La fotógrafa y el taxista | Letras Libres
artículo no publicado

La fotógrafa y el taxista

Hay muchas maneras de honrar a los muertos. Los policías neoyorquinos hacen funerales irlandeses, generosamente regados con cerveza y whisky. Los futbolistas son despedidos con un minuto de silencio antes del partido de turno. Los editores reciben un homenaje en la Feria de Frankfurt. Este año, en la ciudad del Meno, dos figuras legendarias, fallecidas poco antes, tuvieron el suyo: Inge Feltrinelli (1930-2018) y Peter Mayer (1936-2018).

Inge Schöntal nació en 1930 en Essen, Alemania, en una familia judía. Tras la Segunda Guerra Mundial llegó a Hamburgo y allí conoció a Heinrich Ledig-Rowohlt, Ledig para los (numerosos) amigos, un editor fundamental en la Alemania de posguerra, que apostó por el talento de la joven Inge como fotorreportera y le encargó trabajos sobre figuras como Hemingway, Picasso o Simone de Beauvoir. Quizá la imagen más icónica de esa etapa es la foto en la que aparece como una joven bellísima en bañador sujetando un marlín entre Hemingway y su compañero de pesca Gregorio Fuentes (la posible inspiración para el Santiago de El viejo y el mar). En Nueva York se encontró en un semáforo con la inencontrable Greta Garbo, a la que fotografió, claro, y fue sumando cabelleras: Allen Ginsberg, Gary Cooper, John F. Kennedy, Elia Kazan, Sophia Loren y Anna Magnani. En 1958, Ledig-Rowohlt dio una fiesta en honor de su amigo italiano Giangiacomo Feltrinelli con motivo de la publicación de Doctor Zhivago tras una auténtica odisea para sacar la obra de Pasternak de la Unión Soviética, e invitó a Inge.

Las consecuencias del encuentro de Feltrinelli, heterodoxo heredero de una de las fortunas más importantes de Italia, y la joven fotógrafa alemana aún colean sesenta años después. Su romance fue tan intenso como breve: un año más tarde Pasternak ya tenía un premio Nobel que había tenido que rechazar y ellos se habían casado en México. Pronto Inge abandonó la fotografía y entró en la editorial en la que Feltrinelli volcaba toda su energía. La radicalización política de Giangiacomo, en los turbulentos años que siguieron a las revueltas de 1968, le llevó a la clandestinidad y acabó con su vida en marzo de 1972, cuando intentaba volar parte del tendido eléctrico de Milán. El mejor relato de esa increíble historia es Senior Service, la excepcional biografía escrita por Carlo, el hijo de ambos, nacido en 1962 y actual presidente de la editorial. Para Inge, fue un asesinato cometido por la ultraderecha italiana.

Al mando de la editorial desde finales de los sesenta, Inge Feltrinelli supo navegar las procelosas aguas del mundo editorial, sin renunciar nunca a los ideales que movieron a su marido a fundar la casa editora. La imponente red de librerías que creó ha sido un centro neurálgico de la cultura italiana de los últimos cincuenta años, y la nómina de autores que logró reunir habla por sí misma: Isabel Allende, Gabriel García Márquez, Günther Grass, Doris Lessing, Daniel Pennac, Antonio Tabucchi, Alessandro Baricco o Roberto Saviano. En la última década, la apuesta por la librería La Central y la editorial Anagrama ha extendido su influencia a España y la lengua española. Su colorido vestuario, su entusiasmo contagioso, su eterna sonrisa y el aura que acompaña a los mitos vivientes la convertían en una figura imprescindible en todas las ferias pasados los ochenta años. Al día siguiente de su muerte, en todas las librerías Feltrinelli sonó el “Valse brillante” de Verdi que aparece en la versión cinematográfica de El gatopardo, el mayor éxito de la historia de Feltrinelli. Qué mejor despedida para un espíritu así que un baile.

Peter Mayer también nació en una familia judía de origen alemán, en su caso en Londres, en 1936. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial les sorprendió en Nueva York y allí se quedaron. Su brillantez intelectual le permitió estudiar becado en Columbia y Oxford, pero la falta de recursos le cerró las puertas a una carrera como abogado, y le permitió revolucionar el mundo de la edición. En 1962 dejó el taxi con el que se había pagado los estudios y entró en un sello de bolsillo, Avon Books; catorce años más tarde lo dirigía. En el lejano Londres, Penguin, el sello que había inventado el libro de bolsillo, languidecía presto a desaparecer, cuando Mayer fue nombrado director. Su impacto fue inmediato y revolucionario. Consciente de la debilidad intrínseca de la edición de bolsillo, lanzó sellos como Allen Lane y Viking para publicar novedades en rústica y sobre todo adquirió editoriales como Hamish Hamilton y Michael Joseph. Al tener sellos que publicaban novedades, dejó de depender de contratar libros exitosos de terceros. Su experiencia en el durísimo mercado estadounidense del bolsillo comercial, unida a su cultura y al fondo de Penguin, crearon una fórmula arrolladora, que además exportó a todo el mundo de habla inglesa, con desembarcos exitosos en Estados Unidos, Canadá, Australia o la India, cuyo mercado en lengua inglesa se debe a su iniciativa. Carismático, atractivo y exasperante en ocasiones, Mayer es considerado el editor más influyente de los últimos treinta años de la esfera angloamericana.

La publicación en 1988 de la novela de un joven autor angloindio, Salman Rushdie, fue un parteaguas. La fetua del ayatolá Jomeini puso en peligro la vida de Rushdie, pero también la de todos aquellos asociados con su publicación (el traductor al japonés fue asesinado, el traductor al italiano fue apuñalado y el editor noruego tiroteado). Mayer no quiso esconderse, pero durante años vivió con la preocupación del riesgo al que había expuesto a todos sus empleados. En 1998 dejó Penguin y pasó a dirigir Overlook, un sello editorial que había fundado años antes con su padre, dedicado sobre todo a recuperar aquellos libros ignorados por el público pero merecedores de una segunda oportunidad. Como solía decir, “un libro siempre es nuevo si es la primera vez que lo lees”.

Al igual que Inge, de quien era íntimo amigo, siguió yendo a las ferias hasta el final. Los dos creían en el poder de los libros para cambiar el mundo, y en la necesidad de leernos los unos a los otros para superar fronteras y barreras artificiales. No habían leído acerca de los desastres de la guerra, los habían vivido en primera persona. Eran cosmopolitas por necesidad, cabe decir, no por elección. Atrapados en una espiral aterradora, no podemos solo brindar por su memoria, tenemos que trabajar para mantener la llama del entendimiento, de la cultura y de la libertad encendidas. ~