José Miguel Oviedo: la ficción de la crítica literaria | Letras Libres
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José Miguel Oviedo: la ficción de la crítica literaria

“La crítica literaria tiene un componente de experiencia mágica, además de ser para mí una forma de conocimiento”, me dijo José Miguel Oviedo la segunda vez que lo vi. La primera fue cuando lo conocí, en noviembre del año 2000 en los pasillos de la fil de Guadalajara. Entre tumultos y algarabía me lo presentó Saúl Yurkievich, otro amigo entrañable. Nunca me imaginé que desde ese momento nos uniría una amistad larga y honda.

José Miguel era un hombre de una transparencia total, su conversación era toda una experiencia, pues podía hablar tanto de la moda como de grandes temas filosóficos y siempre con un humor que volvía cualquier charla un festín. Hombre discreto, fino, respetuoso, apasionado, pero capaz de controlar cualquier exceso.

Limeño, amaba su patria aunque vivió en el extranjero la mitad de su vida. Los recuerdos de su madre salían con frecuencia a la luz, ponderaba su espíritu libre y su intuición artística. Tal vez por esa admiración que le guardaba era sensible al género femenino; había en él una sutileza a través de la cual lograba empatía con las mujeres. Fue así como logramos –a pesar de la diferencia generacional– urdir una amistad cercana y contarnos pasajes de nuestra vida de manera franca y fraternal.

José Miguel nació en 1934, realizó simultáneamente estudios de literatura y de leyes en la Pontificia Universidad Católica del Perú, hasta que abandonó por completo la abogacía y se dedicó de lleno a su vocación literaria. Comenzó su carrera haciendo reseñas en el periódico La Prensa. Solía contarme que en sus inicios como crítico tuvo que ser consciente de no juzgar en las obras sus intenciones sino sus realidades, no considerar propósitos sino logros. De tal manera entró en una ficción en la cual él era la autoridad y procedió siendo fiel a esta hasta convertirla en algo viable para sí mismo y para que los demás creyeran en lo que leían. Luego estableció reglas y se ciñó a ellas. Así –comentaba– descubrió lo cerca que está lo sublime de lo ridículo y cómo la ambición sin disciplina puede llevar al desastre.

En realidad sus inicios como escritor los hizo escribiendo cuentos y piezas de teatro que Abelardo Oquendo publicó en El Dominical, suplemento del diario El Comercio. Corría el año 58 cuando tuvo la percepción de que su veta como cuentista se había agotado (por el momento, porque años después retomó el género y publicó varios libros de relatos, entre los cuales está Cuaderno imaginario, de 1996) y se concentró en seguir publicando reseñas, primero de teatro y después sobre todo tipo de literatura. Después él mismo dirigió El Dominical durante más de quince años.

Sus años más intensos y felices de juventud los vivió en el seno de un grupo de amigos “a quienes –decía– les debo todo lo que soy”, refiriéndose a Abelardo Oquendo, Luis Loayza, Mario Vargas Llosa y Sebastián Salazar Bondy. Más tarde se incorporaron a este grupo la poeta Blanca Varela y el pintor Fernando de Szyszlo. Su generación colindaba con la Generación del 50, una de las más importantes de Perú de la segunda posguerra, a la que Salazar Bondy pertenecía junto con Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, Julio Ramón Ribeyro, entre otros. Aunque cercanos al espíritu del grupo que los precedió, el suyo –reconsideraba Oviedo– vivió un momento intergeneracional de engranaje, de conexión entre esa generación del 50 y lo que siguió con el rebrote del legado surrealista.

Su ojo crítico, su inteligencia y su amplio conocimiento lo llevaron a ser el testigo de la naciente literatura latinoamericana. Tuvo la audacia de comprender el momento que se vivía y contar y analizar lo que estaba sucediendo. Logró formar lectores capaces de recibir esa nueva manera de hacer literatura. Fue el crítico de las primeras novelas de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, con quienes vivió momentos de gran cercanía, de Cortázar y Lezama Lima, de Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Sabato, Donoso, Pacheco y de tantos más.

La década de los sesenta fue un momento de agitación en el mundo y en la literatura latinoamericana. Por un lado, se propagaba la rebeldía de la contracultura, la revolución sexual y el uso generalizado del LSD; por otro, estallaban movimientos guerrilleros y la amenaza de una guerra atómica. En ese tiempo, Oviedo no solo fue testigo, sino su portavoz y su espejo. A través de sus ensayos sobre las obras literarias que iban surgiendo dio a conocer ese vuelco, el salto que daba la literatura en esta parte del hemisferio. Lo supo calibrar y lo supo contar magistralmente. Después dedicó parte de su trabajo crítico a las obras de su gran amigo y compañero de escuela Mario Vargas Llosa, como el libro Dossier Vargas Llosa, de 2007. No obstante, siempre estuvo atento a las literaturas contemporáneas.

Fue profesor visitante en la Universidad de Essex, en la Universidad Estatal de Nueva York y profesor titular en la Universidad de Indiana y en la Universidad de California. Desde 1988 fue nombrado, primero, trustee professor y luego profesor emérito en la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia, ciudad en la que permaneció hasta su muerte.

Además de ser un hombre apasionado que amaba la vida y la disfrutaba, y de ese humor fino que lo volvía tan divertido, sus lecciones sobre literatura fueron innumerables. Creía en la brevedad, la consideraba una forma de la lucidez y admiraba profundamente a los que él llamaba los maestros de la concisión: Borges, Cioran, Monterroso.

Es un placer leer su prosa organizada y concisa, el lugar donde va colocando las obras, la época, abriendo nuevas perspectivas y brindando los elementos para que cada lector logre su lectura del texto analizado. Su Historia de la literatura hispanoamericana en cuatro volúmenes (1995-2001), así como la Antología crítica del cuento hispanoamericano del siglo XIX (1989) y del siglo XX (1992), su Breve historia del ensayo hispanoamericano (1990) y todos sus libros fluyen con claridad y se despliegan en una prosa cristalina y sonora, como si leyésemos piezas de ficción.

Me enseñó que la inspiración no es más que estar concentrado y saber con claridad hacia dónde nos dirigimos cuando escribimos. Y sobre todo una lección fundamental: saber darle forma –estructura– a lo que aún no la tiene. Recuerdo, como si lo estuviera escuchando, su definición de escritura: “Escribir es el arte de saber cómo sugerir algo no explícito, un borde alrededor del cual comienza el diálogo con el lector.”

La última vez que hablamos por teléfono me comentó que casi todo su tiempo lo dedicaba a escuchar música. Fue un melómano, su pasión fue el jazz con sus contrapuntos; elogiaba el perfecto equilibrio entre la energía pulsante y los latidos de los instrumentos. Estos elementos también definen su prosa: un equilibrio entre la energía que lo desbordaba como persona y como lector –como crítico–, y los latidos y sutilezas que lograba con el lenguaje.

Su partida me deja susurrando ese verso atribuido a Vallejo que José Miguel Oviedo gustaba citar: “me haces una falta sin fondo”. ~


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