La historia de una historia de la invasión estadounidense | Letras Libres
artículo no publicado

La historia de una historia de la invasión estadounidense

La historia de una guerra no solo debe centrarse en las hazañas militares y sus héroes. También puede ser la oportunidad para comparar sociedades e instituciones y adentrarse en la vida cotidiana de los combatientes.

Cuando yo era joven, la historia militar no estaba de moda entre nosotros, la tribu de estudiantes del doctorado en historia. Para nosotros, la historia de las guerras era algo demasiado tradicional, una historia de líderes militares, sabios o no tan sabios, o una historia heroica de lo más irreal, que tomaba esas tragedias que son las guerras y las vestía de gala. No queríamos nada de eso. Lo que nos interesaba era la historia social, de la gente campesina o de las clases trabajadoras. Leíamos a E. P. Thompson y a Eric Wolf y a veces nos poníamos a discutir cuestiones teóricas como cuál fue el momento exacto en que se inició el capitalismo en América Latina. ¿Cómo entonces llegué a escribir La marcha fúnebre, que es una especie de historia militar?

Primero, como muchos niños, de pequeño tuve un interés un poco exagerado en la historia militar. Leía mucho sobre la guerra –y mucho de lo que leía era bastante malo, historias que enfatizaban el liderazgo militar, el heroísmo y la invención de las tecnologías militares–. Pero también, como muchos, dejé ese tipo de libros una vez que empecé a estudiar la licenciatura. Allí tuve un par de encuentros con historiadores mexicanos que terminaron siendo los primeros pasos que me condujeron hacia este libro.

En Chicago, Enrique Semo era profesor visitante y nos dijo que le gustaba mucho la historia comparativa, porque la comparación nos deja ver las causas con más claridad. Un año después estuve en la unam como estudiante de intercambio y fui alumno de Berta Flores Salinas, en una clase sobre la Reforma. Como esa había sido una época de tremendas guerras civiles, le pregunté a la profesora Flores Salinas quiénes eran los soldados que habían tomado parte. Ella respondió que todos eran gente forzada a participar mediante la leva. Una respuesta que me resultaba muy problemática.

Otro paso hacia el libro ocurrió cuando, de regreso en Chicago, entré al doctorado. Participé en un seminario sobre los movimientos sociales rurales en América Latina. Allí me interesé en las conexiones entre las rebeliones campesinas y la política de las élites en el México del siglo XIX, buscando otra respuesta a la pregunta que le había hecho a la profesora Flores Salinas. Esa tarea me llevaría a mi primer libro, Campesinos y política en la formación del Estado nacional en México. Guerrero, 1800-1857, y despertó una curiosidad intensa sobre la formación de los Estados nacionales.

Un nuevo acontecimiento durante el posgrado me llevó a escribir sobre la guerra de 1846-1848. En mis exámenes orales del doctorado, un profesor me hizo una serie de preguntas sobre los orígenes de la tolerancia religiosa, el gobierno representativo y las elecciones en Estados Unidos. En esa parte del examen me fue más o menos bien, porque pisaba territorio conocido, pero después otro profesor, John Coatsworth, me lanzó una pregunta muy aguda, pidiéndome que hiciera una comparación: ¿por qué no habían surgido los mismos rasgos políticos en América Latina? No pude darle una respuesta lógica, simplemente porque todo nuestro enfoque se había concentrado en una u otra región, nunca en compararlas. Por suerte sobreviví al examen, pero ese cuestionamiento me dejó con una inquietud tremenda.

Tal preocupación me persiguió mientras investigaba y escribía dos libros sobre las conexiones entre las clases bajas mexicanas y la política nacional en la primera mitad del siglo XIX, el ya citado Campesinos y política en la formación del Estado nacional en México y El tiempo de la libertad. La cultura política popular en Oaxaca, 1750-1850. Durante todo ese tiempo –y hablo de lustros– tuve en algún rincón de mi mente la idea de que mi tercer libro sería distinto, porque era necesario que me enfrentara al problema de la comparación. Llegué a pensar que casi todo lo que se escribe sobre la historia de América Latina se fundamenta en comparaciones implícitas entre los fracasos latinoamericanos y los éxitos de Europa y Estados Unidos. De hecho, creo que nuestra visión comparativa ofrecía una visión distorsionada, una visión que exageraba el supuesto éxito de Estados Unidos –sobre todo su estabilidad política– y que a la vez exageraba los fracasos de América Latina. Decidí que para hacer una comparación precisa era necesario examinar a los dos países en un momento dado.

