La cola del gato | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Armando Fonseca

La cola del gato

 

En la lengua del Ocupante hay una palabra para el león y otra para el tigre y otra para el puma y otra para el gato. En nuestra lengua esos cuatro animales, y todos los que se les asemejen, llevan el nombre del más común de ellos: el gato.

A ciertos hijos del Ocupante y a casi todas sus hijas les encantan los gatos y llevan su fascinación hasta el punto de darle a cada gato un nombre propio. Nosotros diferenciamos a los gatos por su sexo, por su tamaño, por el color y la textura de su pelambre, por el color y la forma de sus ojos, por el variado perfil de sus orejas, por los tonos diversos de sus maullidos, por la fuerza de sus patas, por la longitud de sus colas y por circunstancias pasajeras, como si están sentados o acostados, si corren o andan con liviana parsimonia. Ante la futilidad de encontrar una palabra distinta para cada una de estas diferencias y sus innúmeras combinaciones, llamamos a cada gato con el nombre universal de Gato. O Gata, si es hembra.

En la religión o en la mitología del Ocupante (para nosotros ambas cosas son una y la misma) hay una criatura que, si le cortan la cabeza, no muere porque de inmediato le crecen otras dos cabezas. Nosotros sabemos que ningún animal de sangre caliente en las venas y leche tibia en las ubres de la madre sobrevive cuando lo decapitan. Y sabemos también que estos animales, entre los que se cuentan el hombre y la mujer humanos, no se reproducen por la cabeza sino por la cola.

En nuestra religión o en nuestra mitología (que entre nosotros reciben un nombre único e intraducible) no hay dioses ni otras criaturas fantásticas. Hay un solo objeto de culto, que es muchos. Hay una sola divinidad, que es todas y ninguna. Adoramos al Gato. Adoramos a la Gata.

El Ocupante nunca descubrió la arcana ceremonia en la que el sacerdote o la sacerdotisa (nosotros no los llamamos así) le corta la cola a un gato o a una gata próximos a morir, ya sea por la edad o por cualquier otro mal. No necesitó descubrirla para ser implacable.

Un día imprevisto mandó a sus soldados a allanar nuestras casas para proceder en el acto al exterminio de todos y cada uno de los gatos que encontraran. Pero los gatos no se encuentran sino cuando ellos quieren y donde quieren, y no resultan nada fáciles de exterminar, de manera que el Ocupante se vio obligado a urdir otra estrategia.

Por medio de un edicto pregonado a lo largo y ancho de la ciudad le ordenó a cada jefe o jefa de familia (así llamamos a los sacerdotes y a las sacerdotisas) que entregara en el Palacio de Gobierno (que es también el Palacio de Justicia y asimismo la prisión) cuantos gatos hubiera en su casa. Contra lo que esperaba el Ocupante, apenas nos demoramos en obedecer.

Al día siguiente una disciplinada fila de hombres y mujeres partía del Palacio de Gobierno, atravesaba la Plaza Mayor y se extendía por la Avenida Principal hasta los confines de la ciudad y aun más lejos. No faltaba ni un jefe ni una jefa de familia. Cada quien traía en brazos a su gato favorito y acarreaba a los demás en cestos transportados en carretillas o a lomo de burro.

Los gatos (otras tantas manifestaciones del Gato o la Gata) maullaban al unísono. Su maullido unánime era ensordecedor, lastimoso, atroz. Pero no maullaban, como acaso pensó el Ocupante, porque intuyeran su suerte funesta (aunque con toda certidumbre la intuían). Simple y llanamente, maullaban de dolor. De indecible sufrimiento físico.

Pues en la madrugada, sin necesidad de ponernos de acuerdo, cada jefe o jefa de familia les había cortado la cola a todos y cada uno de sus gatos. Y luego de lavar el machete impuro y guarecer las colas recién cortadas en el arca ceremonial que cada quien esconde en el sótano secreto de su casa, habíamos atendido a los gatos mutilados con torniquetes y vendas para que no se desangraran antes de tiempo.

Yo tengo dos gatos. O, para expresarlo como se dice en nuestra lengua, mi gato es dos. Gato y Gata. Gato es siamés y sus ojos son de un azul penetrante y su cola casi negra de tan café es corta y está siempre horizontal. Gata es gris y leve y sus ojos son del color de la mostaza y su cola esponjada ostenta sutiles anillos negros y asume con frecuencia la postura vertical.

Al regresar a mi casa ya cerca del atardecer lloré por el sacrificio prematuro de mis gatos en aras de la crueldad y la estupidez del Ocupante. Mi llanto duró poco. Soy jefe de familia y sé lo que hago y, en cuanto la noche devoró la última sombra, retiré el tapete de mi alcoba y levanté la compuerta apenas perceptible en la duela del piso y provisto de una antorcha en llamas bajé la empinada escalera del sótano.

Lo he presenciado en cuatro ceremonias antes de esta y, si la suerte me favorece, lo he de presenciar en otras dos. Pero nunca dejo de temer que el reinicio (en la lengua del Ocupante se llama resurrección) no se cumplirá. Volví a llorar, ya sin remilgos, cuando abrí la tapa del arca. Resurgido él de su cola horizontal y casi negra, resurgida ella de su cola vertical y gris, ambos idénticos a sí mismos aunque más jóvenes, tirando a cachorros, Gato y Gata estaban allí.

Ahora, como los demás jefes y jefas de familia, canto un himno que remeda a un maullido colectivo. Y el Ocupante no sabe que en cada casa que él creía desgatada hay de nuevo tantos gatos cuantos hubo siempre. Y aunque lo supiera no importaría. Porque nos volvería a ordenar que le lleváramos nuestros gatos para exterminarlos. Y todo, puntualmente, se iniciaría otra vez. ~