entre sus admiraciones intelectuales, se arriesga. El ensayista desprecia la teoría, la sistematización, pero sobre todo el grave peso de la autoridad. Desdeña el dogma, el nacionalismo y la ideología, que son las dotes del abuelo, figura mayor del panteón familiar.

Por la tangente reúne 42 breves artículos sobre ensayos y ensayistas. Tengo frente a mí dos libros semejantes: El arte de ensayar, de Fernando Savater (Galaxia Gutenberg, 2014), y Ensayistas y profetas, de Harold Bloom (Páginas de Espuma, 2010)–. Dejo fuera de esta consideración el que me parece el mejor de todos, la antología Ensayistas ingleses, de Adolfo Bioy Casares, por su especificidad anglófila. El libro de Savater, como el de Silva-Herzog, comienza con un prólogo en el que expone lo que no es el ensayo –no es un tratado– y se destaca su carácter merodeador, “dueño del arte de la asociación libre en el plano especulativo”. Reúne veinticuatro breves semblanzas sobre pensadores (Russell, Paz, Szasz, Canetti, Camus, etc.) en los que el filósofo español reconoce la marca de la rebeldía. El libro tiene una función didáctica: estos autores son pilares del pensamiento contemporáneo, en estos libros me formé y el lector encontrará en ellos una guía del inconformismo. El libro de Bloom no tiene prólogo, da paso directamente a un poderoso texto sobre los profetas de la Biblia y a continuación le sigue un extraordinario ensayo sobre Montaigne. Son ensayos a fondo, eruditos, provocadores. Bloom los examina, los confronta, los relaciona. No define nunca al ensayo: muestra cómo los ensayistas se arriesgan al máximo y a veces ganan su apuesta literaria-existencial, o la pierden. Reúne veintiún textos sobre ensayistas, en su mayoría anglosajones.

El libro de Silva-Herzog, como los de Savater y Bloom, rinde homenaje a Montaigne, inventor del género (“el máximo invento literario”, según Virginia Woolf), pero, a diferencia de los anteriores, Silva-Herzog no reúne a los autores canónicos (Bloom) ni a autores característicos (por su desafío al poder, al sistema, como Savater). La selección de Jesús tiene algo de arbitraria y esto se explica por su origen periodístico. Los breves artículos fueron publicados en Nexos y una revista requiere novedad. Es cierto que habla de Swift o de Charles Lamb, pero porque recién aparecieron sendas biografías sobre ellos. La publicación periódica obliga a la actualidad. El contenido del libro de Silva-Herzog lo dictó de alguna manera el azar, la vuelta de los días. No el canon universal ni los autores que defienden o atacan algo en común. Son artículos escritos según sopla el viento.

Quizá la característica esencial de un ensayo es que no es un tratado, no pretende agotar su tema, no quiere convertir al lector, no es sistemático, rechaza la autoridad a favor de un argumento preciso y elegante. El ensayo “no intenta demostrar nada”; aborda su tema “sin acceder a él”; la divagación es su método; es “escritura que da la espalda a los especialistas”; el ensayo “debe dar placer al lector”: debe ofrecer “el gozo del aprendizaje” y “la calidez de una conversación cordial”; el ensayo no presenta un solo enfoque sino “una subjetividad múltiple”; en el ensayo –y esto es lo más importante– habla el yo. No el yo del poeta que celebra. El yo que ve, siente, piensa y opina. No un yo solitario (por más que se arriesgue por los linderos de lo pensable) sino uno muy atento al otro, que aquí se manifiesta de forma clara como el lector. Al lector hay que darle placer, dice Jesús siguiendo a Lamb, hay que brindarle argumentos claros, aunque sean contradictorios, hay que complacerlo con un tono amable, civilizatorio. Los dos grandes modelos de Jesús Silva-Herzog Márquez son Alfonso Reyes (que luego de la horrible muerte de su padre frente al Palacio Nacional abominó de la política) y Octavio Paz (que vive apasionadamente los asuntos de la polis). Y en medio de ambos, el abuelo, amigo de Reyes y editor de El laberinto de la soledad de Octavio Paz, que publicó Ediciones Cuadernos Americanos en 1950.

El ensayista que esculpe en sus artículos Silva-Herzog desconfía de la autoridad y del poder. Desconfía del saber establecido, del dogma, de la ideología y se arriesga a pensar por su cuenta permitiendo que se expresen los múltiples yos que lo habitan. El ensayista literario, a diferencia del especialista, pone alas a la razón, se vale de la imaginación para conducir al pensamiento por caminos inusuales. El ensayista no afirma, duda, aprecia, pondera: comprende. El ensayista (vale decir, el artista) presenta resistencia a las hazañas y desdeña al héroe convencional. El verdadero héroe: Montaigne, porque se niega a conducir o a adoctrinar a sus lectores. El ensayista rechaza los absolutos y se lanza contra la razón soberbia, armado con las prendas del humor y con el escudo del escepticismo. El ensayista que a lo largo de sus artículos bosqueja Silva-Herzog anhela que su ensayo brinde un buen “pellizco” a su lector, que lo sacuda con una iluminación.

Silva-Herzog se despoja de los trajes de la razón arrogante del articulista político y viste el ropaje del articulista que apuesta por el ensayo que divaga y se pierde; el del ensayista que, apasionado, se entrega a la escritura, aquel que ostensiblemente rechaza el poder, al que le repugna la vanidad y el aplauso, que asume que se debe pensar sin rehuir el mal. En los artículos que integran Por la tangente Silva-Herzog pondera la imaginación y el saber inspirado. Sabe que las dos mayores desgracias del hombre –su fragilidad, lo efímero de la vida– constituyen la fractura de donde nace la conciencia. Para decirlo con Pascal, “la hondura de su desgracia”.

Por la tangente versa sobre ensayos y ensayistas, sobre Hazlitt y Swift, Lamb y Mencken, Simone Weil y Virginia Woolf, Cioran y Camus, entre muchos otros, pero es sobre todo el retrato de su autor. Sus artículos hablan del placer, de la cordialidad, del liberalismo como igualdad moral. No hablan de los males de nuestra república, se refieren a otra república, lejana pero no ajena a la política; una república de ideas, argumentos, conocimientos diversos; una república que aspira a la verdad, a la convivencia equilibrada.

El destino de Jesús Silva-Herzog Márquez lo orientaba hacia la política. En cambio, decidió hacer política con la pluma y hacia la plaza pública. Politizar la vida es empobrecerla, ver de ella solo un ángulo y no el mejor. En el ensayo todo es posible. La divagación por el margen evita el compromiso, como Reyes. Le apasiona la conversación pública, como a Paz. Defiende su derecho a la contradicción. Este libro reúne breves artículos que dibujan el futuro ensayo literario del que es capaz Silva-Herzog. Un ensayo divagante, donde no pese el destino, ni la autoridad, ni la responsabilidad de ver por el país: un espacio de libertad. ~


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