Me fijé en la guerra de 1846-1848, porque era el acontecimiento más importante que compartieron México y Estados Unidos. Esto cuadraba muy bien con mi preocupación por la formación de los Estados nacionales y con mi preferencia por la primera mitad del siglo XIX. Además, dado mi interés en las clases bajas y la política, quería escribir una especie de historia social y cultural de esa guerra. Pero aún no entendía dos cosas: primero, que escribir sobre una guerra iba a ser un trabajo muy emocional y, segundo, que escribir sobre una guerra no era posible sin meterme en la historia militar.

En 2003 me di cuenta de lo primero porque en marzo de ese año mi país invadió Irak. Nuestro gobierno inventaba información más que absurda para justificar la ocupación y esa guerra, al día de hoy, ha causado la muerte de más de cien mil civiles. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que sería imposible escribir sobre una guerra sin acercarme a la violencia y la tragedia. Sí, debo reconocerlo, era un poco ingenuo.

Pero lo de la historia militar todavía no lo sabía. En 2006 intercambié algunos correos electrónicos con un viejo compañero de la licenciatura que hoy es abogado. Le comenté que iba a escribir una historia social y cultural de la guerra de 1846-1848, pero que mi libro no iba a ser sobre historia militar. Mi amigo afirmó que lo que yo intentaba hacer cabía en una tendencia historiográfica concreta: la llamada nueva historia militar. Desde hace algunos años diversos historiadores han ampliado el alcance de la historia militar, incorporando el estudio de los aspectos sociales de las fuerzas militares, la relación entre la guerra y las sociedades y la historia cultural de la guerra. Mi viejo amigo me mandó algunas sugerencias bibliográficas y me puse a leer.

Así, hacia 2006 pensaba que tenía identificados los rasgos más importantes del proyecto: iba a escribir una historia social y cultural de la guerra de 1846-1848, usando la misma guerra para comparar las sociedades de los dos países. Pero todo sería mucho más difícil de lo que había pensado.

Mi primer problema fue que no sabía mucho de la historia de Estados Unidos. Las clases que había tomado durante la preparatoria habían sido un desastre, durante la licenciatura no cursé ni siquiera una materia de historia de Estados Unidos y en el posgrado apenas había tomado dos cursos de historia colonial estadounidense. Les pedí a algunos compañeros de mi facultad sugerencias sobre lo que debía leer y puse manos a la obra. Era más o menos como tomar unos cursos de posgrado, pero a una edad mayor, cuando uno tiene menos energía y muchas obligaciones familiares y profesionales. Sin embargo, en realidad tenía una ventaja interesante: veinte años de investigar la historia mexicana de la época me habían dado una óptica singular sobre la estadounidense, sobre todo porque podía ver que la estabilidad de las instituciones políticas era como una tapa que ocultaba un caldo hirviente de conflictos sociales y culturales, tan arduos como los que debilitaban a México en la misma época. Es decir, saber lo que había pasado en México me ayudó a entender la fragilidad de las instituciones en Estados Unidos.

Muchos de quienes han escrito sobre la guerra de 1846-1848, tanto intelectuales de la época como historiadores posteriores, compartían una tesis: que México fue derrotado porque todavía no se había constituido como un Estado-nación, pues de lo contrario la mayoría de la población habría sentido la necesidad de ser leal a la idea de México y habría estado dispuesta a sacrificarse y sacrificar sus bienes para defenderla. Pero esta tesis se basa en una comparación implícita: la idea de que Estados Unidos ya había logrado constituirse como un Estado-nación. Todos exageraron la supuesta unidad de ese país: un error, dado que, en 1861, en Estados Unidos estalló una larga y mortífera guerra civil.

El proyecto me impulsaba a buscar fuentes primarias en muchos archivos nacionales, regionales y locales de México y Estados Unidos. Las guerras son momentos muy intensos para los Estados, porque tienen que aumentar sus recursos, explicar sus acciones a sus ciudadanos y meterse más en las vidas de estos. Y son también momentos intensos en las vidas de las familias. Todo eso genera una montaña de documentos. No era posible consultar todas las fuentes primarias sobre la guerra. Tenía que hacer una selección que me permitiera acercarme a las experiencias y las actitudes de las personas de muchos grupos sociales, tanto en las regiones que experimentaron la violencia de manera directa como en las que tuvieron una participación más indirecta.

