La muerte de la verdad de Derrida a Trump | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Tomohiro Ohsumi

La muerte de la verdad de Derrida a Trump

El relativismo cultural, entronizado por la academia desde los sesenta, es en parte responsable de la actual era de la posverdad. Así lo piensa Michiko Kakutani, que ha dedicado su libro más reciente a esa perversa relación.

A diferencia de otros muchos libros y panfletos dedicados al inconmensurable desastre, cuyas consecuencias finales estamos lejos de aquilatar y que se resumen en la frase de Timothy Snyder “La posverdad es el prefascismo”, The death of truth. Notes on falsehood in the age of Trump (2018), de Michiko Kakutani, es obra de una crítica literaria. Y no de cualquiera sino de aquella que hasta hace poco era la principal crítica literaria de The New York Times, temida por la brevedad incisiva de sus reseñas, muchas veces injustas, siempre pertinentes. Al bajar a la arena del panfleto político, Kakutani lo hace llena de literatura, lo cual confirma –al menos para mí– la involuntaria asociación delictuosa que acabó por producirse entre el relativismo cultural y la posverdad.

Al igual que muchos de los que ahora pasamos insomnio tras la victoria de Donald Trump en noviembre de 2016, Kakutani corrió a buscar su ejemplar de Los orígenes del totalitarismo (1951), de Hannah Arendt, y se detuvo en el párrafo donde la filósofa de Hannover dice que el seguidor ideal del nazismo o el comunismo no es el exaltado militante sino la persona para quien ha dejado de existir la distinción entre hecho y ficción (la realidad de la experiencia) y entre verdad y mentira (el pensamiento en lo que tiene de tangible).

Michiko Kakutani, The death of truth. Notes on falsehood in the age of Trump, p. 11.
 

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 Para Kakutani, asistimos al espectáculo en el que cada día más personas actúan creyendo tener no solo sus propias opiniones sino sus propios hechos, lo cual parece condenar al resto de los mortales a mirar de frente el grabado de Goya, “Murió la verdad”, una de sus denuncias contra Fernando VII.

 Ibid., p. 17.

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La confusión entre hecho y verdad es muy vieja. Acaso se encuentre en el obligado origen de las religiones, pero Kakutani la sitúa a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, cuando la Nueva Izquierda se obsesionó con denunciar al Occidente burgués y patriarcal. Dice la autora que el evangelio del posmodernismo (que tiene en Nietzsche a su remoto y también involuntario bautista, agrego) argüía la inexistencia de las verdades universales contra el imperio de las pequeñas verdades personales, percepciones conformadas por las fuerzas culturales y sociales.

 Ibid., p. 18.

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 Gracias a los nietzscheanos de izquierda inspirados en Foucault, esas fuerzas fueron amparadas bajo el amplio y difuso pero absoluto paraguas del Poder multiplicado y denunciado. De acuerdo con Kakutani, la derecha populista secuestró esos “argumentos relativistas” en temas como el creacionismo o la negación del cambio climático. Menos que un secuestro –meto mi cuchara otra vez– se trató de una extraordinaria migración que alguien alguna vez habrá de estudiar, aunque a Kakutani le parece que en Estados Unidos hizo imperar el “efecto Rashomon”

Idem.
 

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 –el cual reza que “todo punto de vista depende de mi punto de vista”– en décadas donde el narcisismo y la autoestima se convirtieron en los pilares de una educación sentimental –denunciada en su día por Tom Wolfe– que acabó por parir un monstruo: el propio Trump, el gran trol.

La verdad, nos recuerda Kakutani, es la piedra fundacional de una democracia y una de las cosas que nos separa de la autocracia. El antiintelectualismo pasó de ser una coquetería del macartismo a ser la esencia de la extrema derecha mundial. Ya no es –me parece– una desafección rústica por los libros, sino una verdadera derrota del pensamiento –trátese de Marine Le Pen, Geert Wilders o Matteo Salvini–. No solo se contabilizan la cantidad de mentiras tuiteadas al día por Trump sino que, según The Washington Post, el 47% de los republicanos cree que su candidato ganó también el voto popular y el 68% asegura que millones de ilegales fueron acarreados para votar por Hillary Clinton.

Ibid., pp. 26-27.

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La bendición de la mentira, escribe Kakutani, se remite a una antañona superstición estadounidense que asocia el intelectualismo con la izquierda, lo cual se comprueba, según yo, en que haya desaparecido del canon universitario –a petición de la propia izquierda– toda la bibliografía conservadora de Estados Unidos –los Críticos del Sur, George Santayana, H. L. Mencken o Allen Tate–, junto a la difícil supervivencia, por políticamente incorrectos, de Ezra Pound y T. S. Eliot. Todos ellos contemplarían horrorizados las ruinas no del modernismo, sino de su propio antimodernismo, como lo temió un viejo conservador, Allan Bloom, en El cierre de la mente moderna (1987).

 Ibid., p. 52.

