La mirada escindida | Letras Libres
artículo no publicado

La mirada escindida

Salvador Elizondo

Luchino Visconti y otros textos sobre cine

Prólogo de Paulina Lavista y epílogo de Christopher Domínguez Michael

Ciudad de México, Ai Trani/Secretaría de Cultura, 2017, 242 pp.

 

Acaso las afinidades de Salvador Elizondo con el cine resulten conocidas. Sus textos sobre el tema, por otro lado, no habían corrido con la misma suerte. Al hallarse disgregados e incluso inéditos, consultarlos, hasta hace no mucho, les estaba deparado solo a quienes contaban con el tiempo necesario para escudriñar diversos acervos hemerográficos. Es así que la reconocida fotógrafa y viuda del escritor Paulina Lavista, el editor Fabrizio Cossalter y el crítico Christopher Domínguez Michael emprendieron una inmersión archivística, que daría como resultado Luchino Visconti y otros textos sobre cine. He allí reunidos, al fin, algunos de los primeros escritos de Elizondo. Sirva la última sentencia no solo para ubicarlos temporalmente, sino para situar al cine como punto de partida, motor y constante de una de las narrativas más complejas y originales de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Lavista se encargó de la redacción del prólogo; en él apuntala las inquietudes cinematográficas de Elizondo, cuya vida, podría decirse, estuvo signada por el cine casi filialmente: repasa los escarceos del padre (Salvador Elizondo Pani, diplomático devenido productor fílmico) antes de tratar las peripecias cinéfilas del joven Elizondo como estudiante del Institut des Hautes Études Cinématographiques en París, director de Apocalypse 1900 (1965) y de otras cintas frustradas, miembro fundador del Grupo Nuevo Cine y de la revista homónima. A ella también se debe la curaduría de las fotos que acompañan la edición, intercaladas como guiño al diálogo entre letra e imagen efectuado en la compilación.

Los diecisiete textos proceden de diversos medios, que van de los suplementos culturales (La Letra y la Imagen, de El Universal; Cultura de El Nacional y el diario Unomásuno) a las revistas más o menos especializadas (caso de Nuevo Cine). Tan variada como la procedencia resulta la selección, donde conviven escritos reseñísticos (“Mi lucha de Erwin Leiser”, “El año pasado en Marienbad, de Resnais”, “Solo con tu pareja” y “Entre Nuevo Cine y Rojo Amanecer”) con textos dedicados a artistas específicos (“Fernando de Fuentes”, “Luis Buñuel, un visionario”, “Julio Bracho, un sentido recuerdo”, “Música de fondo”, acerca del compositor Raúl Lavista, y la tríada sobre Eisenstein).

Mención aparte merece el texto que da nombre a la compilación, no solo por tratarse del escrito más extenso de la misma, sino porque constituye el preludio de una novelística y la síntesis de múltiples inquietudes narrativas. La elección de Luchino Visconti como objeto de análisis es todo menos azarosa. Elizondo se decanta por un cineasta que bien podría considerarse literario, en tanto abrevó de la literatura los argumentos de sus películas (Camillo Boito, Fiódor Dostoievski, Thomas Mann y Giovanni Verga se cuentan entre sus fuentes). Así, el análisis de su filmografía habrá de llevarse a cabo en esos términos, de modo que no debe extrañar que Rocco y sus hermanos (1960) reciba el título de “novela cinematográfica”. Quien desee transitar los meandros de la exégesis elizondiana bien podría convertir esta monografía en su vademécum. Ahí están todos los cimientos: las tempranas lecturas de Georges Bataille y la afinidad por el nexo erotismo-muerte, que tan importante habría de ser en Farabeuf (1965); el interés por la articulación del discurso narrativo con otros ajenos a él (“narración son las cuevas de Altamira y el Finnegans Wake”, declara), técnica que ensayará en volúmenes de relatos como El retrato de Zoe y otras mentiras (1969) y El grafógrafo (1972); el análisis de las alegorías como elemento de construcción ya de personajes, ya de imágenes, aspecto que cobrará relevancia en su segunda novela, El hipogeo secreto (1968). Un enfoque similar trasluce en “La estética de Eisenstein”, donde también se revela un interés ulterior a lo fílmico. Lo que podría haberse quedado en una glosa de las técnicas de montaje del cineasta ruso se convierte en un pretexto para poner de nuevo a discusión, si bien someramente, categorías como la mímesis y el realismo (viejo, aunque nunca caduco problema: ¿de qué hablamos cuando hablamos de “realismo”?).

No es este enfoque interdisciplinario el único indicio de la pericia crítica de Elizondo. Para advertirla, habría que recurrir no tanto a las reseñas (siempre sujetas a la tiranía lacónica de los espacios periodísticos, que poco sitio dejan para lucir tanto los argumentos como la prosa) sino a ensayos como “El cine experimental” o “El cine mexicano y la crisis”, donde se analizan las condiciones de producción y distribución fílmicas, y el modo en que estas determinan la calidad de las producciones. “Moral sexual y moraleja en el cine mexicano” también destaca en el mismo tenor, puesto que constituye un esfuerzo por historiar las representaciones de un tema, el erotismo, en sus variadas aristas. Pese a sucumbir a la taxonomía, el repaso resulta útil en tanto liga los avatares eróticos del cine nacional con las circunstancias sociales que los posibilitaron (el público de clase media como principal concurrente a las salas se convierte en un factor toral); asimismo, descubre al espectador contemporáneo una letanía de títulos que hoy, en el mejor de los casos, se consideran rarezas y, en el peor, futilidades. Para esbozar un panorama más o menos completo de la filmografía mexicana (y esto Elizondo parecía tenerlo claro), debe atenderse a los puntos medianos y bajos, no solo a los altos.

“Me basta con que sean ideas. No me importa si son originales”, escribió el autor en sus diarios. Cabría parafrasearlo, a manera de coda: para Elizondo, bastaba con que fueran formas, sin importar su soporte, ya no digamos su originalidad. De los grafos al lenguaje de la luz, sus escritos sobre cine develan a un creador que piensa entrecruces, más que singularidades. Podría alegarse que en ello estriba una de las muchas riquezas de su obra. En ese sentido, los textos compilados se erigen como guía para aprender a leer el cine. O a ver los textos. ~


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