Algunos documentos eran los típicos de la historia militar, sobre todo los partes que escribieron los militares sobre las operaciones y las batallas. Pero incluso ahí se ven cosas interesantes cuando uno compara lo que dicen los oficiales mexicanos con lo que dicen sus contrapartes estadounidenses. Todos los militares manipularon sus informes para hacer más grandes sus logros, su valentía y su inteligencia, pero no todos lo hicieron en la misma medida. Los gringos siempre exageraron el número de soldados mexicanos que enfrentaron en cada ocasión. Además, convirtieron algunos encuentros de resultado incierto en victorias y, a veces, de plano convirtieron una derrota en un triunfo. Peor aún, en ocasiones escribieron informes que no tenían casi nada que ver con lo que realmente había pasado. Tengo la sensación de que en lo general los oficiales mexicanos eran más honestos en sus informes que los gringos.

Los informes militares no son muy transparentes, pero lo más difícil es encontrar documentos que capten las experiencias y las actitudes de los soldados rasos y los civiles de clase baja. Los documentos de la justicia militar son importantísimos porque allí se encuentra lo que los soldados rasos tienen que decir, así como valiosos detalles de sus vidas. Por la misma razón, los documentos judiciales también son esenciales para los civiles. Pero para los soldados y civiles estadounidenses existen otras fuentes. La sociedad estadounidense estaba más alfabetizada y varios soldados rasos escribieron diarios o memorias que resultan muy útiles.

La tarea de sentarse en un archivo y leer miles de documentos es una aventura, porque uno no sabe qué va a pasar un día cualquiera. Hay horas y hasta días en que no se encuentra nada que sea útil para el proyecto; hay otras horas y otros días en que uno va progresando poco a poco, sumando ladrillos pequeños a una estructura que ya sabes más o menos cómo va a ser, y hay momentos en que lees un documento y de golpe entiendes algo importantísimo, o en que te emocionas porque sientes una conexión muy fuerte con alguien. Son momentos en que un documento te golpea.

Un ejemplo tiene que ver con el reclutamiento para el ejército permanente de México. En 2005 estaba investigando en el archivo estatal de San Luis Potosí, un estado que había aportado gran cantidad de personas al ejército. Ya sabía mucho sobre el reclutamiento por un libro muy bueno sobre el tema, escrito por José Antonio Serrano Ortega, pero en ese archivo encontré muchos documentos donde las esposas o los padres de los hombres reclutados pedían su libertad. Eran muy emocionales, porque muchos decían que sin el trabajo de esos hombres sus familias iban a morirse de hambre. Me hicieron entender las conexiones entre la situación de las familias de las clases bajas y la economía, el impacto de los problemas económicos en la guerra y hasta el origen de las soldaderas mexicanas. Pero también me empujaron a pensar mucho más sobre asuntos de género, porque las autoridades locales siempre querían mandar al ejército a los hombres menos útiles para la sociedad local y para hacer esto emplearon criterios sobre el comportamiento masculino: mandaron a los hombres que golpeaban demasiado a las mujeres o a los que no apoyaban económicamente a sus esposas, sus hijos y sus padres.

Otros ejemplos tienen que ver con la vida de los soldados durante su servicio. Hay que poner todo en contexto. Los ejércitos permanentes de esa época se construyeron para cierto tipo de guerra en la cual cada unidad iba a luchar en filas, bajo el control directo de sus oficiales. Dado esto, a los ejércitos no les importaba mucho de dónde sacaran la carne de cañón. Algunos se hicieron de soldados por la fuerza; a otros los atrajeron a las filas con la promesa de darles alimentación, ropa y un lugar para vivir. Los oficiales sabían que el origen de los reclutas no importaba, porque podían formar unidades coherentes de soldados adiestrados usando una disciplina estricta y fortaleciendo los lazos entre la tropa. Los historiadores militares han enfatizado la importancia de los vínculos entre los soldados diciendo que, a final de cuentas, en los momentos de peligro estos no se arriesgan por razones ideológicas sino sobre todo por sus amigos.

