La música callada de Ida Vitale | Letras Libres
artículo no publicado

La música callada de Ida Vitale

Ahora, mientras leo con atención, con momentos de irresistible fascinación, las prosas del exilio mexicano de Ida Vitale, Shakespeare Palace, me pregunto por la poeta uruguaya, a la vuelta de sus andanzas, siempre marcadas por lo que ella define como “pesimismo precautorio”, y me digo que Vitale, en su poesía, en sus prosas de la memoria, no concluye nunca, como si se propusiera seguir al pie de la letra esta frase escrita por Flaubert en una carta de 1850: “La inepcia consiste en querer concluir.” En otras palabras, la precaución, la duda, la relativa distancia fueron lo esencial de su escritura. En uno de sus mejores poemas, “La palabra”, escribía, “fabulosas en sí, promesas de sentidos posibles”. La poeta usaba palabras abiertas y evitaba las conclusiones. Sabía que cerrar un texto literario, cediendo a la tentación de concluir, era detener el movimiento, el ritmo de la escritura. En otras palabras, las prosas de Shakespeare Palace son prosas de sabiduría, cosa rara en nuestro mundillo. Evitar las conclusiones y los cierres abruptos, en el proceso práctico de la escritura, es atentar contra el ritmo de la escritura, que es la música del lenguaje.

Machado de Assis, el gran clásico de la literatura brasileña, vecina cercana de la uruguaya por razones obvias, confesaba que él tenía “cabeza de rumiante”. Todos los escritores que Ida Vitale ama tienen, como ella misma, cabezas de rumiante. Después de terminar sus textos, continúan rumiando la idea y llegando a prolongaciones, a bifurcaciones posibles.

Ahora me digo que recomiendo en forma especial las despedidas del mar de la montevideana extraviada en rincones mexicanos, Ida Vitale. Ella desayunaba con un café fuerte en alguna terraza del barrio de Carrasco, sintiendo el olor de la resaca salobre, bajaba por un camino de tierra rojiza, no sabemos si pensando en Julio Herrera y Reissig, en Delmira Agustini, en Felisberto Hernández. Encontraba filamentos de algas, los ponía en el fondo de una olla de agua hirviente, y comprendía que eran productos incomibles de la memoria. Conoció en sus jornadas mexicanas a Juan José Arreola; otra cabeza de rumiante, dicho sea de paso. Era una cabeza a lo Barrault, dice, y como conocí en Francia a Jean-Louis Barrault, el maravilloso Baptiste de Los hijos del paraíso, obra maestra del cine francés, me acuerdo de una cabeza rizada, de una cara afilada, pálida. Llego a la conclusión personal de que Ida Vitale era universal y describía la sonrisa irónica, esquiva, elegante, de Octavio Paz, mejor que nadie, y después despertaba en la noche del Distrito Federal, en una callejuela empinada, con el olor de las resacas del barrio de Carrasco.

Nuestra conclusión final, si es que se trata de concluir, a pesar de Gustave Flaubert, es que Ida Vitale, más que escritora de la memoria, es escritora del silencio, de lo que no se dice. Y como el silencio es uno de los elementos esenciales de la música, que ella ama, se podría sostener que la palabra de Vitale es “música callada”, citando así uno de los oxímoron mayores de la lengua española. ~


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