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Kakutani afirma que, al mentir sobre el falso arsenal nuclear iraquí y luego asociar a Hussein con los atentados del 11 de septiembre de 2001, Washington autorizó la posverdad como política de Estado (marrullería, por cierto, debida a un exintelectual como Paul Wolfowitz).

Ibid., pp. 31-32.
 

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 A la posverdad además –tras las elecciones de julio de 2018 esto debe preocupar en México– la acompaña una “deconstrucción administrativa del Estado”,

Ibid., pp. 33-36.

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 basada en la convicción de que los cuadros profesionales son una élite sospechosa y por ello desechable, porque se trata de una burocracia ilustrada que está en mejor posición de informar a los ciudadanos que los familiares del presidente Trump, como es el caso de Jared Kushner, que le habría llamado la atención a Cornelio Nepote. Kakutani ha registrado con puntualidad este desprecio por los especialistas: desde Silicon Valley, con los emprendedores millonarios como estandarte, pueden leerse The cult of the amateur, de Andrew Keen, o The death of expertise, de Tom Nichols. La ignorancia, lamenta nuestra crítica, está de moda. En 1984, de Orwell, no había una palabra para “ciencia”.

 Ibid., pp. 34-35.

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Que la verdad se convertiría solo en un asunto de perspectiva y agenda lo pronosticó el suicida David Foster Wallace cuando dijo que la proliferación informativa asociada sobre todo a internet acabaría por mudarse al conservadurismo, teniendo como antecedente –dice The death of truth– al propio relativismo de la Nueva Izquierda.

Ibid., p. 43.

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 Kakutani nos recuerda el orgulloso “leninismo” de Steve Bannon o la confesión de Mike Cernovich de que, gracias al posmodernismo aprendido en la universidad, se había enterado –Jacques Lacan mediante– de que todo es simplemente narrativa.

Ibid., p. 46.

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 Busquemos nuestra narrativa, concluyó este conocido conspirador de la alt-right.

Detrás del creacionismo o del descrédito del cambio climático se encuentra el odio que los círculos posmodernistas han profesado por la ciencia, a la que han asociado, en la mejor lid estalinista, a los intereses de la clase que la ha ejercido, proveedora del capitalismo. Si la ciencia es falsa, la historia puede serlo con mayor probabilidad. Los negacionistas han “deconstruido” el Holocausto para denunciarlo como fake news, lo cual no habría sido tan fácil sin el relativismo. Esto lleva a Kakutani al caso de Paul de Man (1919-1983), el famoso crítico literario de origen belga y uno de los maestros de la deconstrucción. Cuando se supo que De Man, como tantos jóvenes intelectuales europeos de su generación, había realizado intensas actividades prohitlerianas, probadas con una espantosa hemerografía antisemita de más de cien artículos, ardió Yale. Retrospectivamente, los defensores de De Man, entre ellos Jacques Derrida, trataron de “deconstruir” su antisemitismo, apoyados en la “indeterminación” del texto y la inestabilidad del lenguaje, lo cual permitía leerlo de manera irónica. Es decir: De Man no llamó a desaparecer todo vestigio judío de las artes y las letras sino que quiso decir, a sus veinte años, exactamente lo contrario para subvertir, medio siglo después, el malhadado prestigio de la verdad.

Ibid., pp. 56-60.
 

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 Con similares machincuepas, en Francia se trató de “desnazificar” a Martin Heidegger en los ochenta, tarea hoy imposible dada la conexión sin ambages entre el antisemitismo y su filosofía, que ha quedado demostrada con la reciente publicación de sus Cuadernos negros.

Volviendo a Estados Unidos, la crítica literaria de origen japonés relee a Tocqueville y nos hace recordar que, siglo y medio antes de Facebook e Instagram, el autor de La democracia en América notó que los estadounidenses tendían al autismo, como diríamos hoy día, poniendo en peligro las necesidades colectivas de una democracia. Ayn Rand (1905-1982), la publicista rusa cuyas novelas son canónicas hasta para el iletrado Trump, llevó dicha preocupación a un extremo de insuperable endiosamiento, cuando afirmó que la más alta virtud moral es la búsqueda, a través del dólar, de la felicidad personal.

Ibid., pp. 64-67.

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Si nuestro siglo XXI ha acabado por convencernos de que la contradicción fundamental ya no es la de la izquierda contra la derecha, sino el conflicto entre democracia liberal y populismo autoritario, la lectura de The death of truth ofrece una bendita lección de transparencia. Kakutani justamente explora en esas dos tradiciones –la socialista (para no hacer uso de la acepción estadounidense de “liberal”, tan equívoca) y la conservadora– la explicación del populismo contemporáneo, que debe mucho, como no podía ser de otra manera, a ambas escuelas. En otros puntos, la autora se excede cuando se atrinchera en un tipo puritano de crítica literaria –muy propio del trascendentalismo del siglo XIX y vigente en pensadores como Martha Nussbaum– que le exige a la literatura, no sin cierta razón, compromiso moral, y que ofrece a novelistas como Karl Ove Knausgård y Michel Houellebecq (ninguno de los dos de mi preferencia) como pruebas del extremo ombliguismo de la literatura actual.