Yo ya sabía eso pero lo que no sabía era que me encontraría evidencias muy directas del fenómeno. Por ejemplo, George Ballentine del ejército norteamericano escribió que los soldados estimaban la opinión de sus compañeros más que la de sus oficiales y ser bien visto por esos compañeros era el incentivo más poderoso para conducirse bien en el campo de batalla. Pero la relación con los compañeros era también emocional. En un campamento los soldados José María López y Manuel de la Cruz pelearon por una broma del primero; Cruz se enojó y sacó un cuchillo, con el que hirió a López en el estómago. Era una herida mortal y todos lo sabían. Los oficiales de inmediato interrogaron al moribundo, que dijo que había servido con Cruz durante tres años y que era muy buen amigo suyo, que la herida era un accidente, que lo perdonaba, que los oficiales no debían castigarlo, pues Cruz era su verdadero amigo. El afecto entre estos hombres era más fuerte que la letal acción de violencia que uno emprendió contra el otro. Este tipo de lazo era lo que gobernaba las acciones de los hombres en el campo de batalla.

Otro de esos momentos en que los documentos te golpean tiene que ver con otro tipo de soldado. Muchos estadounidenses servían en los regimientos de voluntarios. Se sumaron a las filas después del inicio de la guerra, llevados por un patriotismo muy franco y también por un racismo igualmente franco. Eran jóvenes de familias acomodadas y sus unidades se organizaron en sus propios pueblos. Les escribieron muchas cartas a sus familias. Pues he aquí que estuve en Louisville, Kentucky, donde me puse a ver unas cartas en las que los voluntarios pedían a sus amigos y sus familiares que vigilaran a sus novias o a las jóvenes que querían hacer sus novias. También hubo cartas que los amigos o los parientes mandaron a los soldados, con el mismo tema, con muchos chismes sobre quién andaba con quién... Era casi una telenovela. Pero lo que todo esto me enseñó es algo importante: que estos hombres vieron su servicio militar como algo temporal, que pensaban regresar a sus comunidades y reiniciar las vidas que habían interrumpido. Entrando al ejército, habían dejado un hueco en el tejido social de sus comunidades y se preocupaban mucho de que ese hueco no fuera llenado por alguien más. Hasta ahora parece una historia de romance frustrado. Sin embargo, hay un lado oscuro de este asunto. Andar lejos de los ojos de sus madres y sus esposas –o sus posibles esposas– también les permitía actuar de maneras más feroces y más racistas, con resultados trágicos para los civiles mexicanos.

Este tema me lleva a otro momento en el que los documentos me golpearon. Al principio del proyecto encontré en el Archivo General de la Nación una carta donde el cura de Zacualtipán, Hidalgo, describe las atrocidades cometidas por unos soldados invasores. Los estadounidenses habían llegado al pueblo para sorprender a unos guerrilleros mexicanos. Mataron a algunos, pero la mayor parte logró huir. Entonces los gringos masacraron a cuanto civil encontraron, saquearon el pueblo, le prendieron fuego, robaron los objetos sagrados de la iglesia y llevaron a varias mujeres para violarlas allí.

Varios documentos confirmaban los hechos. Pero me llevé el golpe más fuerte al encontrar el informe oficial estadounidense, que es, por supuesto, una invención total. Cuenta que los soldados gringos sorprendieron a muchos guerrilleros, y que, a pesar de que los estadounidenses eran pocos, ganaron la batalla, matando a ciento cincuenta mexicanos por tan solo seis heridos gringos. Afirma que durante la batalla provocaron un incendio por accidente. No menciona ni las muertes de los civiles ni los robos ni las violaciones. No me sorprendió todo esto. Lo que me sorprendió fue ver que uno de los oficiales estadounidenses al mando era el mayor Polk. Polk no es un apellido tan común y era el apellido del presidente de Estados Unidos en funciones. Busqué más información y resultó que este mayor Polk era William Polk, hermano menor del presidente. Y había permitido o quizás hasta había ordenado una de las peores atrocidades de la guerra.

