La gramática del amor | Letras Libres
artículo no publicado

La gramática del amor

Max Ehrsam

La noche se me fue de las manos,

Ciudad México, Alfaguara, 2019, 280 pp.

La noche se me fue de las manos es la historia de dos hombres que se miran a través del ventanal de un Starbucks en Chicago y sienten una atracción inmediata. Al reencuentro, la pasión y el deslumbramiento iniciales seguirá la promesa de felicidad, pero a la vida en común seguirá el desastre. Hasta aquí, el drama de toda historia de amor que se respete. Sin embargo, la pericia de Max Ehrsam (Ciudad de México, 1970) y los aciertos de su estructura narrativa hacen que esta historia en apariencia sencilla se vuelva cada vez más compleja.

La historia la cuenta –en la primera persona del presente– un inmigrante mexicano, cuyo nombre no sabremos nunca, que trabaja como editor de libros de texto para la enseñanza del español. Su jefe, Ted, prototipo del estadounidense entusiasta y efectivo, le ha encomendado un nuevo proyecto: un libro de texto protagonizado por estudiantes universitarios latinoamericanos, que a través de sus diálogos llevarán de la mano al alumno por las costumbres de América Latina y por la gramática española.

Los lectores del libro de texto deberán aprender primero el presente de indicativo, después los tiempos pasados, los perfectos y el modo subjuntivo; y al final el condicional y el futuro. Por su parte, el lector de la novela se encontrará primero situado en el presente, donde todo ocurre en el aquí y el ahora, es inmediato y parece superfluo; pero después, cuando comience a surgir el pasado, los personajes comenzarán a adquirir profundidad y la trama se irá complicando. En cuanto al futuro, desde el principio del libro encontraremos atisbos de la desgracia por venir, pero serán sutiles. Los detalles se asomarán aquí y allá mientras la tensión aumenta de forma gradual. No es el desenlace lo que importa, sino los caminos que nos llevan a él.

Nate, el hombre al que ha conocido el protagonista y de quien se ha enamorado, es un psicólogo radicado en Chicago. Después de varios felices encuentros, ambos iniciarán una vida de pareja en San Francisco, ciudad que funciona como un personaje más y hace ineludible la cuestión de “lo gay”. Asistimos, pues, a una relación homosexual no exenta de tensiones, pero que puede expresarse más libremente que en ningún otro lugar del mundo, que ocurre entre la fiesta, el antro y las drogas, y en donde los hombres pueden tener sexo con desconocidos en el portal de una casa cualquiera sin que nadie se escandalice. Y aquí se encuentra uno de los aciertos de esta obra: el contraste entre la descripción detallada de las escenas sexuales y la sutileza con la que aborda una relación más allá de la alcoba. El contraste entre un entorno por momentos promiscuo y lo que sugiere una relación estable y definitiva. Un ejemplo es una escena en la que el protagonista y Nate van a un invernadero. Nate le compra una planta, el protagonista pisa la mierda de un perro. El empleado del invernadero quiere limpiar los zapatos del protagonista con una manguera, pero solo consigue que todo se salpique más de mierda. La escena sería graciosa si no fuera trágica. Al final, la pareja toma un taxi a casa. El protagonista olvida en el auto su planta.

El uso de la primera persona del presente permite al lector acompañar al personaje principal como una sombra, y seguir de cerca los hechos y las acciones, que encierran un significado relevante. El narrador observa, describe y evita los juicios de valor, porque los signos están en las cosas que mira (las nalgas fofas de su jefe, el fajo de billetes que porta su novio, la nota roja del noticiero televisivo). Todo lo que ocurre a su alrededor –la vida de la oficina, el lento deterioro de Ted, quien atraviesa por un divorcio, y la naturaleza misma, que funciona como un coro de drama griego, para anunciar la desgracia como destino fatal del hombre que quiere oponerse a los dioses– entablará un diálogo en silencio con su relación amorosa.

Así, cuando le pregunta a Nate cómo un psicólogo trabaja hasta las cinco de la mañana y este responde que porque es también un trabajador sexual, un escort, su reacción es parca: “Ah, vaya –le digo, como si ese dato en verdad aclarara todas mis dudas”, pero después añade: “Guardamos silencio. A la distancia, la niebla, alborotada, se envuelve en sí misma como masa para pan. A ratos deja entrever un segmento del Golden Gate Bridge; una parte del mecanismo que sostiene al puente en alto: columnas de acero, cables indestructibles. Por arriba del puente, las nubes grises que esta mañana amenazaban a lo lejos cruzan ahora la bahía con determinación. El mar está picado. No tarda en caer un aguacero.”

A pesar de mostrar la pasión de un adolescente, el protagonista no puede librarse de guardar cierta distancia respecto de los hechos, atender a los significados, usar la razón. Su trabajo como editor ha formado esa mirada. Justo por eso nos conmueve, porque su manera de ver le muestra la realidad tal cual es: los padres de Nate son vulgares, los libros que edita son ridículos, el amor es un asunto imposible. Y aunque Nate asegure una y otra vez que ambos están predestinados a vivir juntos por siempre, la sensación de un futuro que se tambalea acompañará al lector a lo largo de la novela.

La soltura narrativa, un lenguaje sin retruécanos donde asoman –en el momento justo– frases cargadas de poesía, la brutal honestidad de los personajes, la nula autocomplacencia de su protagonista, su mirada descarnada pero al mismo tiempo amorosa, para consigo mismo y para los demás, hacen de este libro una primera novela notable. Al final de esta historia que con tanta habilidad entreteje la vida laboral, sexual y amorosa, lo que se impone es la realidad. Como si nos dijera que no importa el deseo o el amor, las buenas intenciones o el uso de la razón, uno es también sus circunstancias. ~


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