La llama doble de Bradbury | Letras Libres
artículo no publicado

La llama doble de Bradbury

A partir de 1953, año en que salió a la luz, no falta ser humano que crea que ya vivimos en el futuro de Fahrenheit 451 de alguna u otra forma. Y se entiende: la deshumanización que se presenta como una doble jugada de avance tecnológico y desprecio por los libros suele ser fructífera y alentar algunos de los principales temores de la gente de bien. Para el siempre quisquilloso Harold Bloom, Fahrenheit 451 es un imperfecto producto de la Guerra Fría y, pese a sus defectos, su advertencia de que las pantallas podrían destruir la lectura era más evidente a inicios del año 2000 que en su propia época. En 2018, el director Ramin Bahrani, responsable de la más reciente adaptación cinematográfica, trasladó ese peligro a las redes sociales y los grandes emporios tecnológicos, a los que hemos regalado nuestros recuerdos, nuestro ocio y nuestro lenguaje.

Como se recordará, Ray Bradbury (cuyo centenario se celebra este agosto) presenta en su novela una sociedad distópica en la que los libros han sido condenados y el protagonista, un incendiario profesional llamado Guy Montag, experimenta una conversión casi paulina, que lo transforma de perseguidor en perseguido. No es la única historia que Bradbury escribió sobre el tema: su cuento “Los exiliados”, de 1950, narra las peripecias de un grupo de autores y personajes –Poe, Machen, la pequeña Dorrit, las brujas de Macbeth, entre otros– que viven en Marte, una vez que, a partir del año 2020, los libros de imaginación han sido proscritos en todos los países. “La ciencia infestó la Tierra, sin dejarnos finalmente más salida que el éxodo”, le explica Poe a un receloso Dickens. Un escenario parecido puede leerse en “Usher II”, también de 1950, en el que un hombre toma venganza contra los funcionarios del departamento de Climas Morales, que han quemado y prohibido las historias de fantasía en nuestro planeta. Varios de esos relatos fueron reunidos en la recopilación A pleasure to burn.

El tono aleccionador que a veces tiene Fahrenheit 451 ha garantizado, a mi parecer, su perdurabilidad. Otro tanto lo ha hecho el contraste entre el valor de los libros, el sentido crítico y la memoria que identifica –obvio– a los lectores en oposición a los medios masivos, la manipulación y la amnesia histórica que caracteriza a buena parte de la sociedad. Su apasionada defensa de los valores tradicionales de la literatura suele hacer de Fahrenheit 451 una fábula moral impermeable a la mala crítica y hasta apreciable para la gente poco interesada en la ciencia ficción (su primera adaptación cinematográfica en 1966 corrió a cargo de François Truffaut, a quien le importaba un pepino el género).

A menudo los orígenes de aquel futuro antiintelectual se explican con aquellas palabras que Montag escucha de su jefe: “No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas o periódicos.” En otros momentos, la culpa la tienen la publicidad, los deportes, la vulgar estandarización de la cultura o la cobardía de ciertos profesores universitarios que no alzaron la voz ante los primeros signos del horror. Para cualquiera que se sienta azorado por el vértigo del presente es fácil identificar varias de esas señales, pero aceptar aquel razonamiento es tanto como tragarse la justificación del censor. Una estrategia que a la larga resulta peligrosa y que otras ficciones de Bradbury se han encargado de cuestionar.

En “Usher II” las hogueras de la Tierra no solo arden gracias a las obras de Poe o de Hawthorne, sino también a los cómics, las revistas de ciencia ficción y las novelas policiacas. En aquel relato no hay distinción entre la alta cultura y la cultura de masas, porque el sistema ha puesto el ojo en cualquier manifestación que se considere demasiado escapista o demasiado política o simplemente útil para agitar el miedo social. Como explica uno de los personajes: “¡Hasta el entretenimiento era ‘extremista’, se lo aseguro!”

Esa apreciación tenía bases reales: desde finales de la década de 1940, publicaciones pulp como Weird Fantasy, Weird Science o Crime Suspenstories, algunas de las cuales habían adaptado obras de Bradbury, estaban en el centro de una cruzada que pretendía restringir su comercialización y que, en diversas ciudades estadounidenses, las había llevado literalmente al fuego. El fundamento intelectual lo había proporcionado Fredric Wertham, un psiquiatra que, en diversas publicaciones literarias y en su libro La seducción del inocente, había responsabilizado a las historietas y las revistas pulp de corromper y hacer violentos a los jóvenes. En una inversión de la distopía de Fahrenheit 451, eran los libros, los especialistas y las publicaciones de prestigio los que alimentaban la llama en la que se quemaban los materiales impresos.

En su ensayo “The poet of the pulps: Ray Bradbury and the struggle for prestige in postwar science fiction”, el estudioso Anthony Enns analiza el paso de Bradbury de las publicaciones de entretenimiento a las revistas “serias” y concluye que en Fahrenheit 451 hay suficiente ambigüedad como para no tomar su novela como una clara condena de la cultura de masas. En cierta escena, Faber, un viejo maestro de literatura, le dice a Montag que los libros son apenas un soporte en el que la gente puso lo que valía la pena recordar y que ese soporte puede ser cualquier otro, la radio o la televisión, por ejemplo. Pero dice algo todavía más sugerente: que los medios que dominan aquella sociedad –los televisores que cubren las paredes– se perciben como entes reales, una peculiaridad que los vuelve incontestables. En cambio, para Faber, los libros tienen algo de irreales, “pueden ser combatidos”, te puedes dar una pausa para decir: ¿qué tontería estoy leyendo? Su mayor virtud es no tener un aura sagrada. No es casual que la Biblia misma, despojada de su autoridad sobrenatural, esté bajo amenaza y que hasta los no creyentes como Faber consideren necesario preservarla.

Hay otro cuento de Bradbury que delinea bien esa doble naturaleza de las creaciones humanas. Se llama “Vendrán lluvias suaves” y habla de una residencia automatizada, cuyas labores cotidianas continúan después de que una catástrofe nuclear ha pulverizado a todos los habitantes de la ciudad. En medio de esa desolación, un incendio se desata por azar y, pese a los esfuerzos de la casa por salvarse a sí misma, solo una pared queda en pie. En su descripción de los robots y los sistemas automatizados luchando inútilmente por su supervivencia sin dejar de hacer el trabajo para el que fueron programados, Bradbury logra, por un lado, ridiculizar las pretensiones de higiene, seguridad y confort que continúan incluso cuando las personas han desaparecido y, por el otro, recrear en aquellos objetos el carácter humano que les dio origen. Es lo que creo que sucede con los libros, las historietas, la ciencia y la tecnología, que son víctimas y villanos en distintas historias de Bradbury: reflejan, por igual, el lado inventivo y destructivo de los hombres. En momentos son frágiles y en otros pueden propiciar la llama para quemar otras obras humanas. ~