Ibid., pp. 69 y 156.

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 Es probable que lo sean pero individualistas fanáticos y autorreferenciales los hay en toda la cultura que los angloamericanos llaman “modernismo”.

Mayor sustancia tiene el alegato de Kakutani contra los estragos de la ficcionalización y el feminismo radical en la crítica y en la biografía, dado que ambos descreen de la verdad, porque todas las verdades son parciales. Así, es imposible escribir –me imagino, siguiendo un ejemplo ofrecido por la autora– una biografía amplia, neutral y por fuerza controvertida de Sylvia Plath y Ted Hughes, esa relación turbulenta. Solo pueden argumentarse dos verdades legítimas en eterno conflicto y cada cual escogerá, para pelear, la suya. Si se me permite, eso es trasladar la perversa dicotomía amigo/enemigo, que trazó Carl Schmitt, de la política a la literatura. Y si nos relajamos, como “se relajó” Trump ante el tiroteo neonazi en Charlottesville, terminaríamos por conceder, misericordiosos, que hay gente buena en ambos lados.

 Ibid., pp. 72-75.

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No se debe banalizar la verdad, se insiste en The death of truth. La vulgarización, ese fenómeno tan común en la buena literatura y el gran cine, tuvo un primer impulso en los reality shows de los que proviene Trump, espectáculos cuya naturaleza idiosincráticamente estadounidense se remonta al siglo XIX, según lo ha estudiado Marc Fumaroli en París-Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes (2009), al recordar al empresario cirquero P. T. Barnum. Después apareció internet, el instrumento supremo para que cada cual tenga, además de sus propias opiniones, sus propios hechos. Esa transición no es nueva –es la esencia del totalitarismo, como subrayó Arendt– y a ella sigue, súbitamente, la decadencia del lenguaje. Así nos lo recuerda Kakutani, citando 1984 o el diario del lingüista Victor Klemperer bajo el nazismo.

El asalto de Trump contra la verdad no podía ser solo político sino es también gramatical, a través de Twitter, cuyo uso ha degradado la vida democrática –una responsabilidad que es de todos sus usuarios, sean políticos o ciudadanos–. Resulta redundante repasar las bien conocidas, por cotidianas, barrabasadas de Trump que relata Kakutani, pero es simpático mencionar que el presidente ha hecho escuela no solo en la política, sino también en los negocios. Hay gente que gana dinero creando fake news, como la muy oronda Desinfomedia en California.

Ibid., p. 152.

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 En el ámbito político, no solo se trata de Estados Unidos: en tiranías –como la de Bashar al-Ásad– o democracias iliberales –sea la de la antigua Birmania o la de Rusia– se expande una política tribal donde los medios difunden solo aquello que es “hiperpartisano”, como sucede en Fox News o en la televisión pública catalana confiscada por los independentistas. En esos medios, sobra decirlo, el menor atisbo de crítica negativa o divergencia se ha esfumado. Reina, totalitaria, la posverdad.

Ibid., pp. 113-115.
 

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La oficiante mejor adiestrada en este sepelio de la verdad es la Rusia de Putin –lo que convierte el asunto en una increíble (y hasta paródica, como lo pide nuestra época) reposición de la Guerra Fría–. En su recuperado leninismo, los llamados “neobolcheviques” –Viktor Orbán en Hungría, Nigel Farage en Gran Bretaña o Jarosław Kaczyński en Polonia– se demuestran devotos, voluntarios o no, de Vladislav Surkov, el principal propagandista de Putin, para quien la creación del caos, primero en Rusia y después en el resto del mundo, es la manera de destruir el liberalismo mediante la “neoverdad”, lo que no es nada novedoso. De todo eso da cuenta The death of truth, pero la verdadera novedad es que también se nos informa que Surkov citó a Derrida como su maestro en el arte de la mentira, pues, según sus lecturas, si el lenguaje no es fiable y la relación entre las palabras y el sentido es inestable, las nociones occidentales de veracidad y transparencia son inocentes y escasamente sofisticadas. La deconstrucción, concluye Kakutani, es profundamente nihilista y su labor destructiva implica, en términos públicos, que ha sido fútil toda la obra de periodistas e historiadores capaces de ofrecernos verdades demostradas gracias a la evidencia.

 Ibid., pp. 160-161.

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Lo que fue una doctrina antiautoritaria, el posmodernismo en los años sesenta, ha terminado en un horror, debido a su empeño por repudiar a la razón occidental como un vejestorio al uso de las clases dominantes y al lenguaje como un fascismo veleidoso disociado de toda veracidad. Se trata de otra traición de los clérigos, digo yo, que acaso termine por ser más costosa que la ocurrida después de la Primera Guerra Mundial, si es que a la posverdad no la devora su mefistofélica naturaleza paródica. Philip Roth temía que el destino final de los Estados Unidos estuviera en la commedia dell’arte. Es probable. Mientras ello ocurre The death of truth, de Michiko Kakutani, confirma mi esperanza de que volver a la Edad de la Crítica no solo es nostalgia. Es una urgencia política. ~

 


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