Este libro tuvo su costo emocional. Escribir sobre una guerra es escribir sobre la tragedia. Si uno investiga cualquier tema en la historia del siglo XIX, por supuesto todas las personas que encuentras en los documentos ya están muertas. Pero si estás investigando sobre situaciones violentas sus muertes resultan más visibles porque se documentan en las fuentes que uno maneja. Y además hay muchas maneras de morirse en una guerra. Las tropas sufrieron muchas epidemias, y de hecho el título del libro me llegó por un documento sobre estas. Unos soldados estadounidenses informaron que sus amigos se morían con tal frecuencia que escuchaban una marcha fúnebre cada noche –y hasta los cenzontles sabían cantarla–. Otros soldados murieron víctimas de los cañones, la metralla, las balas y de armas más íntimas, como las bayonetas, las lanzas y las espadas. Muchos soldados, sobre todo entre los mexicanos, también perecieron por el hambre, la sed, el frío o el calor.

Los soldados no fueron las únicas víctimas. La productividad de la economía campesina era muy baja y la vida en el campo dependía mucho de la cooperación entre las parejas, en las cuales tanto los hombres como las mujeres tenían roles económicos muy importantes. Para la familia campesina, sobrevivir sin una pareja completa era como correr con un solo pie. Cientos de familias campesinas pasaron de la pobreza extrema a la desnutrición debilitante y hasta mortal cuando la leva arrasó con los maridos y padres.

Los civiles también fueron víctimas de la violencia directa. Las tropas estadounidenses reaccionaron a los ataques de las guerrillas con ataques a los civiles, ejecutando así su sangrienta venganza. Los mandos estadounidenses estaban dispuestos a matar a los civiles si era necesario para preservar la vida de sus soldados. Los invasores quisieron tomar el puerto de Veracruz rápidamente para facilitar la salida de su ejército de la tierra caliente, antes de la temporada de la fiebre amarilla. Decidieron bombardear a los civiles de la ciudad para forzar su rendición. Mataron a cientos y continuaron haciéndolo hasta que la guarnición decidió rendirse. El mismo Winfield Scott, comandante de las fuerzas estadounidenses, lo admitió, diciendo que “la ternura hacia las mujeres y los niños, en la forma de la dilación, podría, con sus consecuencias, haber causado la derrota de toda la campaña e incluso la pérdida del ejército, dos terceras partes por enfermedad y el resto por la rendición”.

Investigar y escribir sobre tanta tragedia pesa: uno siente mucha tristeza y mucha rabia por tantas vidas interrumpidas. Creo que como historiador tengo varias responsabilidades. Una es acercarme lo más posible a los hechos y analizarlos de la manera más lógica posible. Es importante saber qué pasó y por qué, para ayudarnos a navegar por el mundo actual. Pero otra responsabilidad es no perder de vista que escribo sobre seres humanos, gente que tenía sus esperanzas, sus temores, sus placeres y sus amores. Quiero que los lectores sientan que los nombres representan personas tan reales como ellos. Investigando y analizando, el historiador se acerca a las ciencias sociales pero, trabajando para hacer reales a sus personajes y tocar las emociones del lector, el historiador se acerca a la literatura. Las dos son muy importantes, pero para mí la segunda tuvo más peso.

Estas tensiones también tienen que ver con la pregunta de quién va a leer este libro. Mucha gente lee libros de historia, pero pocos leen los libros de historia que los académicos escribimos. El público en general se compone de personas inteligentes, capaces de seguir un análisis o un argumento, pero también quieren leer libros con narrativas fuertes, libros que son historias en el otro sentido de la palabra. Una de mis metas fue escribir un libro que sirviera a ambos propósitos: unir lo mejor de la historia profesional –los argumentos, las fuentes y el análisis lógico– con lo mejor de la historia popular –un relato cronológico que hiciera reales a los personajes y sobre todo que resultara accesible al público no académico–. Esta meta significó grandes retos por lo que toca a la organización de los capítulos. Hubo que buscar cierto equilibrio entre las secciones en que explicaba algún fenómeno y las secciones de un estilo más narrativo.

Este artículo me parece como una lista de quejas sobre las muchas dificultades en que me metí con este proyecto. Pero no quiero dejar al lector con la impresión de que al final de cuentas me arrepiento de haberlo emprendido. Con todos sus obstáculos, el proceso de investigar y escribir el libro me ha enseñado mucho sobre la historia de México, la historia de Estados Unidos y la historia de las guerras. Al fin y al cabo, eso es lo que nos atrae a la disciplina, con todos sus problemas y carencias. ~


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